domingo, 24 de marzo de 2013

La Luz



No me acuerdo exactamente cuándo empecé a sentir, no son claros los recuerdos. Tal vez siempre haya sentido algo; al principio impresiones vagas y luego absolutamente todo lo que me rodeaba en forma de mensaje químico.
En realidad, lo del principio fue hermoso. Tenía más libertad y todo sucedía lentamente, a su tiempo. Durante un tiempo no muy largo pude nadar en este líquido suave y tibio envolviendo y rozando mi piel, atenuándolo todo a mí alrededor. Podía cambiar la posición de mi cuerpo las veces que yo quería, y sentía la cabeza repleta y la cabeza vacía. Después el espacio se fue cerrando, o yo me hice más grande, no lo sé, pero ya no pude nadar como quisiera hacerlo ahora.
Sí estoy seguro de que cambié de forma. Al principio era como un poroto con un largo brote. Después la cabeza me pesó tanto que me enrosqué, y no hacía otra cosa que mirarme la panza todo el día. No tenía párpados, pero la verdad es que acá no hay nada para ver. Tampoco orejas, que después me aparecieron, al igual que los párpados. Escuchar, lo que se dice escuchar, como escuché en otras vidas, no. Más bien diría que me llegan algunas frecuencias silenciadas por este paraíso líquido. No es todo silencio, no. Hay otros sonidos que componen mi mundo. Está el ta-tác, ta-tác, ta-tác. A veces quiero que se calle, porque no para, todo el tiempo: ta-tác, ta-tác, ta-tác. Va más rápido, va más despacio, y  no lo quiero oír más. Pero tonto no soy, sé que mientras suene va a estar todo bien. Así que me la aguanto y pienso en otra cosa.
A esta altura puedo decir que le tengo bastante tomado el tiempo. Hay momentos de estar  acostados y otros de estar parados. A la mañana escucho una lluvia sobre mi techo redondo y es bastante placentero. Incluso a veces canta.
 Cuando me da hambre, la escucho que come. Bueno, en realidad creo que come casi todo el tiempo que está despierta. Entonces después me viene todo eso a mí y me dan ganas de trotar por las paredes, y me pongo como loco, todo va en velocidad, es euforia. Mi corazón, que siempre va más rápido que el ta-tác de ella, parece desbocarse. Me dan ganas de bailar sin parar.
Lo que no está tan bueno es lo que sigue; cuando pasa la excitación: el asunto de las tripas. Cada vez que come, al ratito empieza a sonar la cañería. No, no es agradable. Me asusta, me estremezco. Algunas veces son peores que otras y todo retumba, y ruge. Parece una cueva con animales salvajes. Describir lo que sucede después…no, no vale la pena. Más de una vez pensé que abandonaría mi plácida recámara tironeado por esa descarga.
Peor aún sería hablar de esas noches que me preparo para descansar tranquilo, y en vez de acostarse y quedarse quieta, se le da por saltar y gritar. Siento que hay otro que me topa y no me gusta nada. Me tira el peso encima, entonces el líquido y yo nos vamos para un lado y para otro esquivándole a la presión. Por suerte dura poco, y, para decir la verdad, hace bastante que no vuelve a pasar.
Un día, no sé cómo, se me metió un dedo en la boca y estuvo genial. No podía dejar de chuparlo: eran los labios, la lengua y el dedo que ensayaban un trío inolvidable. Yo estaba aburrido y fue el gran momento del día. Lástima que después lo perdí y ya no supe cómo volver a encontrarlo.
Otras veces juego a mover las manos, eso es más fácil. También giro la cabeza y descubrí que estirar las piernas no es algo que le guste mucho a la locadora. Dice “¡Ay!” y algunas otras cosas más.
Hay un juego algo riesgoso pero muy divertido. De vez en cuando mientras muevo mis manos me encuentro con una especie de cordón que va de mi panza a una pared. Si lo aprieto, me mareo. Entonces lo suelto y siento que me viene el alma al cuerpo. Entonces lo vuelvo a apretar y la levedad viene otra vez. El juego es así: aprieto-suelto, aprieto-suelto. Es para jugar un rato nomás, porque sino después me siento pésimo.
Me dieron ganas de empezar a tragar un poco del almíbar. Abrí la boca y me tomé un buen sorbo. Tengo que decir que me desilusioné porque no era dulce como yo lo imaginaba, sino más bien salado. Tampoco es rico. Pero otra cosa no hay, así que lo tomo igual. Se ve que después ese mismo líquido pasa por mis propias cañerías y lo hago pipí. La primera vez que lo hice la sensación fue linda, relajada. Sentí la panza vaciarse al mismo tiempo que el placer recorría mi interior. Me quedé quieto, disfrutando y percibiendo cada detalle. Desde entonces, lo practico todos los días, varias veces al día.
Ahora estoy incómodo.  Muy incómodo. Casi no me puedo mover, me siento muy apretado, no tengo espacio, no puedo jugar. Mi cabeza está encajada y se llenó de sangre, así que estoy todo el día medio tarado. Siento que algo tiene que cambiar y no me gusta. Prefiero seguir aburriéndome.


Me despierto sobresaltado. Las paredes de mi morada se ciernen sobre mí empujándome y estrujándome. Los ruidos de ta-tác no son los mismos: son rápidos, desesperados. Mi cabeza se hunde en un hueco y me acurruco ahí.  Todo se volvió intenso. Tengo miedo. No sé qué es lo que va a pasar. Mi cabeza entra en una morsa y se deforma. Intento una vez y otra vez. Se parece al juego del cordón, pero cien veces peor. Todo indica que tengo que ir hacia ahí, que no sé adónde es. Otra vez mi cabeza tratando de hacer lo imposible, de pasar por ese lugar. Esta vez queda atorada ahí. Me desespero, no puedo girar la cabeza. Ha quedado apretada. Creo que voy a perder la cabeza. No estaría mal: que se vaya la cabeza y quedarme jugando acá. Pero el hueco viene por más: quiere mis hombros. Primero de un lado después del otro. El hueco me succiona. El líquido se va y todo parece colapsar. Creo que me voy a morir. Esto es horrible. Siento frío en la cabeza. Allá afuera, donde tengo que ir está frío y es distinto, ya lo pude sentir, estoy seguro. El almíbar no parece estar esperándome ahí, simplemente se ha ido. Otra vez me estrujan y en esta sí creo que me muero. Mi cara va a reventarse. Pasa primero un hombro, después el otro, mi cuerpo todo comprimido y salgo expulsado en un tobogán de almíbar y otras cosas.
Lo único que puedo hacer es emitir un chillido angustiante en busca de ayuda. Me escucho y más me desespero. El llanto golpea este lugar y vuelve a mí. No sé si puedo decir que lo peor ya pasó.
Me ponen sobre un cuerpo. Es tibio y blando. Tiene un olor. Es el primer olor que siento y me enamoro. Quiero abrir los ojos para ver este olor y me encandilo. La luz me ciega, me duele, me repliega. La luz me dice “este es otro mundo”.  Alcanzo a ver colores y formas. Es mucho para mi. Las figuras emiten sonidos. Siento frío y me pesa el cuerpo, nunca antes me había pesado. Solo quiero esconder la cabeza en esa piel con el olor que sentí, pero no puedo. Todo es tan intenso que algo colapsa en mi cabeza. Algo se rompe, se desliga, se suelta. Esa luz blanca que se quiere colar en mis ojos parece que quisiera llegar a mi cerebro y borrarlo todo. Y yo la dejo. Me entrego por completo. La luz manda en este lugar.  
La dejo entrar y borrar.
Hoy empecé a sentir.

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