miércoles, 24 de abril de 2013

Retrato de época



Nací en 1978, un día después del día del maestro. Mamá había comido una paella por algo relacionado a esa fecha y a la madrugada su cuerpo le dijo “la paella o el bebé”. Y salí yo.
Era enorme, pesé cuatro kilos y medio, y la ropita que me había preparado mamá no me entraba. El clásico bebé que ponen en exposición frente a la ventana de la nursery, al lado de un bajo peso, como para el show.
Me parece que ni bien salí de entre las piernas de mi madre alcancé a ver el Chateau, porque por esa época era el epicentro espiritual de Córdoba. Creo que papá había dirigido la obra de iluminación del estadio previo al mundial, y también creo que todos tenían una historia para contar sobre el Chateau.
Podría hablar de mi primera infancia y la dictadura, pero no sería sincero. Mis viejos habían estado viviendo afuera muchos años y estaban totalmente en bolas para cuando volvieron en el ‘77. Ellos tampoco tenían ninguna empatía con la revolución, así que todo eso fue para mi algo que entendí hace no tanto.
Cuando volvieron a Argentina se instalaron en el Cerro de las Rosas, Fader y 4. La vida era puertas afuera; las casas sólo un lugar donde comer y dormir. Nos movíamos en una masa de amigos, tías, cuñadas, abuelos, primos en carcajada condescendiente. Mamá nunca más volvió a ser tan feliz.
Cuando terminaron de arreglar la casa de Fader y 4, a papá le ofrecieron un ascenso en Buenos Aires. Yo vine en un moisés en el baúl de una Dodge rural; eran los tiempos en que la seguridad no era un valor intrusivo. Mamá lloró toda la ruta 9.
Las siguientes fotos del álbum son en plaza Alemania. Mis hermanas con el uniforme del San Martín de Tours y mi hermano con el del Bayard. Mamá con cara de velorio. Papá trabajando todo el día. Yo al borde de la obesidad.
Así y todo, mamá quedó embarazada otra vez. Durante ese tiempo el programa que dominaba los fines de semana era salir a ver terrenos y casas por zona norte. A mamá le parecía simpático el barrio River Plate porque le hacía acordar al Cerro. A papá le parecía un horror. Finalmente encontraron un terreno en Martínez, que daba al río y para el que claramente no les alcanzaba la guita. Cacho, amigo desde tiempos inmemoriales, que vivía viajando entre córdoba y Buenos aires, compró a medias el terreno con papá; pensando que en algún momento tendría que dejar su amada provincia. Finalmente Cacho siempre manejó su empresa de minería desde Córdoba y cuando papá pudo, le compró su mitad del terreno.
Se ve que en el año ’82 Martínez estaba en 9993 habitantes, porque cuando llegamos nosotros se convirtió en ciudad. Mamá miraba a sus vecinas indiferentes y añoraba el Cerro.
De la guerra de Malvinas no me acuerdo casi nada. Solo una vez que la encaré a mi vieja en la cocina y le dije “mamá: ¿estamos en guerra?” y a mamá se le erizó la piel de contestarme “sí”. Pero para mi era mucho más importante que yo tenía una vecina de mi misma edad, Lorena.
Los papás de Lorena eran armenios y todos los domingos iban a una quinta por algún lugar del norte del conurbano. A veces me invitaban y me empachaba con pilav, niños envueltos, Lehmeyún y manté. Pero lo mejor eran los postres, con una cantidad obscena de almíbar. Luego escuchaba a las mujeres que se reunían de a grupos y hablaban en castellano tomando café negro hasta que algún tema las obligaba a hablar en armenio. Daban vuelta los pocillos y leían la borra del café. Los hombres jugaban al tenis y al futbol. Cuando caía el sol se encerraban a ver los partidos y puteaban. Nunca me voy a olvidar el mal humor de esos hombres.
Otro plan que rankeaba alto era ir a la fábrica de los papás de Lorena. Chicortex recibía el algodón de una planta de hilado en Corrientes y con éste hacían remeras y joggings. A veces salía en el catálogo de Chicortex luciendo los modelitos ochentosos. Me acuerdo de las modelos grandes, que eran unos tremendos gatos. Los fotógrafos entraban sin avisar al cuarto donde ellas se cambiaban y eso mucho no les molestaba. La pose top del catálogo era: de espaldas a la cámara, con el torso girado para que en la misma toma el cliente pudiera ver la cara con maquillaje pastel esfumado y el monumental orto que tenían.
De Alfonsín solo puedo decir que me parecía una momia criolla cuya única gracia era hacer el gesto típico con las manos. Lo que sí me pegó fuerte fue el jingle de campaña de Herminio Iglesias, que, para el horror de mi madre, cantaba en todos lados. También estaba Ubaldini y su campera de cuero marrón, que con el tiempo me empezó a parecer no tan despreciable. Veíamos muchos programas de política porque la tele era de los grandes. Tantos que cuando venía Cacho a casa yo le preguntaba, a mis 5 años, si estaba de acuerdo en pagar la deuda externa y qué le parecía que tenía que hacer el Fondo Monetario Internacional.
Después vino la hiper, que yo seguía mediante un índice personal: ratio de chicles Bazooka. La hiper me parecía escandalosa; sin embargo a la mañana nos llevaba Pancho al colegio. Pancho era el chofer que la empresa le pagaba a papá.
Recuerdo con dolor el día que me dí cuenta que el perro Alfonso, de Telejuegos, era un muñeco. Fue horrible: en un cambio de cámaras quedó expuesto el brazo de Cecile penetrando analmente a Alfonso. Yo no lo quise creer ese día, así que me di unos meses para aceptarlo y preguntarle a mis hermanas.
Cuando empecé a ir al colegio mis hermanas ya juntaban años suficientes- ajustados a la época- para volver en el 168, así que las tres volvíamos así. A la mañana chofer, a la tarde colectivo. Claro que me tenía que fumar las escalas en los lugares de encuentro con los chicos de colegios vecinos. Casi siempre estaba cansada a esa hora, con ganas de llegar a casa y además quería tomar la leche, así que me ponía bastante densa. Mis hermanas trataban de yugular la crisis frente a los proto-galanes y después me llevaban a las patadas hasta la parada del 168.
Me acuerdo que cada fin de año los chicos salían en una especie de cacería humana a tirarles huevos a las chicas. Era como una sublimación general bastante bizarra; algo bastante cercano al sexo en la adolescencia católica sanisidrense. A veces se organizaban en comandos a bordo de jeeps y rodeaban mi colegio. Siempre estaba el grito agudo que alertaba “¡Huevos!” y de ahí en más la guerra de guerrillas se daba en pleno casco histórico. Yo sentía un vértigo desproporcionado con esta situación, aunque en realidad no fuera el blanco de los disparos porque era más chica. Pero era alta, muy alta, así que algunos huevazos de rebote ligué. Porque, sí, los huevos rebotaban y muchas veces hacían carambolas prodigiosas. Algunos dicen que han visto huevos rebotar en el atrio de la catedral y en el ojo de buey de Tribunales, en Elortondo y la Quinta Pueyrredón. Para los verdaderos targets, las chicas de secundaria, todo esto no hacía más que confirmar amoríos y lealtades, pero por sobre todo, llevar a punto de ebullición el histeriqueo.
Creo que esta historia de los huevos a fin de año se fue perdiendo con la llegada de lo políticamente correcto. Una pena.
Cuando mis hermanas egresaron, en el ’89, a mi todavía me quedaba mucho de 168, así que viajaba sola. Entonces, la empresa donde trabajaba mi viejo consideró excesivo llevar al colegio a los hijos de los directores y ya no hubo chofer. A la mañana casi siempre pasaba el mismo colectivero, que se fijaba si yo venía caminando por Paraná y me esperaba. A mi me parecía de lo más amable. Después empezó a decirme que pasara sin pagar, y yo creí que era muy canchero ese señor. Por último me dio un boleto que en la parte de atrás había escrito en lápiz: te invito a tomar un café. Yo 15, él 45 aprox.  Sin demasiadas vueltas, le agradecí y le dije que no. Me pareció de lo más natural. Ahora lo pienso en relación a mis hijas y creo que le cortaría los huevos en rebanadas.
Desde que tengo 14 que, en general, tengo más ganas de ir a bailar que de respirar. Esto, al principio, era un problema porque mis padres pensaban que estaba bien ir a bailar sábado de por medio. Pero yo tenía tantas ganas de salir, que me escapaba. No sé si había algo que me saliera mejor. Las coartadas eran perfectas, solo una vez falló y quedé en arresto domiciliario un tiempo. Para algunas amigas, mentirles a los padres era un pecado capital, que te dejaba en promoción para descender al infierno. Yo siempre lo vi más como “dulces mentiras que prolongan la vida de nuestros padres”. Qué considerada.
Me acuerdo cómo Menem nos transformó de a poco la cara de asco que teníamos cuando asumió, hasta llegar a poner un voto por él en la siguiente elección. Argentina parecía un municipio de Miami y sentí por primera vez que teníamos un rumbo. Me pasé gran parte del Menemato entre el boliche y la facultad. No sé si esto ya comienza a ser vejez, pero creo que no habrá otra época como los ’90 para salir de joda. Todo era festejable, irreflexivo. Hasta la corrupción.
No sé bien si fue por Menem, o porque sería así de todos modos, pero el mundo y sus noticias empezaron a entrar a mi cabeza. La guerra en el Golfo, por ejemplo. La seguíamos como si fuera a la vuelta de casa. Lorena, mi vecina, juraba que se acercaba el fin del mundo. Pasábamos horas viendo periodistas en el desierto relatando la nada misma.
En la celebración de los 500 años del descubrimiento de América fuimos a una exposición con el colegio. Yo tenía una amiga española, Estíbaliz Bárcena, y andábamos juntas recorriendo la muestra. Uno de los sectores estaba dedicado a la caída del muro de Berlín. Habían traído parte del muro y proyectaban un documental. Me acuerdo que se encendieron las luces y Estíbaliz no paraba de llorar. Para mi era incomprensible esa congoja. A mi me parecía tan ajena toda esa historieta, tan lejana, tan de libro de texto. Más lloraba Estíbaliz, más sentía yo que la brecha entre un mundo y otro se agrandaba. Al menos entendí que seguíamos estando en un pueblo en el culo del mundo.
Entonces fueron los atentados de la embajada y la AMIA; otra vez pensé que era un divague, que cómo podía pasar acá, que no pasaba nunca nada de todo eso que veíamos en CNN. No me cansaba de ver las fotos morbosas de la revista Gente. En especial recuerdo una imagen de un hombre con una estaca de madera clavada en el muslo y su cara inyectada de dolor y desesperación.
Para cuando hacía guardias como practicante, a De la Rúa le faltaba poco para el paseo en helicóptero. En el hospital se veía lo peor de todo. Lo peor de los recursos, lo peor de la violencia, lo peor de la injusticia, lo peor de la desidia. Gente muy cercana que se quedaba sin trabajo. Esa fue la primera vez que las balas pasaron cerca. Pero no, no nos dieron. Por lo que vengo viendo hay lugares que están blindados.
El once de septiembre de 2001 estaba cursando cirugía en el Hospital Houssay de Vicente López. Para la hora de los atentados yo ya me estaba volviendo a casa y me llamó la atención que había una quietud extrema. Mamá me abrió la puerta con cara de adrenalina y escupió “Están bombardeando Estados Unidos, es una guerra”. Me acuerdo que Mónica Gutiérrez, en su peor momento capilar, tenía ganas de llorar mientras relataba lo que pasaba. Le temblaba la voz, estaba desbordada. Yo no sabía si era que estaba sobredimensionando o si todo se iba al coño en serio.
Para cuando me casé ya lo había votado a Néstor. Sí, a Néstor. Me pareció que era alguien que venía a arremangarse y lo voté. De ahí en más me quedó claro que soy una boluda votando, que el voto calificado no estaría mal y que no hay que contarle a nadie a quién votaste. Esto último ahora es fácil porque con esa experiencia, tengo como una fijación al trauma y no me acuerdo a quiénes voté desde entonces. Me revienta ir a votar y me re contra cago en todos los que me hablan de lo que se sufrió por llegar a la democracia.
A mis hijas les escribo un cuaderno desde el día en que nacieron, contándoles anécdotas, logros, sensaciones. Lo escribo cada tanto, como para que no se pierda lo inolvidable, qué ironía. A Delfi le escribí: naciste y a los pocos días tenemos la primera mujer electa presidente de la Argentina. Se ve que la prolactina y la progesterona estaban haciendo estragos en mí.
Hace algo más de un mes, estaba sentada en la oficina de mi jefe discutiendo con él, cuando entró Brian sin tocar la puerta para anunciar que teníamos Papa argentino. La verdad es que el cónclave me importaba bastante poco, así que la noticia fue algo como “¿se supone que me tiene que emocionar este momento?”. Todo bien con vos, Francis, y el maravilloso mensaje de amor cristiano- al que suscribo-, pero no te banco la institución ni a palos. No, no te pongas mal, es solo una opinión.
Ayer fue la marcha en contra de la reforma del poder judicial. No fui. Tampoco voy a recitales y evito todo tipo de situación multitudinaria. Me parece de una estupidez soberana eso de sentir que porque estamos todos juntos por alguna causa somos mejores o más hermanos. Me empalagan esas sensaciones de esperanza y humanidad súbita. No tengo personalidad fanática, así que los fanatismos repentinos me dan ganas de vomitar hasta los riñones.
Mientras, en otros lados, florecen los atentados, los corralitos, el desempleo y Lady Gaga.
Me pregunto a dónde vamos, porque hace rato que ya dejé de preguntarme adónde voy.

lunes, 8 de abril de 2013

La Colectiva


Y  cuando vio que tenía la oportunidad ¡Chá! El golpe; de esos que después vuelven a la cabeza en el baño, antes de irse a dormir o recién despierto. El derechazo del Griego, que había pasado un tiempo en pausa, volvía con todo lo que podía ofrecer. Volvía, después de tanto mundo, en el barrio de Chacarita, a medianoche.
Hernán Charalambopoulos es nómade, pero cada tanto se pega una vuelta por acá, como la de aquella noche; y se encuentra con sus imprescindibles, como Cristián Bertschi. El Griego lleva las anécdotas de los confines del planeta y Cristián pone el vino.
Bohemio soy,
Atlanta es la alegría de mi corazón,
sos mi vida,
vos sos la pasión
más allá de toda explicación.
Y a mi no me interesa
en qué cancha jugués
local o visitante
yo te vengo a ver.
Ni la muerte no[1] va a separar
yo desde el cielo te voy a alentar
A Cristián los vestigios de su sangre suiza le dictaban casi todas las decisiones del día. Entonces, cuando decidió ordenar su vida, se mudó del departamento en Palermo, y por ende de sus vecinas, a Casa Parque Colectiva Los Andes, en Chacarita.
“Vamos, te acompaño hasta la plaza a tomar un taxi así saco el rope a mear”.
No habían hecho ni media cuadra cuando se encontraron con estos dos sujetos, que, en estado larvario, trataban de entonar la canción de cancha. Cristián no los tenía del barrio, pero enseguida adivinó que eran de La Cueva, una facción de la barra de Atlanta enquistada en los límites entre Villa Crespo y Chacarita.
A Cristián el barrio siempre le había gustado. Un poco por la arboleda de tipas, pero por sobre todo, por La Colectiva. Sobre la calle Leiva, mostraba sus condecoraciones en forma de placas de bronce: "Barrio Parque Los Andes. Primera Casa Colectiva Municipal, 1927"; "Ejemplo de arquitectura en vivienda ciudadana"; "Desde 1972, administración vecinal". Una verdadera pena que el arquitecto que la pensó, Fermín Bereterbide, no fuera valorado hasta después de su muerte. Lejos de eso, su modernismo y su militancia socialista lo expulsó de todos los círculos del establishment, dejándolo como un paria el día que se negó a darle la mano a Perón.
A Cristian esto le tildaba tres casilleros de su lista de requisitos: el de antiperonista, el de social-democracia y el de criterio estético vintage. Su manía de vivir sin separase ni por segundos de sus principios lo hacía sentir cómodo en ese lugar.
Cuando se encontraron con los tipos, sobre concepción Arenal, uno de ellos dejó de cantar y los miró feo. Como si instantáneamente se le hubiera pasado el pedo, se abalanzó sobre el Griego y Cristián con un: dame-la-plata-y-quedate-piola-amigo.
Para sacarle plata a Cristian se precisaba algo mejor que dos chorros muertos de hambre. Por lo que ni atinó a meter las manos en los bolsillos.
El Griego quería terminar la noche tranquilo y sacarse a los dos borrachos de encima en cuanto antes. Con un poco de resignación, y convenciéndose de que era el atajo correcto, sacó cien pesos del bolsillo.
“Tranquilo amigo, tomá”.
A chorro 1 le pareció que cien pesos con la inflación que había era una bicoca.
“Eh gato, dame máa, dame toda la guiiiita que tené, no te hagaa el piola que llamo a mis amigoh que están en la plaaaaza”.
La escena quedó detenida por unos instantes, todos procesando y calculando la magnitud del riesgo.
Chorro 1 miró a chorro 2 para saber si lo estaba acompañando en su imprevisto plan. A chorro 2 le costó un poco poner cara de malo porque un minuto antes estaba cantando y evocando la cancha de sus amores. Cristián miró a los chorros, y luego al Griego. El Griego sólo miró a los ojos a chorro 1. Fue el perro el que puso andar de vuelta la cinta con sus agudos ladridos y la determinación de ahuyentar a los bandidos.
Los ladridos actuaron como una diana de combate, y el puño derecho del Griego respondió cerrándose e iniciando una trayectoria a velocidad trueno desde su posición de descanso hasta la cara de chorro 1. ¡Chá! Sonó el golpe impiadoso.
Cristián, a quien la sangre le corre por las venas cinco o seis grados por debajo de lo normal, solo atinó a girar la cabeza para seguir con la mirada el recorrido espacial de chorro 1 hasta dar con la persiana baja de la biblioteca barrial.
Chorro 2 se debatía entre pelear, huir o seguir paralizado.
Chorro 1 se levantó del piso, como se levantaba cada vez que hay gresca de patadas y piedrazos cerca de la cancha. Y porque el prontuario de Atlanta dice:
Enemigos: Chacarita Juniors, Platense, All Boys, Argentinos Juniors, Defensores de Belgrano, Nueva Chicago, Ferro, Almirante Brown, Los Andes, Tigre, Deportivo Morón y Quilmes.
Amigos: No tiene.
De haber un tema, hubiera sido “Piñas van, piñas vienen”. Aunque Cristián, como un Robin que deja lucirse a Batman, estaba un poco al costado.
“¡Alto! ¡Policía!” se escuchó venir desde la esquina.
Efectivamente, un agente de la federal, en apariencia más próximo al Golden que a la Vucetich, venía corriendo con la reglamentaria en la mano.
El Griego aprovechó la distracción para meterle también un derechazo a chorro 2, quién giró sobre su eje, para caer mirando la pared, con las piernas cruzadas.
A los cinco minutos, la situación constaba de: tres patrulleros, diez canas, chorro 1 que sangraba y chorro 2 que llorisqueaba, ambos contra la pared.
Un agente de cuerpo chiquito inició la rutina, empezando por tomar los datos. Las suprarrenales del Griego no podían pasar del estado de combate, a las tareas administrativas como si nada, y la adrenalina seguía saliendo eyectada en pulsos de violencia.
“Éste tiene mi plata” le dijo al cana, buscando una forma más de vengarse.
Como chorro 1 estaba contra la pared, le metió la mano en el bolsillo y mientras le decía “Devolveme la guita hijo de puta” le sacó ciento cincuenta pesos.
“¡Eh!” gritó finito chorro 1 “¡Lo cincuenta peso son míiiiio!”
Para el griego, hacerle cincuenta pesos a un chorro no clasificaba como algo reprochable.
“¡Me sacó la plaaaaaaataaa!” decía una y otra vez chorro 1 entre lágrimas “Era para comprale la leche a mi hiiiiijooooooo”.
“Calláte vos” ordenaba el Griego desde sus ojos oscuros, inyectados de sangre.
Para ese momento Cristián ya se había dado cuenta de que esto no se arreglaba así. Ese era su barrio y chorro 1 y chorro 2, evidentemente eran sus vecinos; con los cuales tendría que seguir conviviendo luego de que salieran de la comisaría.
“Flaco, yo soy de tu barrio ¿cómo me vas a afanar a mí?” empezó a conciliar.
“Vo no soooo de acaaaa…”
“Cómo que no? Yo VIVO acá, en esta cuadra”
“Nooo… vo no naciiite acáaaa ¿Dónde nacite vó?”
“Yo vivo acá hace varios años y nací en Parque Patricios ¿por?”
“Ahhh viteeee…”
“Viste ¿qué? ¿Si venís a Parque Patricios entonces te tengo que afanar y cagar a tortazos? No papá, te equivocaste, a mí no me tenés que afanar”
Cristián llamó a un costado al Griego.
“No los denunciemos. Vos te vas pasado mañana y yo me tengo que quedar acá con estos dos lúmpenes que me van a venir a buscar”.
La alternativa incivilizada que proponía Cristián ponía al Griego en el lugar de tener que resetearse y buscar en su memoria el modus operandi argento.
“Amigo, vos no me quisiste afanar, y nadie te pegó ¿está bien?” se pronunció Betschi, tratando de usar poderes de persuasión Jedi  “Y si mañana nos vemos me saludás bien ¿eh?”
“A vooo siiii, pero al otrooo noooo... Si lo veeeooo, amigoooo, le voy
a tené que pegáaaa"
“El otro es problema tuyo con él, no conmigo...”
El cana chiquito, que miraba el zainete en primera fila, lo relojeó al Griego, quien, incómodo, no le quedó otra que devolverle los cincuenta pesos a chorro 1.
Cuando Cristián volvió a entrar a la casa colectiva, caminando por los jardines que hacían que los edificios no se hicieran nunca sombra entre ellos, sintió pena.
Dejó el perro en su departamento y abrió la heladera a ver si por milagro tenía un sachet de leche.
Salió nuevamente hacia la puerta de entrada, que estaba a unos ochenta metros, con el sachet en una bolsa de COTO. 
Para cuando llegó, la escena se había desarmado. Nada había pasado ahí.
De vuelta por los jardines, con el olor de las enredaderas abriéndose a la medianoche, me contó que pensó “yo soy más pelotudo…”.


[1] SIC