domingo, 24 de marzo de 2013

El esqueleto



El casamiento era obligadamente informal porque se celebraba en el esqueleto de un edificio abandonado. De todos modos, mamá nos puso ropa de salir a mi hermano menor y a mí. Mis hermanas, más grandes, improvisaron un elegante sport.
Cuando salimos de casa vimos que en la vereda de enfrente se habían estacionado seis Mercedes Benz con chapa diplomática y una comitiva de treinta personas caminaba perdida de una punta a la otra de la cuadra.
“¿Vienen al casamiento de Alí?” les preguntó mamá.
Todos asintieron y se sumaron a nuestro pequeño grupo. Era la una de la tarde y hacía calor.  Los hombres estaban de traje y las mujeres de largo.
“Es por acá” los invitó mamá, abriendo la puerta de chapa pintada de celeste que acusaba varios golpes.
Las mujeres miraron a los hombres, y éstos, sin mediar expresión alguna, entraron al edificio abandonado, seguidos a prudente distancia por ellas.
Alí había acondicionado lo que hubiera sido una recepción de lujo, a un par de metros por encima del nivel de la calle, para hacer la ceremonia y la fiesta. El viento del río se paseaba sin problemas entre las columnas de hormigón armado y el desflecado de hierros oxidados que asomaba en cada corte.
Hacía años que el esqueleto estaba así, detenido. Los constructores habían conseguido un permiso trucho en la municipalidad de Vicente López para levantar una torre en una zona residencial. Para cuando alguien notó tamaña contravención ya se habían levantado demasiados pisos y la municipalidad se tenía que hacer cargo de la demolición, cosa que no sucedió hasta veinte años después.
Las mesas largas con manteles blancos estaban distribuidas en un gran espacio de techos altos. Esto, junto con la vajilla blanca y dorada, los mozos de negro, el pilaf y otras exquisiteces habían sido pagadas por la embajada.
La novia tenía puesto un vestido comprado de segunda mano que tenía un enorme lamparón de aceite y le quedaba cinchado. Hacía gala de sus malos modales y de su inexistente sangre árabe para incomodidad de los invitados.
Apenas llegó el Mulah se celebró la ceremonia religiosa. Mientras leía pasajes del Corán, Estela, la novia, se daba vuelta y decía “yo no entiendo nada”. En pocos minutos quedaron casados ante los ojos de Alá.
Mamá observó que las mujeres comerían de un lado y los hombres en el otro. Así que acomodó a la prole en el sector damas.
A Alí, que había llegado solo desde Jordania siendo adolescente, no le entraba más felicidad en el cuerpo. Su vida parecía estar dando enormes pasos en el último año.
Alí vivía en el esqueleto, protegiéndolo de las invasiones ocupas, y era una suerte de Don Quijote jordano. Hacía mucho que no percibía nada por su tarea de guardián de las catorce losas que se apilaban una sobre otra. En invierno el frío húmedo entraba a borbotones al esqueleto y él se refugiaba en su cuarto con un brasero. Una vez se intoxicó muy mal con monóxido de carbono y tal vez haya perdido ahí más neuronas de las que podía pasar a pérdida sin quedar en default.
Fue mamá quien le dijo que lo que tenía que hacer era dejar las changas y buscar algo en las embajadas árabes. El consejo fue como una epifanía y en poco tiempo consiguió trabajo de mozo en la embajada de Irán, con sus paisanos.
La tarea de domesticar a Alí no debe haber sido sencilla, pero estaba tan entusiasmado con su rol, que alguien ahí lo sacó bueno. Sólo pensar aquella vez que vino a casa a enseñarle a mamá a hacer yogur con su método, que consistía en meter el meñique hediondo varias veces dentro de la leche hasta conseguir la temperatura ideal.
Al tiempo de conseguir el trabajo, una loca que se autoproclamó novia se le instaló en el esqueleto. Estela era un desquicio que gritaba todo el día sin parar. Y vaga, muy vaga. Exactamente la Némesis del manual de la buena esposa árabe.
De alguna manera decidieron casarse. Él: cincuenta y algo, petiso, regordete; ella: cuarenta y pico muy mal llevados, morocha, de pasado dudoso.
Mi recuerdo de la fiesta es que fue algo realmente agradable. No sé si por la exótica ambientación, la comida, la brisa del río o el lejano griterío de los chicos del colegio Lincoln cuando salían al recreo. Porque claro, para el año ’88 no era impensable que un empleado de la embajada iraní viviera en una fortaleza de hormigón frente a un colegio americano, en la que podría haber apostado francotiradores, hombres bomba y demás delicias terroristas. El enemigo era Irak, apoyado desde la diplomacia por Estados Unidos, que ya había hundido un par de naves iraníes mientras protegía los barcos petroleros kuwaitíes. Pero para la Argentina de aquél entonces, tan lejana del mundo, lo que pasaba en los noticieros, quedaba en los noticieros.
Las conversaciones eran en farsi y creo que no había otros occidentales, aparte de la novia. Los hombres parecían constantemente enojados, y las mujeres eran elegantes y hablaban en voz baja.
Mi hermano y yo fuimos a explorar el edificio porque nunca habíamos entrado ahí. Estaba todo bien con Alí, pero mamá solo nos dejaba estar con él en la vereda.
Desde el primer piso ya se tenía una vista panorámica del río y la costa verde, muy verde. Todavía no estaba el Tren de la Costa y el bajo era un aguantadero de borrachos. Lo más cerca del bajo que llegábamos, era tirarnos por la barranca de Paraná con unos carritos a rulemán bastante rústicos, que con el tiempo y la dedicación de mi hermano se fueron convirtiendo en verdaderas naves.
Estábamos buscando la forma de llegar al segundo piso, ya que escalera no había, cuando escuchamos que mamá nos llamaba. Obviamente la preocupaba nuestra audacia y se excusó diciendo que quería que nos conocieran unas mujeres.
Mamá finalmente había empezado a hablar con dos invitadas. La mayor era la mujer del embajador, acompañada por su hija de unos veintipocos años. Manejaban un perfecto español, sobre todo la hija.
No parecían la clase de mujeres oprimidas por un régimen estricto como el del Sha Jomeini, y menos aún de una nación en guerra durante años. Por el contrario, ambas estudiaban medicina en la UBA, con la intención de volver a Irán, porque allá no había muchas médicas.
Mamá les confió que ella había vivido con papá en Irán y que allí había nacido mi hermano mayor. Con naturalidad, las mujeres le preguntaron qué los había llevado allá. Entonces mamá se explayó sobre las líneas de alta tensión y en que una de ellas pasaba por los campos de caza del Shá Reza Pahlavi y había sido investigado por eso. Le preguntaron en qué ciudades habían vivido y mamá les contó de Teherán, de Isfahán y de los bazares en los que se perdía. Quisieron saber si habían hecho amigos y mamá nombró vecinos franceses, algún americano y la empleada Armenia. Querían saberlo todo, y mamá habló de los viajes por el desierto y de la casa en la montaña. Todos recuerdos maravillosamente inocentes de quien ignoraba las policías secretas y las tensiones que se desarrollaban en el Irán más humilde, el de los Mulah de los barrios.
Para las cinco o seis de la tarde, la fiesta ya había dado todo lo que tenía, y los invitados comenzaron a partir. Alí nos despidió emocionado por su gran día y esperó a que cruzáramos la calle y entráramos a casa para cerrar su puerta.
El esqueleto era ahora un hogar.

Dos semanas más tarde, Alí tocó el timbre de casa. No era raro que viniera a casa; a veces necesitaba hablar por teléfono. Pero apenas lo vio, mamá trató de adivinar: “te peleaste con tu mujer”.
Alí traía muy mala cara y en su rudimentaria colección de palabras para describir sentimientos le contó a mamá que estaba muy triste y confundido. Lo habían echado de la embajada al volver de la luna de miel.
No terminaba de poner las emociones en su atragantado castellano, cuando mamá, en lugar de ver su rostro, vio el rostro de las dos mujeres.
Alí hablaba, pero de su boca no salía su voz. Salía la voz de mamá contándoles a las mujeres de la embajada toda su experiencia iraní. En lugar de ver las expresiones en el rostro ajado y perplejo de Alí, vio la piel suave de las dos mujeres preguntando entre qué años había vivido ahí y qué opinión tenía del Sha depuesto.
Maldijo mamá haber hablado tanto de ese pasado no revisado. De esos recuerdos aventureros que flotaban a tres metros del suelo iraní.
Sintió una culpa enorme que le dio vuelta el estómago mientras Alí seguía relatando la extrañeza del caso.
Todo aquello que no la había afectado estando allá, finalmente pasaba factura, dieciocho años después.
“No hay mal que por bien no venga, Alí” lo consoló mamá sin atreverse a mencionar la conversación con las dos mujeres “seguro que hay otra embajada que lo necesita”.
Meses más tarde, Alí murió atropellado. 

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