El casamiento era obligadamente informal porque se
celebraba en el esqueleto de un edificio abandonado. De todos modos, mamá nos
puso ropa de salir a mi hermano menor
y a mí. Mis hermanas, más grandes, improvisaron un elegante sport.
Cuando salimos de casa vimos que en la vereda de
enfrente se habían estacionado seis Mercedes Benz con chapa diplomática y una
comitiva de treinta personas caminaba perdida de una punta a la otra de la
cuadra.
“¿Vienen al casamiento de Alí?” les preguntó mamá.
Todos asintieron y se sumaron a nuestro pequeño
grupo. Era la una de la tarde y hacía calor.
Los hombres estaban de traje y las mujeres de largo.
“Es por acá” los invitó mamá, abriendo la puerta de
chapa pintada de celeste que acusaba varios golpes.
Las mujeres miraron a los hombres, y éstos, sin
mediar expresión alguna, entraron al edificio abandonado, seguidos a prudente
distancia por ellas.
Alí había acondicionado lo que hubiera sido una
recepción de lujo, a un par de metros por encima del nivel de la calle, para
hacer la ceremonia y la fiesta. El viento del río se paseaba sin problemas
entre las columnas de hormigón armado y el desflecado de hierros oxidados que
asomaba en cada corte.
Hacía años que el esqueleto estaba así, detenido. Los
constructores habían conseguido un permiso trucho en la municipalidad de
Vicente López para levantar una torre en una zona residencial. Para cuando
alguien notó tamaña contravención ya se habían levantado demasiados pisos y la
municipalidad se tenía que hacer cargo de la demolición, cosa que no sucedió
hasta veinte años después.
Las mesas largas con manteles blancos estaban
distribuidas en un gran espacio de techos altos. Esto, junto con la vajilla
blanca y dorada, los mozos de negro, el pilaf y otras exquisiteces habían sido
pagadas por la embajada.
La novia tenía puesto un vestido comprado de segunda
mano que tenía un enorme lamparón de aceite y le quedaba cinchado. Hacía gala
de sus malos modales y de su inexistente sangre árabe para incomodidad de los
invitados.
Apenas llegó el Mulah se celebró la ceremonia
religiosa. Mientras leía pasajes del Corán, Estela, la novia, se daba vuelta y
decía “yo no entiendo nada”. En pocos minutos quedaron casados ante los ojos de
Alá.
Mamá observó que las mujeres comerían de un lado y
los hombres en el otro. Así que acomodó a la prole en el sector damas.
A Alí, que había llegado solo desde Jordania siendo
adolescente, no le entraba más felicidad en el cuerpo. Su vida parecía estar
dando enormes pasos en el último año.
Alí vivía en el esqueleto, protegiéndolo de las
invasiones ocupas, y era una suerte de Don Quijote jordano. Hacía mucho que no
percibía nada por su tarea de guardián de las catorce losas que se apilaban una
sobre otra. En invierno el frío húmedo entraba a borbotones al esqueleto y él
se refugiaba en su cuarto con un brasero. Una vez se intoxicó muy mal con
monóxido de carbono y tal vez haya perdido ahí más neuronas de las que podía
pasar a pérdida sin quedar en default.
Fue mamá quien le dijo que lo que tenía que hacer era
dejar las changas y buscar algo en las embajadas árabes. El consejo fue como
una epifanía y en poco tiempo consiguió trabajo de mozo en la embajada de Irán,
con sus paisanos.
La tarea de domesticar a Alí no debe haber sido sencilla,
pero estaba tan entusiasmado con su rol, que alguien ahí lo sacó bueno. Sólo
pensar aquella vez que vino a casa a enseñarle a mamá a hacer yogur con su
método, que consistía en meter el meñique hediondo varias veces dentro de la
leche hasta conseguir la temperatura ideal.
Al tiempo de conseguir el trabajo, una loca que se
autoproclamó novia se le instaló en el esqueleto. Estela era un desquicio que
gritaba todo el día sin parar. Y vaga, muy vaga. Exactamente la Némesis del
manual de la buena esposa árabe.
De alguna manera decidieron casarse. Él: cincuenta y
algo, petiso, regordete; ella: cuarenta y pico muy mal llevados, morocha, de
pasado dudoso.
Mi recuerdo de la fiesta es que fue algo realmente
agradable. No sé si por la exótica ambientación, la comida, la brisa del río o
el lejano griterío de los chicos del colegio Lincoln cuando salían al recreo.
Porque claro, para el año ’88 no era impensable que un empleado de la embajada
iraní viviera en una fortaleza de hormigón frente a un colegio americano, en la
que podría haber apostado francotiradores, hombres bomba y demás delicias
terroristas. El enemigo era Irak, apoyado desde la diplomacia por Estados
Unidos, que ya había hundido un par de naves iraníes mientras protegía los
barcos petroleros kuwaitíes. Pero para la Argentina de aquél entonces, tan
lejana del mundo, lo que pasaba en los noticieros, quedaba en los noticieros.
Las conversaciones eran en farsi y creo que no había
otros occidentales, aparte de la novia. Los hombres parecían constantemente
enojados, y las mujeres eran elegantes y hablaban en voz baja.
Mi hermano y yo fuimos a explorar el edificio porque
nunca habíamos entrado ahí. Estaba todo bien con Alí, pero mamá solo nos dejaba
estar con él en la vereda.
Desde el primer piso ya se tenía una vista panorámica
del río y la costa verde, muy verde. Todavía no estaba el Tren de la Costa y el
bajo era un aguantadero de borrachos. Lo más cerca del bajo que llegábamos, era
tirarnos por la barranca de Paraná con unos carritos a rulemán bastante
rústicos, que con el tiempo y la dedicación de mi hermano se fueron
convirtiendo en verdaderas naves.
Estábamos buscando la forma de llegar al segundo piso,
ya que escalera no había, cuando escuchamos que mamá nos llamaba. Obviamente la
preocupaba nuestra audacia y se excusó diciendo que quería que nos conocieran
unas mujeres.
Mamá finalmente había empezado a hablar con dos
invitadas. La mayor era la mujer del embajador, acompañada por su hija de unos
veintipocos años. Manejaban un perfecto español, sobre todo la hija.
No parecían la clase de mujeres oprimidas por un
régimen estricto como el del Sha Jomeini, y menos aún de una nación en guerra
durante años. Por el contrario, ambas estudiaban medicina en la UBA, con la
intención de volver a Irán, porque allá no había muchas médicas.
Mamá les confió que ella había vivido con papá en
Irán y que allí había nacido mi hermano mayor. Con naturalidad, las mujeres le
preguntaron qué los había llevado allá. Entonces mamá se explayó sobre las
líneas de alta tensión y en que una de ellas pasaba por los campos de caza del
Shá Reza Pahlavi y había sido investigado por eso. Le preguntaron en qué
ciudades habían vivido y mamá les contó de Teherán, de Isfahán y de los bazares
en los que se perdía. Quisieron saber si habían hecho amigos y mamá nombró
vecinos franceses, algún americano y la empleada Armenia. Querían saberlo todo,
y mamá habló de los viajes por el desierto y de la casa en la montaña. Todos
recuerdos maravillosamente inocentes de quien ignoraba las policías secretas y
las tensiones que se desarrollaban en el Irán más humilde, el de los Mulah de los
barrios.
Para las cinco o seis de la tarde, la fiesta ya había
dado todo lo que tenía, y los invitados comenzaron a partir. Alí nos despidió
emocionado por su gran día y esperó a que cruzáramos la calle y entráramos a
casa para cerrar su puerta.
El esqueleto era ahora un hogar.
Dos semanas más tarde, Alí tocó el timbre de casa. No
era raro que viniera a casa; a veces necesitaba hablar por teléfono. Pero apenas
lo vio, mamá trató de adivinar: “te peleaste con tu mujer”.
Alí traía muy mala cara y en su rudimentaria
colección de palabras para describir sentimientos le contó a mamá que estaba muy
triste y confundido. Lo habían echado de la embajada al volver de la luna de
miel.
No terminaba de poner las emociones en su atragantado
castellano, cuando mamá, en lugar de ver su rostro, vio el rostro de las dos
mujeres.
Alí hablaba, pero de su boca no salía su voz. Salía
la voz de mamá contándoles a las mujeres de la embajada toda su experiencia
iraní. En lugar de ver las expresiones en el rostro ajado y perplejo de Alí, vio
la piel suave de las dos mujeres preguntando entre qué años había vivido ahí y
qué opinión tenía del Sha depuesto.
Maldijo mamá haber hablado tanto de ese pasado no
revisado. De esos recuerdos aventureros que flotaban a tres metros del suelo
iraní.
Sintió una culpa enorme que le dio vuelta el estómago
mientras Alí seguía relatando la extrañeza del caso.
Todo aquello que no la había afectado estando allá,
finalmente pasaba factura, dieciocho años después.
“No hay mal que por bien no venga, Alí” lo consoló
mamá sin atreverse a mencionar la conversación con las dos mujeres “seguro que
hay otra embajada que lo necesita”.
Meses más tarde, Alí murió atropellado.
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