No me acuerdo exactamente cuándo empecé a sentir, no son
claros los recuerdos. Tal vez siempre haya sentido algo; al principio
impresiones vagas y luego absolutamente todo lo que me rodeaba en forma de
mensaje químico.
En realidad, lo del principio fue hermoso. Tenía más
libertad y todo sucedía lentamente, a su tiempo. Durante un tiempo no muy largo
pude nadar en este líquido suave y tibio envolviendo y rozando mi piel,
atenuándolo todo a mí alrededor. Podía cambiar la posición de mi cuerpo las
veces que yo quería, y sentía la cabeza repleta y la cabeza vacía. Después el
espacio se fue cerrando, o yo me hice más grande, no lo sé, pero ya no pude
nadar como quisiera hacerlo ahora.
Sí estoy seguro de que cambié de forma. Al principio era
como un poroto con un largo brote. Después la cabeza me pesó tanto que me
enrosqué, y no hacía otra cosa que mirarme la panza todo el día. No tenía párpados,
pero la verdad es que acá no hay nada para ver. Tampoco orejas, que después me
aparecieron, al igual que los párpados. Escuchar, lo que se dice escuchar, como
escuché en otras vidas, no. Más bien diría que me llegan algunas frecuencias silenciadas
por este paraíso líquido. No es todo silencio, no. Hay otros sonidos que
componen mi mundo. Está el ta-tác,
ta-tác, ta-tác. A veces quiero que se calle, porque no para, todo
el tiempo: ta-tác, ta-tác, ta-tác. Va
más rápido, va más despacio, y no lo
quiero oír más. Pero tonto no soy, sé que mientras suene va a estar todo bien.
Así que me la aguanto y pienso en otra cosa.
A esta altura puedo decir que le tengo bastante tomado
el tiempo. Hay momentos de estar
acostados y otros de estar parados. A la mañana escucho una lluvia sobre
mi techo redondo y es bastante placentero. Incluso a veces canta.
Cuando me da
hambre, la escucho que come. Bueno, en realidad creo que come casi todo el
tiempo que está despierta. Entonces después me viene todo eso a mí y me dan
ganas de trotar por las paredes, y me pongo como loco, todo va en velocidad, es
euforia. Mi corazón, que siempre va más rápido que el ta-tác de ella, parece desbocarse. Me dan ganas de bailar sin
parar.
Lo que no está tan bueno es lo que sigue; cuando pasa
la excitación: el asunto de las tripas. Cada vez que come, al ratito empieza a
sonar la cañería. No, no es agradable. Me asusta, me estremezco. Algunas veces
son peores que otras y todo retumba, y ruge. Parece una cueva con animales
salvajes. Describir lo que sucede después…no, no vale la pena. Más de una vez
pensé que abandonaría mi plácida recámara tironeado por esa descarga.
Peor aún sería hablar de esas noches que me preparo
para descansar tranquilo, y en vez de acostarse y quedarse quieta, se le da por
saltar y gritar. Siento que hay otro que me topa y no me gusta nada. Me tira el
peso encima, entonces el líquido y yo nos vamos para un lado y para otro
esquivándole a la presión. Por suerte dura poco, y, para decir la verdad, hace
bastante que no vuelve a pasar.
Un día, no sé cómo, se me metió un dedo en la boca y
estuvo genial. No podía dejar de chuparlo: eran los labios, la lengua y el dedo
que ensayaban un trío inolvidable. Yo estaba aburrido y fue el gran momento del
día. Lástima que después lo perdí y ya no supe cómo volver a encontrarlo.
Otras veces juego a mover las manos, eso es más fácil.
También giro la cabeza y descubrí que estirar las piernas no es algo que le
guste mucho a la locadora. Dice “¡Ay!” y algunas otras cosas más.
Hay un juego algo riesgoso pero muy divertido. De vez
en cuando mientras muevo mis manos me encuentro con una especie de cordón que
va de mi panza a una pared. Si lo aprieto, me mareo. Entonces lo suelto y
siento que me viene el alma al cuerpo. Entonces lo vuelvo a apretar y la
levedad viene otra vez. El juego es así: aprieto-suelto, aprieto-suelto. Es
para jugar un rato nomás, porque sino después me siento pésimo.
Me dieron ganas de empezar a tragar un poco del
almíbar. Abrí la boca y me tomé un buen sorbo. Tengo que decir que me
desilusioné porque no era dulce como yo lo imaginaba, sino más bien salado. Tampoco es rico. Pero otra cosa no hay, así que lo tomo igual. Se ve
que después ese mismo líquido pasa por mis propias cañerías y lo hago pipí. La primera vez que lo hice la sensación fue linda, relajada. Sentí la panza vaciarse al mismo tiempo que el placer recorría mi interior. Me quedé quieto, disfrutando y percibiendo cada detalle. Desde entonces, lo practico todos los días, varias veces al día.
Ahora estoy incómodo.
Muy incómodo. Casi no me puedo mover, me siento muy apretado, no tengo
espacio, no puedo jugar. Mi cabeza está encajada y se llenó de sangre, así que
estoy todo el día medio tarado. Siento que algo tiene que cambiar y no me
gusta. Prefiero seguir aburriéndome.
Me despierto sobresaltado. Las paredes de mi morada se
ciernen sobre mí empujándome y estrujándome. Los ruidos de ta-tác no son los mismos: son rápidos, desesperados. Mi cabeza se
hunde en un hueco y me acurruco ahí. Todo
se volvió intenso. Tengo miedo. No sé qué es lo que va a pasar. Mi cabeza entra
en una morsa y se deforma. Intento una vez y otra vez. Se parece al juego del
cordón, pero cien veces peor. Todo indica que tengo que ir hacia ahí, que no sé
adónde es. Otra vez mi cabeza tratando de hacer lo imposible, de pasar por ese
lugar. Esta vez queda atorada ahí. Me desespero, no puedo girar la cabeza. Ha
quedado apretada. Creo que voy a perder la cabeza. No estaría mal: que se
vaya la cabeza y quedarme jugando acá. Pero el hueco viene por más: quiere mis
hombros. Primero de un lado después del otro. El hueco me succiona. El líquido
se va y todo parece colapsar. Creo que me voy a morir. Esto es horrible. Siento
frío en la cabeza. Allá afuera, donde tengo que ir está frío y es distinto, ya lo pude
sentir, estoy seguro. El almíbar no parece estar esperándome ahí, simplemente
se ha ido. Otra vez me estrujan y en esta sí creo que me muero. Mi cara va a
reventarse. Pasa primero un hombro, después el otro, mi cuerpo todo comprimido
y salgo expulsado en un tobogán de almíbar y otras cosas.
Lo único que puedo hacer es emitir un chillido
angustiante en busca de ayuda. Me escucho y más me desespero. El llanto golpea
este lugar y vuelve a mí. No sé si puedo decir que lo peor ya pasó.
Me ponen sobre un cuerpo. Es tibio y blando. Tiene un
olor. Es el primer olor que siento y me enamoro. Quiero abrir los ojos para ver
este olor y me encandilo. La luz me ciega, me duele, me repliega. La luz me
dice “este es otro mundo”. Alcanzo a ver
colores y formas. Es mucho para mi. Las figuras emiten sonidos. Siento frío y
me pesa el cuerpo, nunca antes me había pesado. Solo quiero esconder la cabeza
en esa piel con el olor que sentí, pero no puedo. Todo es tan intenso que algo
colapsa en mi cabeza. Algo se rompe, se desliga, se suelta. Esa luz blanca que
se quiere colar en mis ojos parece que quisiera llegar a mi cerebro y borrarlo
todo. Y yo la dejo. Me entrego por completo. La luz manda en este lugar.
La dejo entrar y borrar.
Hoy empecé a sentir.
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