A Jorge
su mujer lo martirizaba día y noche. No podía probar un pedacito de salame sin
que Susana empezara con su tanguito “Jorge, por favor, mirá la panza que tenés
¿no podés comer aceitunas en vez de darle sin piedad al fuet?”. Si se tiraba un
rato a ver tele, aparecía la voz desde la cocina entonando “Jorge, vos tendrías
que salir a caminar, te acordás lo que te dijo el doctor ¿no?”. Y si se prendía
un pucho, Susana resoplaba. A Jorge las letanías le entraban por un oído y le
salían por el otro. Ni se le ocurría confrontar sabiendo que jamás iba a tener
razón. De vez en cuando, si estaba un poco cruzado, le contestaba a Susana “¿Me
podés dejar comer tranquilo?”, a lo que invariablemente Susana respondía “vas a
reventar, un día vas a reventar”. Así era la vida de Jorge y Susana.
Y sucedió
que reventó. Un lunes a la mañana se terminaba de duchar cuando empezó a sentir
un elefante que cómodamente apoyaba el trasero en el pecho de Jorge. Lo supo de
inmediato y, claro, la fue a buscar a Susana. Ella lo miró y entendió todo.
Quiso retarlo una vez más, y por unos segundos puede ser que lo haya odiado.
Pero como Susana era eminentemente práctica, llamó a la ambulancia y se lanzó a
la vorágine sin mediar demasiadas reflexiones.
El ulular
de la sirena y la ambulancia a fondo. Un médico con ambo verde agua que le
convida unas pastillitas y unas bocanadas de oxígeno. Todo el contenido de la
unidad móvil se mece hacia el un lado y el otro. También está el tránsito, las
bocinas y el médico que llama por radio a una clínica. Jorge mira a Susana a
los ojos y se siente como un pez recién pescado, que boquea en ese ambiente
seco que no es el suyo. El dolor es inconmensurable. Se pregunta una y otra vez
si este es el fin. El elefante patalea en su pecho como si él lo pudiera
resistir. El brazo izquierdo y la mandíbula se hacen eco y repiten el dolor.
Susana le tiene la mano y lo mira absorta. El médico trata de colocarle una vía
endovenosa al compás del vaivén de la ambulancia. Pincha
una carajo, pincha dos mierda, y pincha tres la puta. Finalmente
lo consigue y festeja su insignificante victoria. La llegada a la clínica no es
menos violenta. La camilla choca en todos lados. Choca la pared, choca la
puerta del ascensor, choca la gente, choca una puerta que se abre. Susana queda
atrás y cierto revuelo también. Ahora es él y todos ésos vestidos de verde
claro que están tan ocupados enchufándolo a todo tipo de aparato que no lo
quieren mirar a los ojos. Y por suerte el dolor se va. Lo invade una sensación
de liviana plenitud y recobra la percepción de los sentidos. Está agotado,
cierra los ojos y descansa.
Pasó casi
una hora antes de que Jorge se despertara. Una enfermera escribía algo en lo
que probablemente fuera su historia clínica.
“Mirá, yo
me quiero ir, pero me quiero ir ya”
La
enfermera ni lo miró y siguió escribiendo. Jorge pensó en la cantidad de veces
que la enfermera habría escuchado a los pacientes decir eso.
“Yo soy
abogado, y en plena facultad de mis capacidades te digo que me quiero ir. Ya
está, ya estoy bien, ya pasó, fue un susto ¿dónde hay que firmar?”
La
enfermera, impávida, le dedicó una mirada vacía y dejó el papel al lado de él.
Sin decir palabra se retiró de la habitación. Jorge tomó el papel, ensayó
mentalmente algunas oraciones rimbombantes para impresionar a quien leyera con
la vehemencia de su decisión. Luego las escribió como si estuviera redactando
el discurso de Martin Luther King, firmó apretando bien la birome contra el
papel y se dispuso a vestirse.
Al salir
al hall donde aguardaban los familiares vio a Susana llorando junto a Rodrigo,
el mayor de sus hijos, Paola, la del medio, y Mariela, la menor. No supo bien qué
decir. La situación era algo extraña. No sabía si iba a recibir un escarmiento
o palabras llenas de gratitud. Jorge entendió que el ambiente estaba tenso y
que en cierta medida algo de responsabilidad tenía. Como buen abogado, leyó la
situación y se llamó al silencio recordando esa frasecita de los detenidos.
Jorge se
subió al auto con Susana y sin ofrecer resistencia se sentó del lado del
acompañante, algo que no hacía nunca. Ni bien arrancaron Jorge notó una vez más
cómo lloraba Susana y se vió obligado a decir algo.
“Bueno
Susana, ya está, fue un susto. Estoy acá”
Susana
seguía llorando y mientras manejaba trataba de sacar unos pañuelos de la
guantera.
“Está
bien. Voy a hacer caso: mañana me anoto en el gimnasio y empiezo la dieta”
Susana
lloraba ruidosamente. Desconsolada. Se sonaba la nariz y se secaba las lágrimas
con los puños del sweater.
“Susana,
yo no te digo que mañana voy a ser Indra Devi, pero creeme que de a poco voy a
cambiar, el futuro viene de a un día por vez”
Jorge
siguió argumentando, con las manos sobre su falda y mirando al frente, pero
nada parecía suficiente.
Al llegar
a la casa, Jorge se fue a descansar a su cuarto. En realidad se quería ir a
trabajar, pero le pareció una buena jugada que lo vieran asumiéndose enfermo y
guardando cama por ello. Se recostó y enseguida buscó el celular en su
bolsillo. Lo primero era avisarle a su secretaria, Miriam, que suspendiera las
reuniones. Luego recordó que a las seis tenía que verse con el cliente de la
petrolera y le pareció demasiado cancelar esa reunión también. Mientras pensaba
su plan de contingencia y eventual escape de su casa, trataba sin éxito de
llamar a Miriam. “Bueno, será que estoy incomunicado”. Cayó en la cuenta que
era la segunda vez que se comparaba a un detenido, y tal vez lo fuera.
A la
tarde emergió de su habitación un poco soñoliento todavía. El silencio de la
casa habitaba cada rincón de ella. Todos se habían ido y lo habían dejado solo
y convaleciente. Seguramente estaban más enojados de lo que él suponía. “Ya se
les va a pasar”. Se preparó un Aperol y se sentó a leer el diario en la
galería.
Eran casi
las diez de la noche y aún no llegaban. El escarmiento era decididamente
excesivo. Él no se merecía semejante reacción. ¿Quién se creían éstos? Qué
increíble que hubiera llegado a la edad en que los hijos retan a los padres.
Mientras dialogaba con sí mismo dándose la razón en todo, se preparó una sopa
de municiones que tomó rápidamente. El día tenía que terminar de una buena vez,
por lo que se fue a la cama.
Al día
siguiente, escuchó que todos andaban preparando algo desde temprano. El clima
emocional seguía siendo malo, tirando a muy malo. Tanto, que no le dieron ganas
de salir de la cama hasta las once de la mañana. Cuando
apareció en la cocina vió que sus hijos se estaban yendo y que Susana estaba
por poner la alarma de la casa.
“¿Pero se
volvieron locos ustedes? ¿Me piensan expulsar de la familia?”
Susana
dio un largo suspiro mirando todo alrededor. Seguramente quería decir algo,
pero la embargaba la
amargura. Luego, con la voz quebrada pronunció “Jorge,
Jorge…acompañanos”.
Obediente,
se metió en el auto, otra vez en el asiento del acompañante. Esta vez no
intentó decir nada ya que estaba un poco molesto con todo este juego de
sumisión que le proponía su familia.
Al llegar
a la marina de San Isidro donde guardaban la lancha se asombró de que hubieran
organizado ese programa con toda la familia entre semana. Allí los esperaban un
grupo de familiares y amigos reducido pero muy íntimo.
“¿será
idea de Paola todo esto? Pensó Jorge. Paola era la que siempre se encargaba de
armar fiestas sorpresas, homenajes, videos familiares, etc. Era muy creativa y probablemente
le fuera encargado organizar una actividad por lo que había pasado el día
anterior.
Como
nadie hablaba, decidió tomar la misma actitud. El ruido ondulante del motor
fuera de borda los puso en un estado de semiconciencia. El viento fresco les secaba
la cara. Cruzaron
el San Antonio y se internaron por los canales, que se iban haciendo cada vez
más anónimos. Cada uno iba en lo suyo.
Cuando
empezó a divisar el muelle de su casa le llamó la atención que los estuviera
esperando el párroco, Augusto.
“No me
digas que todo esto para hacer una misa en acción de gracias” murmuró Jorge,
que a esta altura de las circunstancias tenía muchas ganas de dejar de obedecer
y mandarlos a todos a otra parte.
Al bajar
de la lancha, Susana lo abrazó a Augusto, y detrás de ella los hijos, todos
llorando. Jorge no supo qué pensar. Entre sollozos, Susana alcanzó a decir “Él
fue tan feliz acá”.
Jorge una
vez más miró la escena y súbitamente todo tuvo sentido. Asistir al propio
funeral en principio debería ser algo muy fuerte para quien lo experimenta.
Pero gracias a la causalidad, carecer de carnadura hace que las emociones y
sensaciones no puedan ser sentidas porque básicamente no hay con qué sentirlas.
Es decir, se estaba enterando de su propia muerte como si estuviera leyendo en
el diario que había muerto un hombre en un naufragio en Timor.
Jorge
estaba petrificado, tratando de repasar las últimas horas, comprendiendo su
situación y encima completamente desafectado a la misma. Esto era
realmente novedoso. Notó que tampoco había tenido sensaciones en todas aquéllas
horas transcurridas. Muerto, muerto, lo que se dice muerto. Pero dónde estaba
su cuerpo, el que iban a enterrar ¿en el jardín de su casa? La respuesta fue
tan rápida como la construcción lógica: un frasco de vidrio contenía cenizas y
esos pequeños restos óseos que resisten el horno de cremación.
Jorge
miró la cara de cada uno de los presentes. “Al menos parece que me querían”
reflexionó. El Padre Augusto dijo una palabras muy lindas como para que lo
recordaran por sus cosas buenas. Luego habló de los cielos y el descanso
eterno, lo que desencadenó en Jorge una segunda ola de construcciones lógicas
“¿no debería estar en el cielo ya? ¿Será que no califico? Aunque sea charlando
con San Pedro... ¿tan mal hice las cosas? ¿Estaré peleando la promoción?”
El grupo
rodeó al padre Augusto, quien se dispuso a arrojar las cenizas al río. Por
desgracia no tuvo la precaución de calcular el anémico viento en contra que
circulaba. Apenas lanzó las cenizas, la parte más volátil de ellas volvió a los
familiares, pegándose en la ropa, cabellos, ojos, narices y labios. Algo
bastante poco elegante y por sobre todo muy impresionante para los más
sensibles. Algunos se las sacudieron, en tanto que otros resistieron con
estoicismo. Para fulminar el clima del ritual, todos notaron que ciertos
fragmentos óseos flotaban y chocaban insistentemente contra los palotes del
muelle, entrando y saliendo de pequeños remolinos.
Jorge
prestaba atención a todos los detalles de su funeral. No podía conmoverse ni
siquiera viendo a sus hijos atragantados de llanto y dolor.
Al
terminar el servicio, todos fueron a la casa montada sobre palafitos a tomar
café y compartir recuerdos. Jorge se sentó en su sillón de lectura, en el que
nadie se había atrevido a sentarse, y desde allí compartió la tarde con los
presentes.
Antes del
anochecer, el grupo completo partió de regreso a San Isidro. Jorge decidió
quedarse y se dedicó a pensar en su incierto destino. No lo apenaba, ya que eso
estaba lejos de lo que él podía experimentar ahora, pero de algún modo tenía la
necesidad de saber qué sucedería luego. Repasó todo lo que había escuchado
sobre la vida después de la muerte y advirtió que nadie había muerto para
contarlo.
Habrán
sido como las diez de la noche cuando, sentado en la mecedora de la galería,
vio una silueta negra que se aproximaba. Sin carnadura, ni vida, ni
pertenencias, el peligro le pareció algo olvidado en su anterior existencia.
Solo tuvo curiosidad.
Cuando la
sombra entró en el difuso perímetro de luz, ésta se reveló como un hombre bajo,
de unos 45 años, moreno, de pelo corto, vestido con jeans, camisa celeste y
mocasines gastados negros.
“Buenas
noches” dijo el señor de mocasines.
“Buenas”
respondió Jorge.
Quedaron
mirándose por unos segundos, hasta que el hombre dijo: “Jorge, como tal vez
haya notado, usted murió en el día de ayer. ¿Correcto?”
“Así
parece”
“Bien. He
venido a acompañarlo a su destino final”
“No tengo
el gusto caballero ¿usted quién es?”
“¿Quién
le parece que puedo ser?”
Jorge lo
escudriñó de abajo a arriba y finalmente mirándolo en sus profundos ojos negros
dijo: “No tengo idea”
“Bien. A
algunos les cuesta más, y éste parece ser su caso. ¿Ha oído hablar de la
Parca?”
“Naturalmente”
“Encantado,
mayor gusto” le dijo el señor estirando su mano derecha, algo áspera por
cierto.
Jorge
estaba desconcertado. Ese hombre de lo más corriente, ni remotamente parecido a
las representaciones artísticas de su rol, se le presentaba llanamente frente a
él.
“¿Pasa
algo?” indagó el señor
“No,
bueno, qué se yo, me imaginaba otra cosa…me refiero a…no sé, algo más formal,
más cuidado desde lo ceremonial”
“Mirá que
yo laburo todos los días de esto. ¿Qué querés? ¿Que venga empilchado y te haga
el show? No termino más, hermano” dijo el señor abandonando tal vez el único
signo de formalidad que le brindaba no tutear a su cliente.
Jorge lo
miró nuevamente. Su abrumadora cotidianeidad lo dejaba perplejo. La muerte en
persona era un hombre con el que uno se podía cruzar todos los días en una
estación de tren. De hecho, se preguntaba si no lo había visto antes.
“¿Y para
quién laburás vos?”
“¡Otro
más que se cree que está en una película de mafiosos!” exclamó el señor
juntando las manos a la altura del pecho con notable fastidio. “¿Vas a venir o
no? Yo no puedo estar acá de psicológo, mi trabajo es operativo ¿entendés?
O-PE-RA-TI-VO. Llevo y traigo, llevo y traigo, llevo y traigo”
“¿Cuáles
son mis opciones?”
“Venís
conmigo, que es lo que corresponde”.
Jorge
miró en lo profundo de los ojos negros del señor indagando por una alternativa.
“Bueno,
si querés, lo que hago con los tipos como vos, los dejo un par de días y los
paso a buscar después. Te fijás qué tal es la cosa de quedarte en el mundo de
los vivos estando muerto y vemos ¿qué te parece?”.
La opción
no era mala y Jorge aceptó.
Desde
luego que no le habían extendido un Manual del Muerto entre los Vivos que le
indicara qué cosas podía hacer y qué no. Por lo tanto, todo era prueba y error.
Rápidamente corroboró que podía comer y tomar, pero también podía no hacerlo y
no cambiaba nada. El celular y la computadora parecían no registrarlo y eso fue
un golpe durísimo. La ropa no se le ensuciaba y su cuerpo no se mojaba.
Evidentemente la inmaterialidad tenía sus aspectos positivos y negativos.
Dedicó la
mayor parte del tiempo a pensar en su vida. Retrospectivamente casi todo tenía
sentido. Una pena que hubiera que vivirla prospectivamente, andando muchas
veces a ciegas, tanteando. Le pesaba mucho todo aquello que no había hecho.
Infinitamente más que aquello que sí había hecho y equivocadamente.
Recordó
las pequeñas cosas, las que humanizaban su vida. Poner la pava en el fuego
esperando a que todos se levantaran, leer el diario en la cama, tomar un licor
escuchando jazz antes de irse a dormir, las sábanas limpias al acostarse…
Se le
ocurrieron algunas frases irónicas sobre la muerte y lamentablemente no las
pudo escribir. Hubiera sido la primera vez que alguien escribía sobre la muerte
con verdadero conocimiento de causa.
Por
último meditó sobre si hubiera podido evitar morirse. Probablemente sí, por un
tiempo, lo hubiera podido demorar. Tal vez vivir algunos años más le hubiera
permitido ver ciertas cosas y ahí es cuando cobraba sentido demorar la
muerte…que sin dudas siempre llegaría. “The greatest thing in life is to die young- but delay it as long as
possible” en las palabras de
Bernard Shaw.
Jorge pensaba y
pensaba. Era lo único que podía hacer. Ordenaba los pensamientos, los
desordenaba y los volvía ordenar en una categoría o clasificación distinta. Se
pensaba a si mismo, a los otros y desde los otros. Nada de lo que pensara podía
salirse de la esfera racional. No había colores en su pensar.
Al final del segundo
día, Jorge estaba agotado. Agotado de la soledad. Pero por
sobre todo agotado de solo poder pensar y no sentir nada. Nada lo conmovía, ni
lo entristecía, ni lo alegraba. La neutralidad era tan densa que lo estaba
corroyendo de a poco. Ni siquiera sentía paz. Esta anulación emocional que por
default lo hacía racionalizar sin parar era un camino directo, sin escalas, a la
locura.
Estaba encerrado en el
pequeño mundo que conformaban las producciones de su cerebro.
Comenzó a inquietarse
al tercer día y aún sin noticias del señor de mocasines. Había prometido volver
y necesitaba enfrentarse nuevamente a él para medirse. Vivir los cambios de
paradigma había sido lo peor para Jorge en vida, y eso no había cambiado ahora.
Se muere como se vive. Solo necesitaba darse por muerto para no caer en la
desidia infinita. Sin embargo, dar el paso seguía sin parecerle razonable. Tal
vez necesitara que lo expulsaran de la vida, por las malas.
A la cuarta noche,
nuevamente vio la silueta que se acercaba. No podría describirse como alivio,
pero al menos cierta tensión intelectual sí cedió en Jorge. Las transiciones
pueden ser más o menos difíciles, pero plantearse quedar eternizado en ellas
seguramente sea la menos razonable de todas las opciones.
“Entonces maestro ¿qué
hacemos? ¿Viene o se queda?” el señor respiró hondo y metió sus manos en los
bolsillos “Ya habrá notado que no hay mucha opción ¿verdad? Es como en la
vida…” y una risita cínica salió entre los dientes dorados de alquitrán.
Jorge miró alrededor,
como si pudiera dejar olvidado algo, y metiéndose las manos en los bolsillos
del pantalón se echó a andar junto al señor de mocasines. Caminaron algunos
minutos a través de los pastizales con la mirada enredada en los yuyos. No hubo
tiempo de preguntar nada. Cuando se quiso acordar nadaba en un almíbar tibio y
su cuerpo era pequeño.