Toma un quinoto y
lo aprieta en la boca.
Luego lo escupe. No es una delicia el jugo, pero es divertido
el juego. Con las canas cubriéndole el dorado, no son tantas las cosas con las
que entretenerse.
Atrás quedó la
energía y el derroche de movimientos sin sentido de los primeros días en casa. Fue
una verdadera invasión sensorial: el pasto, los pájaros, el agua de la pileta, la
escoba, la aspiradora y la cera recién pasada en el piso de cerámicos.
La rutina empezó
a poco de llegar, y desde entonces ha estado ahí, marcando el ritmo de los
días. A la mañana toca hacer un poco de oficina. Esto quiere decir, ir al patio
de adelante y ladrar a todos los perros que pasen. Los que van solos, los que
van ahorcados entre tantos perros que lleva el paseador y los que van a correr
con sus dueños. Particular fobia le tiene a estos últimos.
Antes del
mediodía, hay que ir a hacer la ronda a la cocina, no sea cosa que se pierda
algún bocadillo que se cae de la mesada mientras se prepara el almuerzo. La
actitud es siempre expectante, ojos enfocados, orejas estiradas para atrás y de
vez en cuando algún gemido, para que quien esté en la tarea no se olvide de que
ella está ahí, a la caza de un pedacito de carne o de queso.
El almuerzo,
tanto como la cena, no son gran cosa, pero se festeja igual. Con los años ha
tratado de hacerlo cada vez más temprano, insistiendo antes de la hora con
gruñidos y miradas fijas, casi mafiosas.
A la tarde toca
paseo. Antes le ponía mucho entusiasmo al tema de olfatear todos los rastros
que otros perros hubieran podido dejar. Pero desde que la castraron, ya no es
lo mismo. Se ve que las feromonas la tienen sin cuidado.
¡Ay! ¡Aquéllos
días de amor! Varios novios, un solo amor: El Chavo. Si paseando se lo
encontraba se ponía tan nerviosa que no sabía cómo apoyar manos y patas. Porque,
claro, El Chavo no era un novato. El Chavo era el dueño de la cuadra, el galán
del barrio. Chiquito, negro, chueco, una oreja cortada, un colmillo balconeando
la quijada y muy altanero. Era la compañía de toda hora de los muchachos de la
garita y se paseaba de un lado a otro en busca de alguna oportunidad. A Alfa se
le ponía el cuerpo en completa tensión de solo verlo. Y a otras perras que lo cuadriplicaban
en tamaño les pasaba lo mismo, como una Rottweiler de cuarenta y cinco kilos que
vivió por acá cerca.
El Chavo era el
primero en notar el celo de las perras. Si estaba destacado en la entrada de la
casa, el dueño de la perra se daba por notificado del inicio del celo. En
otoño, lo iban cubriendo las hojas amarillentas de los tilos mientras hacía
guardia tratando de aprovechar algún descuido. Era tan chiquito que podía pasar
entre las rejas del frente de la
casa. Uno se podía encontrar con este semental atípico a
cualquier hora en su jardín. Esto hizo que tomáramos más seriamente el control
de la fertilidad de Alfa y así empezó con los anticonceptivos, como cualquier
señorita educada.
Hacia el final de
sus días El Chavo había decidido hacer piquete en el medio de la calle,
obligando a los autos a esquivarlo. Fue víctima de su propio poder. Allá partió
El Chavo al cielo de los perros, dejando un tendal de viudas.
Alfa nunca fue
del tipo deportivo, más bien todo lo contrario. De hecho, una vez se desgarró
en plena persecución de su Némesis, el gato blanco y negro. Sus salidas al jardín
son casi protocolares y prefiere dormir sus seis o siete siestas diarias en la cocina. Alfa podría
ser perfectamente feliz en un departamento.
El gran drama de
Alfa son las tormentas y los fuegos artificiales. Es difícil comprender esa
mente perruna que sufre una y otra vez con truenos y rayos, siendo que luego
nunca pasa nada. Tal vez sea una gran metáfora de todos los miedos.
Como para cualquier
perro, los seres que componen su mundo están jerarquizados. Ella está
convencida de que tiene jerarquía de hija, porque un poco así la tratamos. Por eso,
cuando vamos de viaje y la invitamos a subir al baúl del auto- que se comunica
con el resto de la cabina- su cara de perplejidad muestra que para ella eso es
algo inadmisible. Ella juraría que tiene derecho al asiento trasero. Cada vez
que vamos con ella en auto la misma dramatización: su asombro, la tozudez de no
querer dejar el asiento trasero, la agachada de cabeza y posterior entrada al
baúl entre resoplidos.
Una sola vez pudo
darse el gusto. Delfina tenía tres meses y habíamos decidido ir al campo. Como
otros padres primerizos, incurríamos en conductas exóticas en pos del bienestar
de la cría. La
nuestra fue viajar con la siguiente configuración: Manuel al volante, yo atrás
con Delfina y Alfa de co-pilota, con cinturón de seguridad puesto. Las
carcajadas de los chicos que notaban esto en la ruta fueron inolvidables y nos
vinieron bien para darnos cuenta que estábamos teniendo dificultades con la sensatez. Se trataba
del extraño caso del hombre que prefería a su perro en lugar de su mujer como
compañero de ruta.
Al llegar al
campo, la jerarquía era mucho más compleja. Nilo, un enorme Rodesiano,
comandaba un ejército de vándalos. Eran los chicos malos: cazadores furtivos,
atemorizadores de visitas y hasta en el pueblo se comentaba que había que
entrar con precaución a Las Marías por los “perros cazadores de liones”. Por suerte Nilo apadrinó a
Alfa, manteniendo a raya los avances de los demás malevos.
De aquel viaje al
campo nos trajimos una cotorra que había caído de un nido. La bautizamos Chacharramendi
y subió al baúl con Alfa dentro de una jaula. Alfa no podía dar crédito a esta
espiral de humillación y lloró un buen rato.
Vueltos a Buenos
Aires, Chacharramendi se hizo fuerte y un día voló. Alfa vio volar a “Chacha” y
después también despidió a las cotorritas australianas “Nina” y “Raúl”; a una
cantidad indeterminada de palomas que se estrellaban contra el ventanal donde
yo trabajaba y luego cuidaba hasta su recuperación; a zorzales caídos del nido;
y a Igor, un benteveo abandonado por su madre. Recibió a los conejos Humo,
Ramona y Houston; a los cobayos Jacinta I, Jacinta II y Lucas, y sus siete
crías. Vivieron más o menos tiempo, pero Alfa siempre tuvo la certeza de que
ella era la real, la única, la verdadera.
Hay cosas que
Alfa nunca va a entender, como la inocencia de las tormentas. Pero esto fue
algo que entendió rápidamente: desfilarían todo tipo de mascotas y alimañas
pero la única que prevalecería sería ella. Si pudiera, Alfa tendría el anillo de
Grondona que reza “Todo pasa”, su ley de vida.
Son diez años de
estar juntas. Ya no me recibe como cuando era cachorra, dando saltos y
emitiendo un sonido cual chancho. Pero tampoco es necesario a esta altura de la relación. A veces
llego y desde su sexta siesta, abre un ojo y sin mover otro músculo, mueve un
poco la cola, como de cortesía.
Me pregunto qué
escribiría ella de mi. Cuando me despierto a la mañana, Alfa me mira de lejos,
con los ojos un poco achinados, y es obvio que está midiendo mi humor, está
evaluando cómo viene mi talante.
No por nada es
tan buena compañera y calculo que todo el camino recorrido con ella será el
tiempo que la llore cuando ya no esté.
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