lunes, 8 de abril de 2013

La Colectiva


Y  cuando vio que tenía la oportunidad ¡Chá! El golpe; de esos que después vuelven a la cabeza en el baño, antes de irse a dormir o recién despierto. El derechazo del Griego, que había pasado un tiempo en pausa, volvía con todo lo que podía ofrecer. Volvía, después de tanto mundo, en el barrio de Chacarita, a medianoche.
Hernán Charalambopoulos es nómade, pero cada tanto se pega una vuelta por acá, como la de aquella noche; y se encuentra con sus imprescindibles, como Cristián Bertschi. El Griego lleva las anécdotas de los confines del planeta y Cristián pone el vino.
Bohemio soy,
Atlanta es la alegría de mi corazón,
sos mi vida,
vos sos la pasión
más allá de toda explicación.
Y a mi no me interesa
en qué cancha jugués
local o visitante
yo te vengo a ver.
Ni la muerte no[1] va a separar
yo desde el cielo te voy a alentar
A Cristián los vestigios de su sangre suiza le dictaban casi todas las decisiones del día. Entonces, cuando decidió ordenar su vida, se mudó del departamento en Palermo, y por ende de sus vecinas, a Casa Parque Colectiva Los Andes, en Chacarita.
“Vamos, te acompaño hasta la plaza a tomar un taxi así saco el rope a mear”.
No habían hecho ni media cuadra cuando se encontraron con estos dos sujetos, que, en estado larvario, trataban de entonar la canción de cancha. Cristián no los tenía del barrio, pero enseguida adivinó que eran de La Cueva, una facción de la barra de Atlanta enquistada en los límites entre Villa Crespo y Chacarita.
A Cristián el barrio siempre le había gustado. Un poco por la arboleda de tipas, pero por sobre todo, por La Colectiva. Sobre la calle Leiva, mostraba sus condecoraciones en forma de placas de bronce: "Barrio Parque Los Andes. Primera Casa Colectiva Municipal, 1927"; "Ejemplo de arquitectura en vivienda ciudadana"; "Desde 1972, administración vecinal". Una verdadera pena que el arquitecto que la pensó, Fermín Bereterbide, no fuera valorado hasta después de su muerte. Lejos de eso, su modernismo y su militancia socialista lo expulsó de todos los círculos del establishment, dejándolo como un paria el día que se negó a darle la mano a Perón.
A Cristian esto le tildaba tres casilleros de su lista de requisitos: el de antiperonista, el de social-democracia y el de criterio estético vintage. Su manía de vivir sin separase ni por segundos de sus principios lo hacía sentir cómodo en ese lugar.
Cuando se encontraron con los tipos, sobre concepción Arenal, uno de ellos dejó de cantar y los miró feo. Como si instantáneamente se le hubiera pasado el pedo, se abalanzó sobre el Griego y Cristián con un: dame-la-plata-y-quedate-piola-amigo.
Para sacarle plata a Cristian se precisaba algo mejor que dos chorros muertos de hambre. Por lo que ni atinó a meter las manos en los bolsillos.
El Griego quería terminar la noche tranquilo y sacarse a los dos borrachos de encima en cuanto antes. Con un poco de resignación, y convenciéndose de que era el atajo correcto, sacó cien pesos del bolsillo.
“Tranquilo amigo, tomá”.
A chorro 1 le pareció que cien pesos con la inflación que había era una bicoca.
“Eh gato, dame máa, dame toda la guiiiita que tené, no te hagaa el piola que llamo a mis amigoh que están en la plaaaaza”.
La escena quedó detenida por unos instantes, todos procesando y calculando la magnitud del riesgo.
Chorro 1 miró a chorro 2 para saber si lo estaba acompañando en su imprevisto plan. A chorro 2 le costó un poco poner cara de malo porque un minuto antes estaba cantando y evocando la cancha de sus amores. Cristián miró a los chorros, y luego al Griego. El Griego sólo miró a los ojos a chorro 1. Fue el perro el que puso andar de vuelta la cinta con sus agudos ladridos y la determinación de ahuyentar a los bandidos.
Los ladridos actuaron como una diana de combate, y el puño derecho del Griego respondió cerrándose e iniciando una trayectoria a velocidad trueno desde su posición de descanso hasta la cara de chorro 1. ¡Chá! Sonó el golpe impiadoso.
Cristián, a quien la sangre le corre por las venas cinco o seis grados por debajo de lo normal, solo atinó a girar la cabeza para seguir con la mirada el recorrido espacial de chorro 1 hasta dar con la persiana baja de la biblioteca barrial.
Chorro 2 se debatía entre pelear, huir o seguir paralizado.
Chorro 1 se levantó del piso, como se levantaba cada vez que hay gresca de patadas y piedrazos cerca de la cancha. Y porque el prontuario de Atlanta dice:
Enemigos: Chacarita Juniors, Platense, All Boys, Argentinos Juniors, Defensores de Belgrano, Nueva Chicago, Ferro, Almirante Brown, Los Andes, Tigre, Deportivo Morón y Quilmes.
Amigos: No tiene.
De haber un tema, hubiera sido “Piñas van, piñas vienen”. Aunque Cristián, como un Robin que deja lucirse a Batman, estaba un poco al costado.
“¡Alto! ¡Policía!” se escuchó venir desde la esquina.
Efectivamente, un agente de la federal, en apariencia más próximo al Golden que a la Vucetich, venía corriendo con la reglamentaria en la mano.
El Griego aprovechó la distracción para meterle también un derechazo a chorro 2, quién giró sobre su eje, para caer mirando la pared, con las piernas cruzadas.
A los cinco minutos, la situación constaba de: tres patrulleros, diez canas, chorro 1 que sangraba y chorro 2 que llorisqueaba, ambos contra la pared.
Un agente de cuerpo chiquito inició la rutina, empezando por tomar los datos. Las suprarrenales del Griego no podían pasar del estado de combate, a las tareas administrativas como si nada, y la adrenalina seguía saliendo eyectada en pulsos de violencia.
“Éste tiene mi plata” le dijo al cana, buscando una forma más de vengarse.
Como chorro 1 estaba contra la pared, le metió la mano en el bolsillo y mientras le decía “Devolveme la guita hijo de puta” le sacó ciento cincuenta pesos.
“¡Eh!” gritó finito chorro 1 “¡Lo cincuenta peso son míiiiio!”
Para el griego, hacerle cincuenta pesos a un chorro no clasificaba como algo reprochable.
“¡Me sacó la plaaaaaaataaa!” decía una y otra vez chorro 1 entre lágrimas “Era para comprale la leche a mi hiiiiijooooooo”.
“Calláte vos” ordenaba el Griego desde sus ojos oscuros, inyectados de sangre.
Para ese momento Cristián ya se había dado cuenta de que esto no se arreglaba así. Ese era su barrio y chorro 1 y chorro 2, evidentemente eran sus vecinos; con los cuales tendría que seguir conviviendo luego de que salieran de la comisaría.
“Flaco, yo soy de tu barrio ¿cómo me vas a afanar a mí?” empezó a conciliar.
“Vo no soooo de acaaaa…”
“Cómo que no? Yo VIVO acá, en esta cuadra”
“Nooo… vo no naciiite acáaaa ¿Dónde nacite vó?”
“Yo vivo acá hace varios años y nací en Parque Patricios ¿por?”
“Ahhh viteeee…”
“Viste ¿qué? ¿Si venís a Parque Patricios entonces te tengo que afanar y cagar a tortazos? No papá, te equivocaste, a mí no me tenés que afanar”
Cristián llamó a un costado al Griego.
“No los denunciemos. Vos te vas pasado mañana y yo me tengo que quedar acá con estos dos lúmpenes que me van a venir a buscar”.
La alternativa incivilizada que proponía Cristián ponía al Griego en el lugar de tener que resetearse y buscar en su memoria el modus operandi argento.
“Amigo, vos no me quisiste afanar, y nadie te pegó ¿está bien?” se pronunció Betschi, tratando de usar poderes de persuasión Jedi  “Y si mañana nos vemos me saludás bien ¿eh?”
“A vooo siiii, pero al otrooo noooo... Si lo veeeooo, amigoooo, le voy
a tené que pegáaaa"
“El otro es problema tuyo con él, no conmigo...”
El cana chiquito, que miraba el zainete en primera fila, lo relojeó al Griego, quien, incómodo, no le quedó otra que devolverle los cincuenta pesos a chorro 1.
Cuando Cristián volvió a entrar a la casa colectiva, caminando por los jardines que hacían que los edificios no se hicieran nunca sombra entre ellos, sintió pena.
Dejó el perro en su departamento y abrió la heladera a ver si por milagro tenía un sachet de leche.
Salió nuevamente hacia la puerta de entrada, que estaba a unos ochenta metros, con el sachet en una bolsa de COTO. 
Para cuando llegó, la escena se había desarmado. Nada había pasado ahí.
De vuelta por los jardines, con el olor de las enredaderas abriéndose a la medianoche, me contó que pensó “yo soy más pelotudo…”.


[1] SIC

1 comentario: