domingo, 24 de marzo de 2013

Alguien muy cercano


Toma un quinoto y lo aprieta en la boca. Luego lo escupe. No es una delicia el jugo, pero es divertido el juego. Con las canas cubriéndole el dorado, no son tantas las cosas con las que entretenerse.
Atrás quedó la energía y el derroche de movimientos sin sentido de los primeros días en casa. Fue una verdadera invasión sensorial: el pasto, los pájaros, el agua de la pileta, la escoba, la aspiradora y la cera recién pasada en el piso de cerámicos.
La rutina empezó a poco de llegar, y desde entonces ha estado ahí, marcando el ritmo de los días. A la mañana toca hacer un poco de oficina. Esto quiere decir, ir al patio de adelante y ladrar a todos los perros que pasen. Los que van solos, los que van ahorcados entre tantos perros que lleva el paseador y los que van a correr con sus dueños. Particular fobia le tiene a estos últimos.
Antes del mediodía, hay que ir a hacer la ronda a la cocina, no sea cosa que se pierda algún bocadillo que se cae de la mesada mientras se prepara el almuerzo. La actitud es siempre expectante, ojos enfocados, orejas estiradas para atrás y de vez en cuando algún gemido, para que quien esté en la tarea no se olvide de que ella está ahí, a la caza de un pedacito de carne o de queso.
El almuerzo, tanto como la cena, no son gran cosa, pero se festeja igual. Con los años ha tratado de hacerlo cada vez más temprano, insistiendo antes de la hora con gruñidos y miradas fijas, casi mafiosas.
A la tarde toca paseo. Antes le ponía mucho entusiasmo al tema de olfatear todos los rastros que otros perros hubieran podido dejar. Pero desde que la castraron, ya no es lo mismo. Se ve que las feromonas la tienen sin cuidado.
¡Ay! ¡Aquéllos días de amor! Varios novios, un solo amor: El Chavo. Si paseando se lo encontraba se ponía tan nerviosa que no sabía cómo apoyar manos y patas. Porque, claro, El Chavo no era un novato. El Chavo era el dueño de la cuadra, el galán del barrio. Chiquito, negro, chueco, una oreja cortada, un colmillo balconeando la quijada y muy altanero. Era la compañía de toda hora de los muchachos de la garita y se paseaba de un lado a otro en busca de alguna oportunidad. A Alfa se le ponía el cuerpo en completa tensión de solo verlo. Y a otras perras que lo cuadriplicaban en tamaño les pasaba lo mismo, como una Rottweiler de cuarenta y cinco kilos que vivió por acá cerca.
El Chavo era el primero en notar el celo de las perras. Si estaba destacado en la entrada de la casa, el dueño de la perra se daba por notificado del inicio del celo. En otoño, lo iban cubriendo las hojas amarillentas de los tilos mientras hacía guardia tratando de aprovechar algún descuido. Era tan chiquito que podía pasar entre las rejas del frente de la casa. Uno se podía encontrar con este semental atípico a cualquier hora en su jardín. Esto hizo que tomáramos más seriamente el control de la fertilidad de Alfa y así empezó con los anticonceptivos, como cualquier señorita educada.
Hacia el final de sus días El Chavo había decidido hacer piquete en el medio de la calle, obligando a los autos a esquivarlo. Fue víctima de su propio poder. Allá partió El Chavo al cielo de los perros, dejando un tendal de viudas.
Alfa nunca fue del tipo deportivo, más bien todo lo contrario. De hecho, una vez se desgarró en plena persecución de su Némesis, el gato blanco y negro. Sus salidas al jardín son casi protocolares y prefiere dormir sus seis o siete siestas diarias en la cocina. Alfa podría ser perfectamente feliz en un departamento.
El gran drama de Alfa son las tormentas y los fuegos artificiales. Es difícil comprender esa mente perruna que sufre una y otra vez con truenos y rayos, siendo que luego nunca pasa nada. Tal vez sea una gran metáfora de todos los miedos.
Como para cualquier perro, los seres que componen su mundo están jerarquizados. Ella está convencida de que tiene jerarquía de hija, porque un poco así la tratamos. Por eso, cuando vamos de viaje y la invitamos a subir al baúl del auto- que se comunica con el resto de la cabina- su cara de perplejidad muestra que para ella eso es algo inadmisible. Ella juraría que tiene derecho al asiento trasero. Cada vez que vamos con ella en auto la misma dramatización: su asombro, la tozudez de no querer dejar el asiento trasero, la agachada de cabeza y posterior entrada al baúl entre resoplidos.
Una sola vez pudo darse el gusto. Delfina tenía tres meses y habíamos decidido ir al campo. Como otros padres primerizos, incurríamos en conductas exóticas en pos del bienestar de la cría. La nuestra fue viajar con la siguiente configuración: Manuel al volante, yo atrás con Delfina y Alfa de co-pilota, con cinturón de seguridad puesto. Las carcajadas de los chicos que notaban esto en la ruta fueron inolvidables y nos vinieron bien para darnos cuenta que estábamos teniendo dificultades con la sensatez. Se trataba del extraño caso del hombre que prefería a su perro en lugar de su mujer como compañero de ruta.
Al llegar al campo, la jerarquía era mucho más compleja. Nilo, un enorme Rodesiano, comandaba un ejército de vándalos. Eran los chicos malos: cazadores furtivos, atemorizadores de visitas y hasta en el pueblo se comentaba que había que entrar con precaución a Las Marías por los “perros cazadores de liones”. Por suerte Nilo apadrinó a Alfa, manteniendo a raya los avances de los demás malevos.
De aquel viaje al campo nos trajimos una cotorra que había caído de un nido. La bautizamos Chacharramendi y subió al baúl con Alfa dentro de una jaula. Alfa no podía dar crédito a esta espiral de humillación y lloró un buen rato.
Vueltos a Buenos Aires, Chacharramendi se hizo fuerte y un día voló. Alfa vio volar a “Chacha” y después también despidió a las cotorritas australianas “Nina” y “Raúl”; a una cantidad indeterminada de palomas que se estrellaban contra el ventanal donde yo trabajaba y luego cuidaba hasta su recuperación; a zorzales caídos del nido; y a Igor, un benteveo abandonado por su madre. Recibió a los conejos Humo, Ramona y Houston; a los cobayos Jacinta I, Jacinta II y Lucas, y sus siete crías. Vivieron más o menos tiempo, pero Alfa siempre tuvo la certeza de que ella era la real, la única, la verdadera.
Hay cosas que Alfa nunca va a entender, como la inocencia de las tormentas. Pero esto fue algo que entendió rápidamente: desfilarían todo tipo de mascotas y alimañas pero la única que prevalecería sería ella. Si pudiera, Alfa tendría el anillo de Grondona que reza “Todo pasa”, su ley de vida.
Son diez años de estar juntas. Ya no me recibe como cuando era cachorra, dando saltos y emitiendo un sonido cual chancho. Pero tampoco es necesario a esta altura de la relación. A veces llego y desde su sexta siesta, abre un ojo y sin mover otro músculo, mueve un poco la cola, como de cortesía.
Me pregunto qué escribiría ella de mi. Cuando me despierto a la mañana, Alfa me mira de lejos, con los ojos un poco achinados, y es obvio que está midiendo mi humor, está evaluando cómo viene mi talante.
No por nada es tan buena compañera y calculo que todo el camino recorrido con ella será el tiempo que la llore cuando ya no esté.

Pagaré


Entró sin avisar, encorvada,
agarrándose la panza.
“Me duele! Me duele!”
“Dónde?”
“Abajo”
La quise mirar a los ojos,
no me dejó.
La senté en una silla de ruedas
y mientras la empujaba
pensaba: en un par de horas me voy.
Antes de llegar a gineco,
saltó de la silla a una camilla,
abrió las piernas y lo escupió.
Medía 30 cm y se movía.
No, no era un bofe.
Era un bebe, chiquito.
Aparecieron las ginecólogas y el neonatólogo,
las mujeres se ocuparon de la placenta,
el varón, del niño envuelto.
Quise agarrarle la mano a la mujer
pero se tapó con ella los ojos.
Fui a la neo y el hombre estaba
Más enojado que apenado.
“Si tuviéramos una incubadora decente
tal vez viviera” dijo entre dientes.
Miré a la madre,
que lloraba.
Acaricié al niño,
que en silencio pagaba.

El esqueleto



El casamiento era obligadamente informal porque se celebraba en el esqueleto de un edificio abandonado. De todos modos, mamá nos puso ropa de salir a mi hermano menor y a mí. Mis hermanas, más grandes, improvisaron un elegante sport.
Cuando salimos de casa vimos que en la vereda de enfrente se habían estacionado seis Mercedes Benz con chapa diplomática y una comitiva de treinta personas caminaba perdida de una punta a la otra de la cuadra.
“¿Vienen al casamiento de Alí?” les preguntó mamá.
Todos asintieron y se sumaron a nuestro pequeño grupo. Era la una de la tarde y hacía calor.  Los hombres estaban de traje y las mujeres de largo.
“Es por acá” los invitó mamá, abriendo la puerta de chapa pintada de celeste que acusaba varios golpes.
Las mujeres miraron a los hombres, y éstos, sin mediar expresión alguna, entraron al edificio abandonado, seguidos a prudente distancia por ellas.
Alí había acondicionado lo que hubiera sido una recepción de lujo, a un par de metros por encima del nivel de la calle, para hacer la ceremonia y la fiesta. El viento del río se paseaba sin problemas entre las columnas de hormigón armado y el desflecado de hierros oxidados que asomaba en cada corte.
Hacía años que el esqueleto estaba así, detenido. Los constructores habían conseguido un permiso trucho en la municipalidad de Vicente López para levantar una torre en una zona residencial. Para cuando alguien notó tamaña contravención ya se habían levantado demasiados pisos y la municipalidad se tenía que hacer cargo de la demolición, cosa que no sucedió hasta veinte años después.
Las mesas largas con manteles blancos estaban distribuidas en un gran espacio de techos altos. Esto, junto con la vajilla blanca y dorada, los mozos de negro, el pilaf y otras exquisiteces habían sido pagadas por la embajada.
La novia tenía puesto un vestido comprado de segunda mano que tenía un enorme lamparón de aceite y le quedaba cinchado. Hacía gala de sus malos modales y de su inexistente sangre árabe para incomodidad de los invitados.
Apenas llegó el Mulah se celebró la ceremonia religiosa. Mientras leía pasajes del Corán, Estela, la novia, se daba vuelta y decía “yo no entiendo nada”. En pocos minutos quedaron casados ante los ojos de Alá.
Mamá observó que las mujeres comerían de un lado y los hombres en el otro. Así que acomodó a la prole en el sector damas.
A Alí, que había llegado solo desde Jordania siendo adolescente, no le entraba más felicidad en el cuerpo. Su vida parecía estar dando enormes pasos en el último año.
Alí vivía en el esqueleto, protegiéndolo de las invasiones ocupas, y era una suerte de Don Quijote jordano. Hacía mucho que no percibía nada por su tarea de guardián de las catorce losas que se apilaban una sobre otra. En invierno el frío húmedo entraba a borbotones al esqueleto y él se refugiaba en su cuarto con un brasero. Una vez se intoxicó muy mal con monóxido de carbono y tal vez haya perdido ahí más neuronas de las que podía pasar a pérdida sin quedar en default.
Fue mamá quien le dijo que lo que tenía que hacer era dejar las changas y buscar algo en las embajadas árabes. El consejo fue como una epifanía y en poco tiempo consiguió trabajo de mozo en la embajada de Irán, con sus paisanos.
La tarea de domesticar a Alí no debe haber sido sencilla, pero estaba tan entusiasmado con su rol, que alguien ahí lo sacó bueno. Sólo pensar aquella vez que vino a casa a enseñarle a mamá a hacer yogur con su método, que consistía en meter el meñique hediondo varias veces dentro de la leche hasta conseguir la temperatura ideal.
Al tiempo de conseguir el trabajo, una loca que se autoproclamó novia se le instaló en el esqueleto. Estela era un desquicio que gritaba todo el día sin parar. Y vaga, muy vaga. Exactamente la Némesis del manual de la buena esposa árabe.
De alguna manera decidieron casarse. Él: cincuenta y algo, petiso, regordete; ella: cuarenta y pico muy mal llevados, morocha, de pasado dudoso.
Mi recuerdo de la fiesta es que fue algo realmente agradable. No sé si por la exótica ambientación, la comida, la brisa del río o el lejano griterío de los chicos del colegio Lincoln cuando salían al recreo. Porque claro, para el año ’88 no era impensable que un empleado de la embajada iraní viviera en una fortaleza de hormigón frente a un colegio americano, en la que podría haber apostado francotiradores, hombres bomba y demás delicias terroristas. El enemigo era Irak, apoyado desde la diplomacia por Estados Unidos, que ya había hundido un par de naves iraníes mientras protegía los barcos petroleros kuwaitíes. Pero para la Argentina de aquél entonces, tan lejana del mundo, lo que pasaba en los noticieros, quedaba en los noticieros.
Las conversaciones eran en farsi y creo que no había otros occidentales, aparte de la novia. Los hombres parecían constantemente enojados, y las mujeres eran elegantes y hablaban en voz baja.
Mi hermano y yo fuimos a explorar el edificio porque nunca habíamos entrado ahí. Estaba todo bien con Alí, pero mamá solo nos dejaba estar con él en la vereda.
Desde el primer piso ya se tenía una vista panorámica del río y la costa verde, muy verde. Todavía no estaba el Tren de la Costa y el bajo era un aguantadero de borrachos. Lo más cerca del bajo que llegábamos, era tirarnos por la barranca de Paraná con unos carritos a rulemán bastante rústicos, que con el tiempo y la dedicación de mi hermano se fueron convirtiendo en verdaderas naves.
Estábamos buscando la forma de llegar al segundo piso, ya que escalera no había, cuando escuchamos que mamá nos llamaba. Obviamente la preocupaba nuestra audacia y se excusó diciendo que quería que nos conocieran unas mujeres.
Mamá finalmente había empezado a hablar con dos invitadas. La mayor era la mujer del embajador, acompañada por su hija de unos veintipocos años. Manejaban un perfecto español, sobre todo la hija.
No parecían la clase de mujeres oprimidas por un régimen estricto como el del Sha Jomeini, y menos aún de una nación en guerra durante años. Por el contrario, ambas estudiaban medicina en la UBA, con la intención de volver a Irán, porque allá no había muchas médicas.
Mamá les confió que ella había vivido con papá en Irán y que allí había nacido mi hermano mayor. Con naturalidad, las mujeres le preguntaron qué los había llevado allá. Entonces mamá se explayó sobre las líneas de alta tensión y en que una de ellas pasaba por los campos de caza del Shá Reza Pahlavi y había sido investigado por eso. Le preguntaron en qué ciudades habían vivido y mamá les contó de Teherán, de Isfahán y de los bazares en los que se perdía. Quisieron saber si habían hecho amigos y mamá nombró vecinos franceses, algún americano y la empleada Armenia. Querían saberlo todo, y mamá habló de los viajes por el desierto y de la casa en la montaña. Todos recuerdos maravillosamente inocentes de quien ignoraba las policías secretas y las tensiones que se desarrollaban en el Irán más humilde, el de los Mulah de los barrios.
Para las cinco o seis de la tarde, la fiesta ya había dado todo lo que tenía, y los invitados comenzaron a partir. Alí nos despidió emocionado por su gran día y esperó a que cruzáramos la calle y entráramos a casa para cerrar su puerta.
El esqueleto era ahora un hogar.

Dos semanas más tarde, Alí tocó el timbre de casa. No era raro que viniera a casa; a veces necesitaba hablar por teléfono. Pero apenas lo vio, mamá trató de adivinar: “te peleaste con tu mujer”.
Alí traía muy mala cara y en su rudimentaria colección de palabras para describir sentimientos le contó a mamá que estaba muy triste y confundido. Lo habían echado de la embajada al volver de la luna de miel.
No terminaba de poner las emociones en su atragantado castellano, cuando mamá, en lugar de ver su rostro, vio el rostro de las dos mujeres.
Alí hablaba, pero de su boca no salía su voz. Salía la voz de mamá contándoles a las mujeres de la embajada toda su experiencia iraní. En lugar de ver las expresiones en el rostro ajado y perplejo de Alí, vio la piel suave de las dos mujeres preguntando entre qué años había vivido ahí y qué opinión tenía del Sha depuesto.
Maldijo mamá haber hablado tanto de ese pasado no revisado. De esos recuerdos aventureros que flotaban a tres metros del suelo iraní.
Sintió una culpa enorme que le dio vuelta el estómago mientras Alí seguía relatando la extrañeza del caso.
Todo aquello que no la había afectado estando allá, finalmente pasaba factura, dieciocho años después.
“No hay mal que por bien no venga, Alí” lo consoló mamá sin atreverse a mencionar la conversación con las dos mujeres “seguro que hay otra embajada que lo necesita”.
Meses más tarde, Alí murió atropellado. 

La Luz



No me acuerdo exactamente cuándo empecé a sentir, no son claros los recuerdos. Tal vez siempre haya sentido algo; al principio impresiones vagas y luego absolutamente todo lo que me rodeaba en forma de mensaje químico.
En realidad, lo del principio fue hermoso. Tenía más libertad y todo sucedía lentamente, a su tiempo. Durante un tiempo no muy largo pude nadar en este líquido suave y tibio envolviendo y rozando mi piel, atenuándolo todo a mí alrededor. Podía cambiar la posición de mi cuerpo las veces que yo quería, y sentía la cabeza repleta y la cabeza vacía. Después el espacio se fue cerrando, o yo me hice más grande, no lo sé, pero ya no pude nadar como quisiera hacerlo ahora.
Sí estoy seguro de que cambié de forma. Al principio era como un poroto con un largo brote. Después la cabeza me pesó tanto que me enrosqué, y no hacía otra cosa que mirarme la panza todo el día. No tenía párpados, pero la verdad es que acá no hay nada para ver. Tampoco orejas, que después me aparecieron, al igual que los párpados. Escuchar, lo que se dice escuchar, como escuché en otras vidas, no. Más bien diría que me llegan algunas frecuencias silenciadas por este paraíso líquido. No es todo silencio, no. Hay otros sonidos que componen mi mundo. Está el ta-tác, ta-tác, ta-tác. A veces quiero que se calle, porque no para, todo el tiempo: ta-tác, ta-tác, ta-tác. Va más rápido, va más despacio, y  no lo quiero oír más. Pero tonto no soy, sé que mientras suene va a estar todo bien. Así que me la aguanto y pienso en otra cosa.
A esta altura puedo decir que le tengo bastante tomado el tiempo. Hay momentos de estar  acostados y otros de estar parados. A la mañana escucho una lluvia sobre mi techo redondo y es bastante placentero. Incluso a veces canta.
 Cuando me da hambre, la escucho que come. Bueno, en realidad creo que come casi todo el tiempo que está despierta. Entonces después me viene todo eso a mí y me dan ganas de trotar por las paredes, y me pongo como loco, todo va en velocidad, es euforia. Mi corazón, que siempre va más rápido que el ta-tác de ella, parece desbocarse. Me dan ganas de bailar sin parar.
Lo que no está tan bueno es lo que sigue; cuando pasa la excitación: el asunto de las tripas. Cada vez que come, al ratito empieza a sonar la cañería. No, no es agradable. Me asusta, me estremezco. Algunas veces son peores que otras y todo retumba, y ruge. Parece una cueva con animales salvajes. Describir lo que sucede después…no, no vale la pena. Más de una vez pensé que abandonaría mi plácida recámara tironeado por esa descarga.
Peor aún sería hablar de esas noches que me preparo para descansar tranquilo, y en vez de acostarse y quedarse quieta, se le da por saltar y gritar. Siento que hay otro que me topa y no me gusta nada. Me tira el peso encima, entonces el líquido y yo nos vamos para un lado y para otro esquivándole a la presión. Por suerte dura poco, y, para decir la verdad, hace bastante que no vuelve a pasar.
Un día, no sé cómo, se me metió un dedo en la boca y estuvo genial. No podía dejar de chuparlo: eran los labios, la lengua y el dedo que ensayaban un trío inolvidable. Yo estaba aburrido y fue el gran momento del día. Lástima que después lo perdí y ya no supe cómo volver a encontrarlo.
Otras veces juego a mover las manos, eso es más fácil. También giro la cabeza y descubrí que estirar las piernas no es algo que le guste mucho a la locadora. Dice “¡Ay!” y algunas otras cosas más.
Hay un juego algo riesgoso pero muy divertido. De vez en cuando mientras muevo mis manos me encuentro con una especie de cordón que va de mi panza a una pared. Si lo aprieto, me mareo. Entonces lo suelto y siento que me viene el alma al cuerpo. Entonces lo vuelvo a apretar y la levedad viene otra vez. El juego es así: aprieto-suelto, aprieto-suelto. Es para jugar un rato nomás, porque sino después me siento pésimo.
Me dieron ganas de empezar a tragar un poco del almíbar. Abrí la boca y me tomé un buen sorbo. Tengo que decir que me desilusioné porque no era dulce como yo lo imaginaba, sino más bien salado. Tampoco es rico. Pero otra cosa no hay, así que lo tomo igual. Se ve que después ese mismo líquido pasa por mis propias cañerías y lo hago pipí. La primera vez que lo hice la sensación fue linda, relajada. Sentí la panza vaciarse al mismo tiempo que el placer recorría mi interior. Me quedé quieto, disfrutando y percibiendo cada detalle. Desde entonces, lo practico todos los días, varias veces al día.
Ahora estoy incómodo.  Muy incómodo. Casi no me puedo mover, me siento muy apretado, no tengo espacio, no puedo jugar. Mi cabeza está encajada y se llenó de sangre, así que estoy todo el día medio tarado. Siento que algo tiene que cambiar y no me gusta. Prefiero seguir aburriéndome.


Me despierto sobresaltado. Las paredes de mi morada se ciernen sobre mí empujándome y estrujándome. Los ruidos de ta-tác no son los mismos: son rápidos, desesperados. Mi cabeza se hunde en un hueco y me acurruco ahí.  Todo se volvió intenso. Tengo miedo. No sé qué es lo que va a pasar. Mi cabeza entra en una morsa y se deforma. Intento una vez y otra vez. Se parece al juego del cordón, pero cien veces peor. Todo indica que tengo que ir hacia ahí, que no sé adónde es. Otra vez mi cabeza tratando de hacer lo imposible, de pasar por ese lugar. Esta vez queda atorada ahí. Me desespero, no puedo girar la cabeza. Ha quedado apretada. Creo que voy a perder la cabeza. No estaría mal: que se vaya la cabeza y quedarme jugando acá. Pero el hueco viene por más: quiere mis hombros. Primero de un lado después del otro. El hueco me succiona. El líquido se va y todo parece colapsar. Creo que me voy a morir. Esto es horrible. Siento frío en la cabeza. Allá afuera, donde tengo que ir está frío y es distinto, ya lo pude sentir, estoy seguro. El almíbar no parece estar esperándome ahí, simplemente se ha ido. Otra vez me estrujan y en esta sí creo que me muero. Mi cara va a reventarse. Pasa primero un hombro, después el otro, mi cuerpo todo comprimido y salgo expulsado en un tobogán de almíbar y otras cosas.
Lo único que puedo hacer es emitir un chillido angustiante en busca de ayuda. Me escucho y más me desespero. El llanto golpea este lugar y vuelve a mí. No sé si puedo decir que lo peor ya pasó.
Me ponen sobre un cuerpo. Es tibio y blando. Tiene un olor. Es el primer olor que siento y me enamoro. Quiero abrir los ojos para ver este olor y me encandilo. La luz me ciega, me duele, me repliega. La luz me dice “este es otro mundo”.  Alcanzo a ver colores y formas. Es mucho para mi. Las figuras emiten sonidos. Siento frío y me pesa el cuerpo, nunca antes me había pesado. Solo quiero esconder la cabeza en esa piel con el olor que sentí, pero no puedo. Todo es tan intenso que algo colapsa en mi cabeza. Algo se rompe, se desliga, se suelta. Esa luz blanca que se quiere colar en mis ojos parece que quisiera llegar a mi cerebro y borrarlo todo. Y yo la dejo. Me entrego por completo. La luz manda en este lugar.  
La dejo entrar y borrar.
Hoy empecé a sentir.