domingo, 24 de marzo de 2013

Pagaré


Entró sin avisar, encorvada,
agarrándose la panza.
“Me duele! Me duele!”
“Dónde?”
“Abajo”
La quise mirar a los ojos,
no me dejó.
La senté en una silla de ruedas
y mientras la empujaba
pensaba: en un par de horas me voy.
Antes de llegar a gineco,
saltó de la silla a una camilla,
abrió las piernas y lo escupió.
Medía 30 cm y se movía.
No, no era un bofe.
Era un bebe, chiquito.
Aparecieron las ginecólogas y el neonatólogo,
las mujeres se ocuparon de la placenta,
el varón, del niño envuelto.
Quise agarrarle la mano a la mujer
pero se tapó con ella los ojos.
Fui a la neo y el hombre estaba
Más enojado que apenado.
“Si tuviéramos una incubadora decente
tal vez viviera” dijo entre dientes.
Miré a la madre,
que lloraba.
Acaricié al niño,
que en silencio pagaba.

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