martes, 18 de septiembre de 2012

Efecto Adverso



Dagmar volvía a la morfina como el día a la noche. Se prometía no volver. Se contaba a sí misma su historia, cómo la había conocido, en qué circunstancias tan desesperadas. Dialogaba sola. La mayor parte del tiempo sola. Los días transcurrían con inquietante parsimonia, llenos de vacíos que llenar.
Su tesoro no era secreto. Lo sabían los lacayos, las mucamas, los jardineros y el balsero. Como también, claro, lo sabía él. Y era precisamente por esa razón que ella quería abandonar ese elixir.
Lo esperaba toda la semana enloqueciendo de a poco en los jardines. En los momentos de lucidez, la vida de las pequeñas cosas se había vuelto su propia vida. Las gotas de agua atravesadas por la luz del sol sobre las hojas de la enredadera, los lirios arremolinados en una marea amarilla, las totoras estoicas, los camoatíes reparando su panal. Sus pequeños pies desnudos recorrían el suelo de la isla, fundiéndose de a poco con la tierra y el pasto. El calor de la siesta la sofocaba tanto como su soledad. Parecía que todos penaban esa hora: las cigarras, que chillaban más; las garzas, inmóviles con las patas sumergidas en los humedales; los empleados, guarecidos a la sombra.
Por la tarde, iba una y otra vez al muelle esperando ver aparecer esa balsa que todo lo traía. Se ilusionaba con recibir una carta, una nota al menos, para después amargamente volver sobre sus pasos con las manos vacías. Que los intendentes se habían amotinado, que la fiebre asolaba la población, que los maestros exigían recursos, que el canciller de Siam llegaba de visita protocolar… nunca había tiempo para cartas.
Cada noche pesaba sobre los hombros de Dagmar. No lograba cansar su cuerpo lo suficiente durante el día como para emprender la noche. El desvelo siempre estaba ahí hasta que recurría a ella, que le regalaba un viaje maravilloso en el que ya nada importaba, ya nada dolía, ya nada sentía.
Llevaba tres días de agitación y sufrimiento, con las pupilas como dos botones, resistiendo. Le regalaba cada minuto de su calvario a Belisario. Trataba de olvidar el lugar exacto donde la había guardado. Aprendía poemas de memoria para ahuyentarla.  Nada de eso fue suficiente. Aquella noche decidió reincidir. En minutos estaba volando en ese sopor agradable y luego la nada misma.
Como a las tres o cuatro de la mañana notó que alguien más estaba en su cama. Todavía confusa, se incorporó y adivinó su cara manchada de luna. ¿Amarlo u odiarlo? No se decidía. Dormía con la serenidad de un niño agotado, todavía con el jaquet puesto a medio desprender. Era espléndido. Quiso besarlo y se detuvo al recordar con resentimiento la vida que llevaba.
Un día se apilaba sobre otro, hasta que él la visitaba. Todas las cosas que le diría, los reproches, las escenas ensayadas, las amenazas quedaban desparramadas en el muelle ante la sonrisa franca, el perfume y la camisa blanca arremangada que se iba desalmidonando lentamente. Tal vez aquél día lo que pasó fue eso: faltó el antídoto. En lugar de quedar en el muelle, las miserias se arremolinaron entre las sábanas.
Recorrió la aspereza de su cuello con las yemas de sus dedos, como una araña. Se preguntó si tendría la fuerza suficiente para ahorcarlo. Lo olfateó como una perra a su cachorro, comprobando que su día había sido largo. Todas las personas, cigarros, whiskeys y tierra de la jornada conformaban ese desaliñado bouquet. Una vez más lo odió.
Revisó los bolsillos y encontró un dibujo de su hija menor, por lo que casi vomita. El mundo que ella había concebido no estaba preparado para estas cosas. El muelle era la frontera donde esas cosas debían quedar atrás. El verano en el que se habían escapado a la isla, la promesa era dejarlo todo atrás, ahogándose en la estela del barco. Sin embargo, con su enorme persuasión la había convencido de que ciertas cuestiones de orden práctico debían persistir, como regresar al trabajo y a su familia.
Dagmar se despertaba cada día a un presente al cual había llegado sin querer. No le molestaba tanto ser “la-amante”. Su gran error había sido no haberse casado con algún otro señor antes de ser “la-amante”. Las mujeres casadas recibían la visita de otros señores que en nada se preocupaban de mantenerlas en cautiverio. Ellas conocían las reglas de juego, y si las descubrían, el escándalo era menor y ocultado convenientemente. En cambio ella estaba a merced de las migajas de amor que a él le sobraban. Belisario lo sabía y se encargaba de que los suministros hipnóticos llegaran periódicamente para conservar su flamenco con el ala herida.
El murmullo del río deslizándose por las costas trataba de arrullarla. No estaba ni despierta ni dormida. Seguía ahí mirándolo con el seño fruncido. Notó su Smith & Wesson sobre la mesa contigua. Era un modelo realmente bello. La tomó para observar sus detalles. Todas las armas habían sido hechas para matar, pensó. Pero tal como ella, estaba sola ahí esperando. Estaba cargada y con el seguro puesto. Decidió destrabarla para que retozara un poco. Apuntó al reflejo de Belisario en el espejo y por un momento consideró la idea de matarlo de carambola. De frente, no se animaría.
Al lado del revólver, un facón de plata con su vaina labrada.
A eso de las cinco de la mañana el Delta de a poco se convertía en un hervidero de fauna y flora. Las ranas croaban con desasosiego, el benteveo emitía chirridos agudos, las damas de noche lo embriagaban todo con su perfume y los murciélagos hacían sus últimos vuelos frenéticos. Dagmar pasaba del sopor a la disforia. Comenzó a agitarse y a temblar. Lo que antes eran pensamientos confusos ahora parecían una epifanía. Abrió todas las ventanas del cuarto en busca del aire que no llegaba a satisfacer sus pulmones. Caminaba, sudaba, pensaba. Las palpitaciones hacían rebotar el camafeo con la foto de su padre sobre el pecho. El día volvería a ella con todas sus pretensiones y tenía que tomar una decisión. Estaba claro que tenía que ser en ese momento. No podía evadirse una vez más. La vida eran esas intermitencias entre el dolor y se convenció de que algo debía cambiar. Se aseguró de que lo odiaba visceralmente mirándolo de reojo. Su adicción yacía sobre la cama con los brazos abiertos. Seguramente nada de su conversación le interesara. Como tampoco la torpeza con la que tocaba el piano. Dagmar solo podía ofrecerle juventud, que se escurría como arena entre los dedos. Las lágrimas rodaban cuello abajo. La ira la penetró y finalmente comprendió que había una sola manera de salirse de la vida fallida que se había conseguido.
Aturdida clavó el remo en el agua, una vez, otra vez y otra vez. Lo clavó maquinalmente. Remo adentro, remo afuera. Se meció hacia delante y hacia atrás mejorando la acción. Contrajo sus abdominales para ganar más fuerza en sus diminutas muñecas y empuñar mejor. Boqueó por más aire. El camisón de muselina rosa se humedeció. Una gota bajó por el remo. Y cuando ya salía del canal para remar libremente hacia el Río de la Plata se detuvo a ver el sol naciente y los sauces con su lejana letanía. Metió los remos en el chinchorro de madera y descubrió el horror: sus manos blancas, perfectas, frágiles llenas de sangre que empezaba a coagularse.

Un Señor de Mocasines



A Jorge su mujer lo martirizaba día y noche. No podía probar un pedacito de salame sin que Susana empezara con su tanguito “Jorge, por favor, mirá la panza que tenés ¿no podés comer aceitunas en vez de darle sin piedad al fuet?”. Si se tiraba un rato a ver tele, aparecía la voz desde la cocina entonando “Jorge, vos tendrías que salir a caminar, te acordás lo que te dijo el doctor ¿no?”. Y si se prendía un pucho, Susana resoplaba. A Jorge las letanías le entraban por un oído y le salían por el otro. Ni se le ocurría confrontar sabiendo que jamás iba a tener razón. De vez en cuando, si estaba un poco cruzado, le contestaba a Susana “¿Me podés dejar comer tranquilo?”, a lo que invariablemente Susana respondía “vas a reventar, un día vas a reventar”. Así era la vida de Jorge y Susana.
Y sucedió que reventó. Un lunes a la mañana se terminaba de duchar cuando empezó a sentir un elefante que cómodamente apoyaba el trasero en el pecho de Jorge. Lo supo de inmediato y, claro, la fue a buscar a Susana. Ella lo miró y entendió todo. Quiso retarlo una vez más, y por unos segundos puede ser que lo haya odiado. Pero como Susana era eminentemente práctica, llamó a la ambulancia y se lanzó a la vorágine sin mediar demasiadas reflexiones.
El ulular de la sirena y la ambulancia a fondo. Un médico con ambo verde agua que le convida unas pastillitas y unas bocanadas de oxígeno. Todo el contenido de la unidad móvil se mece hacia el un lado y el otro. También está el tránsito, las bocinas y el médico que llama por radio a una clínica. Jorge mira a Susana a los ojos y se siente como un pez recién pescado, que boquea en ese ambiente seco que no es el suyo. El dolor es inconmensurable. Se pregunta una y otra vez si este es el fin. El elefante patalea en su pecho como si él lo pudiera resistir. El brazo izquierdo y la mandíbula se hacen eco y repiten el dolor. Susana le tiene la mano y lo mira absorta. El médico trata de colocarle una vía endovenosa al compás del vaivén de la ambulancia. Pincha una carajo, pincha dos mierda, y pincha tres la puta. Finalmente lo consigue y festeja su insignificante victoria. La llegada a la clínica no es menos violenta. La camilla choca en todos lados. Choca la pared, choca la puerta del ascensor, choca la gente, choca una puerta que se abre. Susana queda atrás y cierto revuelo también. Ahora es él y todos ésos vestidos de verde claro que están tan ocupados enchufándolo a todo tipo de aparato que no lo quieren mirar a los ojos. Y por suerte el dolor se va. Lo invade una sensación de liviana plenitud y recobra la percepción de los sentidos. Está agotado, cierra los ojos y descansa.
Pasó casi una hora antes de que Jorge se despertara. Una enfermera escribía algo en lo que probablemente fuera su historia clínica.
“Mirá, yo me quiero ir, pero me quiero ir ya”
La enfermera ni lo miró y siguió escribiendo. Jorge pensó en la cantidad de veces que la enfermera habría escuchado a los pacientes decir eso.
“Yo soy abogado, y en plena facultad de mis capacidades te digo que me quiero ir. Ya está, ya estoy bien, ya pasó, fue un susto ¿dónde hay que firmar?”
La enfermera, impávida, le dedicó una mirada vacía y dejó el papel al lado de él. Sin decir palabra se retiró de la habitación. Jorge tomó el papel, ensayó mentalmente algunas oraciones rimbombantes para impresionar a quien leyera con la vehemencia de su decisión. Luego las escribió como si estuviera redactando el discurso de Martin Luther King, firmó apretando bien la birome contra el papel y se dispuso a vestirse.
Al salir al hall donde aguardaban los familiares vio a Susana llorando junto a Rodrigo, el mayor de sus hijos, Paola, la del medio, y Mariela, la menor. No supo bien qué decir. La situación era algo extraña. No sabía si iba a recibir un escarmiento o palabras llenas de gratitud. Jorge entendió que el ambiente estaba tenso y que en cierta medida algo de responsabilidad tenía. Como buen abogado, leyó la situación y se llamó al silencio recordando esa frasecita de los detenidos.
Jorge se subió al auto con Susana y sin ofrecer resistencia se sentó del lado del acompañante, algo que no hacía nunca. Ni bien arrancaron Jorge notó una vez más cómo lloraba Susana y se vió obligado a decir algo.
“Bueno Susana, ya está, fue un susto. Estoy acá”
Susana seguía llorando y mientras manejaba trataba de sacar unos pañuelos de la guantera.
“Está bien. Voy a hacer caso: mañana me anoto en el gimnasio y empiezo la dieta”
Susana lloraba ruidosamente. Desconsolada. Se sonaba la nariz y se secaba las lágrimas con los puños del sweater.
“Susana, yo no te digo que mañana voy a ser Indra Devi, pero creeme que de a poco voy a cambiar, el futuro viene de a un día por vez”
Jorge siguió argumentando, con las manos sobre su falda y mirando al frente, pero nada parecía suficiente.
Al llegar a la casa, Jorge se fue a descansar a su cuarto. En realidad se quería ir a trabajar, pero le pareció una buena jugada que lo vieran asumiéndose enfermo y guardando cama por ello. Se recostó y enseguida buscó el celular en su bolsillo. Lo primero era avisarle a su secretaria, Miriam, que suspendiera las reuniones. Luego recordó que a las seis tenía que verse con el cliente de la petrolera y le pareció demasiado cancelar esa reunión también. Mientras pensaba su plan de contingencia y eventual escape de su casa, trataba sin éxito de llamar a Miriam. “Bueno, será que estoy incomunicado”. Cayó en la cuenta que era la segunda vez que se comparaba a un detenido, y tal vez lo fuera.
A la tarde emergió de su habitación un poco soñoliento todavía. El silencio de la casa habitaba cada rincón de ella. Todos se habían ido y lo habían dejado solo y convaleciente. Seguramente estaban más enojados de lo que él suponía. “Ya se les va a pasar”. Se preparó un Aperol y se sentó a leer el diario en la galería.
Eran casi las diez de la noche y aún no llegaban. El escarmiento era decididamente excesivo. Él no se merecía semejante reacción. ¿Quién se creían éstos? Qué increíble que hubiera llegado a la edad en que los hijos retan a los padres. Mientras dialogaba con sí mismo dándose la razón en todo, se preparó una sopa de municiones que tomó rápidamente. El día tenía que terminar de una buena vez, por lo que se fue a la cama.
Al día siguiente, escuchó que todos andaban preparando algo desde temprano. El clima emocional seguía siendo malo, tirando a muy malo. Tanto, que no le dieron ganas de salir de la cama hasta las once de la mañana. Cuando apareció en la cocina vió que sus hijos se estaban yendo y que Susana estaba por poner la alarma de la casa.
“¿Pero se volvieron locos ustedes? ¿Me piensan expulsar de la familia?”
Susana dio un largo suspiro mirando todo alrededor. Seguramente quería decir algo, pero la embargaba la amargura. Luego, con la voz quebrada pronunció “Jorge, Jorge…acompañanos”.
Obediente, se metió en el auto, otra vez en el asiento del acompañante. Esta vez no intentó decir nada ya que estaba un poco molesto con todo este juego de sumisión que le proponía su familia.
Al llegar a la marina de San Isidro donde guardaban la lancha se asombró de que hubieran organizado ese programa con toda la familia entre semana. Allí los esperaban un grupo de familiares y amigos reducido pero muy íntimo.
“¿será idea de Paola todo esto? Pensó Jorge. Paola era la que siempre se encargaba de armar fiestas sorpresas, homenajes, videos familiares, etc. Era muy creativa y probablemente le fuera encargado organizar una actividad por lo que había pasado el día anterior.
Como nadie hablaba, decidió tomar la misma actitud. El ruido ondulante del motor fuera de borda los puso en un estado de semiconciencia. El viento fresco les secaba la cara. Cruzaron el San Antonio y se internaron por los canales, que se iban haciendo cada vez más anónimos. Cada uno iba en lo suyo.
Cuando empezó a divisar el muelle de su casa le llamó la atención que los estuviera esperando el párroco, Augusto.
“No me digas que todo esto para hacer una misa en acción de gracias” murmuró Jorge, que a esta altura de las circunstancias tenía muchas ganas de dejar de obedecer y mandarlos a todos a otra parte.
Al bajar de la lancha, Susana lo abrazó a Augusto, y detrás de ella los hijos, todos llorando. Jorge no supo qué pensar. Entre sollozos, Susana alcanzó a decir “Él fue tan feliz acá”.
Jorge una vez más miró la escena y súbitamente todo tuvo sentido. Asistir al propio funeral en principio debería ser algo muy fuerte para quien lo experimenta. Pero gracias a la causalidad, carecer de carnadura hace que las emociones y sensaciones no puedan ser sentidas porque básicamente no hay con qué sentirlas. Es decir, se estaba enterando de su propia muerte como si estuviera leyendo en el diario que había muerto un hombre en un naufragio en Timor.
Jorge estaba petrificado, tratando de repasar las últimas horas, comprendiendo su situación y encima completamente desafectado a la misma. Esto era realmente novedoso. Notó que tampoco había tenido sensaciones en todas aquéllas horas transcurridas. Muerto, muerto, lo que se dice muerto. Pero dónde estaba su cuerpo, el que iban a enterrar ¿en el jardín de su casa? La respuesta fue tan rápida como la construcción lógica: un frasco de vidrio contenía cenizas y esos pequeños restos óseos que resisten el horno de cremación.
Jorge miró la cara de cada uno de los presentes. “Al menos parece que me querían” reflexionó. El Padre Augusto dijo una palabras muy lindas como para que lo recordaran por sus cosas buenas. Luego habló de los cielos y el descanso eterno, lo que desencadenó en Jorge una segunda ola de construcciones lógicas “¿no debería estar en el cielo ya? ¿Será que no califico? Aunque sea charlando con San Pedro... ¿tan mal hice las cosas? ¿Estaré peleando la promoción?”
El grupo rodeó al padre Augusto, quien se dispuso a arrojar las cenizas al río. Por desgracia no tuvo la precaución de calcular el anémico viento en contra que circulaba. Apenas lanzó las cenizas, la parte más volátil de ellas volvió a los familiares, pegándose en la ropa, cabellos, ojos, narices y labios. Algo bastante poco elegante y por sobre todo muy impresionante para los más sensibles. Algunos se las sacudieron, en tanto que otros resistieron con estoicismo. Para fulminar el clima del ritual, todos notaron que ciertos fragmentos óseos flotaban y chocaban insistentemente contra los palotes del muelle, entrando y saliendo de pequeños remolinos.
Jorge prestaba atención a todos los detalles de su funeral. No podía conmoverse ni siquiera viendo a sus hijos atragantados de llanto y dolor.
Al terminar el servicio, todos fueron a la casa montada sobre palafitos a tomar café y compartir recuerdos. Jorge se sentó en su sillón de lectura, en el que nadie se había atrevido a sentarse, y desde allí compartió la tarde con los presentes.
Antes del anochecer, el grupo completo partió de regreso a San Isidro. Jorge decidió quedarse y se dedicó a pensar en su incierto destino. No lo apenaba, ya que eso estaba lejos de lo que él podía experimentar ahora, pero de algún modo tenía la necesidad de saber qué sucedería luego. Repasó todo lo que había escuchado sobre la vida después de la muerte y advirtió que nadie había muerto para contarlo.
Habrán sido como las diez de la noche cuando, sentado en la mecedora de la galería, vio una silueta negra que se aproximaba. Sin carnadura, ni vida, ni pertenencias, el peligro le pareció algo olvidado en su anterior existencia. Solo tuvo curiosidad.
Cuando la sombra entró en el difuso perímetro de luz, ésta se reveló como un hombre bajo, de unos 45 años, moreno, de pelo corto, vestido con jeans, camisa celeste y mocasines gastados negros.
“Buenas noches” dijo el señor de mocasines.
“Buenas” respondió Jorge.
Quedaron mirándose por unos segundos, hasta que el hombre dijo: “Jorge, como tal vez haya notado, usted murió en el día de ayer. ¿Correcto?”
“Así parece”
“Bien. He venido a acompañarlo a su destino final”
“No tengo el gusto caballero ¿usted quién es?”
“¿Quién le parece que puedo ser?”
Jorge lo escudriñó de abajo a arriba y finalmente mirándolo en sus profundos ojos negros dijo: “No tengo idea”
“Bien. A algunos les cuesta más, y éste parece ser su caso. ¿Ha oído hablar de la Parca?”
“Naturalmente”
“Encantado, mayor gusto” le dijo el señor estirando su mano derecha, algo áspera por cierto.
Jorge estaba desconcertado. Ese hombre de lo más corriente, ni remotamente parecido a las representaciones artísticas de su rol, se le presentaba llanamente frente a él.
“¿Pasa algo?” indagó el señor
“No, bueno, qué se yo, me imaginaba otra cosa…me refiero a…no sé, algo más formal, más cuidado desde lo ceremonial”
“Mirá que yo laburo todos los días de esto. ¿Qué querés? ¿Que venga empilchado y te haga el show? No termino más, hermano” dijo el señor abandonando tal vez el único signo de formalidad que le brindaba no tutear a su cliente.
Jorge lo miró nuevamente. Su abrumadora cotidianeidad lo dejaba perplejo. La muerte en persona era un hombre con el que uno se podía cruzar todos los días en una estación de tren. De hecho, se preguntaba si no lo había visto antes.
“¿Y para quién laburás vos?”
“¡Otro más que se cree que está en una película de mafiosos!” exclamó el señor juntando las manos a la altura del pecho con notable fastidio. “¿Vas a venir o no? Yo no puedo estar acá de psicológo, mi trabajo es operativo ¿entendés? O-PE-RA-TI-VO. Llevo y traigo, llevo y traigo, llevo y traigo”
“¿Cuáles son mis opciones?”
“Venís conmigo, que es lo que corresponde”.
Jorge miró en lo profundo de los ojos negros del señor indagando por una alternativa.
“Bueno, si querés, lo que hago con los tipos como vos, los dejo un par de días y los paso a buscar después. Te fijás qué tal es la cosa de quedarte en el mundo de los vivos estando muerto y vemos ¿qué te parece?”.
La opción no era mala y Jorge aceptó.
Desde luego que no le habían extendido un Manual del Muerto entre los Vivos que le indicara qué cosas podía hacer y qué no. Por lo tanto, todo era prueba y error. Rápidamente corroboró que podía comer y tomar, pero también podía no hacerlo y no cambiaba nada. El celular y la computadora parecían no registrarlo y eso fue un golpe durísimo. La ropa no se le ensuciaba y su cuerpo no se mojaba. Evidentemente la inmaterialidad tenía sus aspectos positivos y negativos.
Dedicó la mayor parte del tiempo a pensar en su vida. Retrospectivamente casi todo tenía sentido. Una pena que hubiera que vivirla prospectivamente, andando muchas veces a ciegas, tanteando. Le pesaba mucho todo aquello que no había hecho. Infinitamente más que aquello que sí había hecho y equivocadamente.
Recordó las pequeñas cosas, las que humanizaban su vida. Poner la pava en el fuego esperando a que todos se levantaran, leer el diario en la cama, tomar un licor escuchando jazz antes de irse a dormir, las sábanas limpias al acostarse…
Se le ocurrieron algunas frases irónicas sobre la muerte y lamentablemente no las pudo escribir. Hubiera sido la primera vez que alguien escribía sobre la muerte con verdadero conocimiento de causa.
Por último meditó sobre si hubiera podido evitar morirse. Probablemente sí, por un tiempo, lo hubiera podido demorar. Tal vez vivir algunos años más le hubiera permitido ver ciertas cosas y ahí es cuando cobraba sentido demorar la muerte…que sin dudas siempre llegaría. “The greatest thing in life is to die young- but delay it as long as possible” en las palabras de Bernard Shaw.
Jorge pensaba y pensaba. Era lo único que podía hacer. Ordenaba los pensamientos, los desordenaba y los volvía ordenar en una categoría o clasificación distinta. Se pensaba a si mismo, a los otros y desde los otros. Nada de lo que pensara podía salirse de la esfera racional. No había colores en su pensar.
Al final del segundo día, Jorge estaba agotado. Agotado de la soledad. Pero por sobre todo agotado de solo poder pensar y no sentir nada. Nada lo conmovía, ni lo entristecía, ni lo alegraba. La neutralidad era tan densa que lo estaba corroyendo de a poco. Ni siquiera sentía paz. Esta anulación emocional que por default lo hacía racionalizar sin parar era un camino directo, sin escalas, a la locura.
Estaba encerrado en el pequeño mundo que conformaban las producciones de su cerebro.
Comenzó a inquietarse al tercer día y aún sin noticias del señor de mocasines. Había prometido volver y necesitaba enfrentarse nuevamente a él para medirse. Vivir los cambios de paradigma había sido lo peor para Jorge en vida, y eso no había cambiado ahora. Se muere como se vive. Solo necesitaba darse por muerto para no caer en la desidia infinita. Sin embargo, dar el paso seguía sin parecerle razonable. Tal vez necesitara que lo expulsaran de la vida, por las malas.
A la cuarta noche, nuevamente vio la silueta que se acercaba. No podría describirse como alivio, pero al menos cierta tensión intelectual sí cedió en Jorge. Las transiciones pueden ser más o menos difíciles, pero plantearse quedar eternizado en ellas seguramente sea la menos razonable de todas las opciones.
“Entonces maestro ¿qué hacemos? ¿Viene o se queda?” el señor respiró hondo y metió sus manos en los bolsillos “Ya habrá notado que no hay mucha opción ¿verdad? Es como en la vida…” y una risita cínica salió entre los dientes dorados de alquitrán.
Jorge miró alrededor, como si pudiera dejar olvidado algo, y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón se echó a andar junto al señor de mocasines. Caminaron algunos minutos a través de los pastizales con la mirada enredada en los yuyos. No hubo tiempo de preguntar nada. Cuando se quiso acordar nadaba en un almíbar tibio y su cuerpo era pequeño.

Feliz Cumpleaños



Entonces lo vi: un Citroën C4 negro estacionado en la puerta de mi casa. Cuatro personas en su interior. El parecido con el paradigma me dio escalofríos. Sin embargo, yo seguí acercándome. Pensé en su baúl, capaz de albergar bolsas de palos golf. O cadáveres.
Unos días antes, Dolores se estaba yendo de viaje. Cuando tenés hijos chicos que tu mujer se vaya unos días es un verdadero castigo. Ella es metódica, ordenada, práctica y deja todo organizado a prueba de idiotas. Pero como dice Tusam: puede fallar.
“Facundo, mirá, fijate que acá te estoy dejando las dosis de ibuprofeno para Camilo y para Helena. Si lo ves al gordo que se agita hacele un puff de Ventolín. Igual son unos mocos nada más, yo creo que el domingo van a poder ir al cumple de Macarena”
“¿qué Macarena?”
“¡Ay! ¡Facundo! Macarena, la amiguita de Helena, del otro cole, son íntimas. No se lo quiere perder por nada en el mundo así que no te olvides por favor. Acá te dejo la tarjeta de cumpleaños con la dirección. Igual vos sabés dónde queda la casa de Maca. El regalito está en el placard de entrada, no te lo olvides. Igual Helena se va a acordar. Abrigalos bien a los chicos.”
“Sí, querida”
“Acá te dejo todo anotado: los horarios, actividades después de clase y los teléfonos de las mamás amigas. No te olvides de revisar el cuaderno de comunicaciones todos los días. La bandera de bricolage que pidió la maestra de Helena, ya la hicimos, está en el escritorio, la tiene que llevar mañana.”
“Ok”
“Bueno, ahí está el remís. Cualquier cosa me llaman. Los voy a extrañar”
Entre besos y los quiero mucho, Dolores se subió al Santana gris plata mientras el remisero acomodaba las valijas en el asiento delantero ya que el baúl alojaba los tubos de gas.
Camilo no protestó mucho. Tiene esa inconciencia feliz de tener 1 año y 2 meses. Para Helena, que tiene 6 años, es un poco más difícil porque la extraña mucho. De todos modos sabe que a la vuelta la valija siempre viene cargada de sorpresas, lo que hace mucho más fácil las cosas. En cuanto a mi…sí, la extraño. Todavía puedo decir que estoy enamorado de ella. Pero si tengo que ser sincero, lo que más extraño es su administración del hogar. La verdad es que hacemos la mitad de lo que ella deja escrito en todas esas tablas, excels y documentos Word. Pero así y todo quedo agotado. Ni loco los baño todos los días a los chicos y el cuaderno de comunicaciones lo miro antes de que ella llegue. Comemos salchichas prácticamente todos los días y un día antes de su arribo hago una monumental sopa con todas las verduras para que no se dé cuenta  de que jamás preparé una ensalada en su ausencia. El perro cuando tiene hambre me ladra y alguna vez se me murió un pececito, que repuse intempestivamente.
“Papá: ¿cuándo es el cumple de Maca?”
“Eh…el sábado me parece, ¿no?”
“¿Me vas a llevar?”
“Sí, quedate tranquila que no me voy a olvidar”

Ese sábado me desperté con Camilo que intentaba introducir la filosa uña del dedo índice entre mis párpados. Ni bien abrí los ojos vi su cara, que me decía “Mema, papá, mema”. Helena todavía dormía del otro lado de la cama. Ese es otro de los secretos de la cofradía cuando Dolores está de viaje: dormimos los tres en mi cama a patada limpia toda la noche.
“Papá: ¿hoy es sábado?”
“sí mi amor”
“¡Hoy es el cumple de Maca! ¡Huija!!!”
Uh. Sí. “Huija”. Qué penal. Los cumpleaños son una especie de vía crucis que hay que transitar. Las mamás charlan en grupitos a los que no podría ni querría acoplarme. No me queda otra que ser un paria que anda detrás de ese enajenado en el que se convierte mi pequeño hijo en estos acontecimientos.
Como sabía que este cumpleaños era innegociable, me entregué mansamente y cerca del mediodía ya tenía todo preparado para partir.
Macarena vive en uno de los barrios cerrados más caros de la ciudad. Sortear la seguridad de la entrada debería ser el examen final de los que hacen el curso de Manejo de Ira. Como yo me prestaba a pasar el día casi lobotomizado, no me importó demasiado la espera, el baúl, los menores, el DNI ni las recomendaciones de velocidad máxima.
Al llegar a la imponente casa me llamó la atención que había varios hombres de traje, pero no le dí mayor importancia. La señorita que nos recibió nos preguntó el apellido varias veces mientras paseaba su dedo por el Ipad donde figuraba la lista de invitados.
“Señor, ¿puede estar ingresado con otro apellido? No lo encuentro en la lista”
A Helena le empezaron a brotar unos lagrimones que rápidamente contagiaron a Camilo, que colgaba de mi cuello junto con el bolso cambiador. El llanto a dúo llamó la atención de los hombres de traje, como así también la de Mariana, la mamá de Macarena, quien se acercó en tres zancadas.
“Hola” nos dijo mientras nos miraba perpleja “Creo que se confundieron de día, hoy es el cumple con la familia. La idea era festejar mañana con los chicos”. Las lágrimas de Helena ya mojaban el papel del regalo. Entonces Mariana siguió “Pero bueno, se vinieron hasta acá, todo bien, pasen”.
Ahí estaba yo, con dos niños vestidos de cumpleaños llorando a mares, cargado de todas esas cosas que hay que llevar y tratando de ensayar una justificación para mi imbecilidad. La escena que seguía era “uy, perdón, bueno me voy, vuelvo mañana, me confundí” “no, en serio, quedate, no hay problema” “¿en serio no hay problema?” “Pero no, ya están acá, pasen y disfruten que hay un montón de sorpresas”. Son ese tipo de diálogos en los que a priori se sabe el resultado pero las buenas costumbres dicen que hay que recrearlos igual. Obvio que no me pensaba ir para tener que volver al día siguiente. ¿Qué podía cambiar?
Antes de que me diera cuenta, Helena ya se había disparado y saltaba junto a Macarena en un castillo inflable de proporciones bíblicas. Camilo seguía prendido a mí como una garrapata, así que me dispuse a recorrer el parque en busca de algo que le llamara la atención; en el mejor de los casos, una animadora.
El despliegue era impresionante, diría que excesivo. Hacía mucho que no iba a cumpleaños infantiles porque, claro, de eso se ocupa Dolores. De manera que no sabía bien si este era el nuevo Standard de cumpleaños o solamente una excepción. Esto de a ratos me inquietaba porque no faltaba mucho para el cumple de los míos y no tenía pensado desembolsar esa suma de dinero en cotillón, payasos, animadoras, maquilladoras, castillos, kermés, disfraces y plaza blanda. Mientras pensaba en esto, se acercó una moza con una larga bandeja de bocaditos que saboree uno atrás de otro. Esto también me pareció particular: hasta donde yo sabía, en los cumpleaños se come papas fritas y esas cosas. Empecé a tratar de recordar a qué se dedicaba el padre de Macarena, pero creo que nunca lo había indagado.
Caminé un poco más y me pareció ver de lejos que estaba Silvio Soldán. Sí, era él. Estaba “animando” a los grandes con juegos a lo “Feliz Domingo Para la Juventud”. ¿Cuánto cobrará este tipo por venir a hacer este tipo de presentaciones? El Excel de la fiestita de cumpleaños cada vez me cerraba menos. Empecé a prestar más atención a las caras en la fiesta. No eran el tipo de caras que uno ve todos los días en el súper, o a la salida del colegio, o en la oficina. La verdad es que no podía decir a dónde pertenecía esta gente, pero había un par que tenían cara de funcionario público. Me dio un poco de remordimiento no prestarle atención a la sección política del diario. Lo único que era capaz de memorizar eran las caras de los jugadores de cualquier deporte.
Camilo ya iba por el segundo algodón de azúcar que preparaban en un puestito cuando ocurrió lo inevitable: “papá caca”. Si el olor no hubiera sido tan inocultable le hubiera dicho “aguantá un poquito hasta que lleguemos a casa”. Pero la verdad es que no se podía estar. Seguramente no le habían caído bien las tres bolsitas de garrapiñada que había engullido más temprano.
Busqué con la mirada a Mariana, quien de alguna manera extrasensorial adivinó mi cara, o la del niño, y nuevamente se acercó en tres zancadas.
“¿Necesitás cambiarlo? Pasá por acá. Ahora le digo a Mónica que te acompañe”
Agradeciendo y tratando de agradar, seguí a Mónica, que a esta altura del Excel debería ser una asistente personal o algo así.
Entramos por las puertas ventana del living, donde estaban congregados muchos señores de traje tomando whisky. Pasé raudamente con un casi imperceptible “permiso” para no dejar la estela de lo que traía abordo. Mónica me mostró un playroom en la planta baja equipado con todo lo que un niño puede necesitar a lo largo de su desarrollo. Desde cambiador hasta X-box con Kinetic.
Terminada la operación pañal y ya más relajado, salimos Camilo y yo caminando despacito mirando un poco más los detalles de la casa. Había muchas pinturas, jarrones, esculturas que alguien con idea podría haber valorado. Pero lo que captó mi atención fue un cuadro de un metro de alto por 75 cm de ancho, más o menos, con la foto de alguien que me resultaba conocido. Me quedé mirándolo hasta que algo en mi cerebro conectó y dijo “Narbay”. Sí, era Alfonso Narbay: Me pareció que debía ser un detalle muy trendy, o Pop, o Kitsch, o no sé qué poner a presidir la mesa del comedor principal una foto de un personaje así. Y así fue como me encontró Mariana: absorto mirando la fotografía.
“¿Todo bien?”
“Sí, gracias, todo bien. Un lujo ese playroom, me quedaría jugando con la X-box”
Caminamos unos pasos, y para amenizar, o tratar de parecer entendido le dije: “Qué Kitsch queda ese cuadro en el comedor, es un buen toque de desenfado”
La contestación fue rápida, dura y seca como un latigazo: “Es mi papá”.
“Ah” fue lo mejor que pudo decir mi cerebro, mientras los hombres de traje, la obscenidad del despilfarro y el día equivocado de mi presencia hacían una ronda cantando en mi mente.
Me sentí un poco mareado. Las imágenes de 11 años atrás, cuando Alfonso Narbay aparecía en todos los noticieros por su inesperado suicidio me embargaban. ¿Dolores sabría que Macarena era nieta de Narbay? ¿Qué se suponía que uno debía hacer cuando su hija es la mejor amiga de la nieta de un empresario corrupto y mafioso de la talla de Narbay?
Dí dos pasos más exiliado en mis pensamientos y me llevé puesto a uno de los hombres de traje y su pancho con Ketchup. La mancha roja se esparció rápidamente por mi camisa blanca. Sentí que la presión me bajaba aún más y ni siquiera podía decir “perdón”. El señor se dirigió hacia mí con esa clase de simpatía que aterra: “¡Uy querido! No te preocupes, mirá, no me manché nada, pero vos parece que te hubieran dado un balazo en el pecho”. Yo estaba inmóvil, sin dar crédito a este rimbombante signo. Mónica me tomó de la mano y me condujo nuevamente hacia el interior de la casa. Justo antes de entrar reaccioné: “No dejá, Mónica, no pasa nada, ya nos estábamos por ir, me la lavo en casa”. Mónica no dijo demasiado y cumplió mi voluntad. Lo único que me faltaba era ver, VER, al suicidado de Narbay tomando whisky con sus amigotes.
Empecé a sentir que todos me miraban, que verdaderamente no tenía que estar ahí. ¿Cuántas ganas tendrían de matarme estos tipos? El cálculo me pareció inverosímil, después de todo hacía unas horas yo no existía para esta gente y estaba seguro que lo único que había visto de Narbay era su foto. Traté de tranquilizarme y salí corriendo a buscarlo Camilo, que estaba yendo hacia el río, donde terminaba la propiedad.
No sabía si irme sin saludar o quedarme cumpliendo todas las estaciones del vía crucis. Claramente se acercaba el momento de mayor riesgo de la fiesta: la torta. Si existía un Narbay vivo, estaría en el momento de soplar las velitas de su nieta.
Me costaba pensar con claridad. Sentía que no podía dominarme. Había quedado del lado del río y la salida quedaba justo después del lugar donde a velocidad trueno ya había armado la mesa de la torta. No podía franquearlo. Me dirigí como cordero a su degüello. Helena saltaba de la alegría y se puso al lado de Macarena tomándola de la mano. Yo imaginaba mis deudos llorando. La fiesta toda cantaba el cumpleaños feliz mientras que la torta de cinco pisos de La Sirenita sacaba chispas por un volcán submarino. Me tapé los ojos y me senté.
“¿Se siente bien señor? ¿Necesita que lo lleven?”
La voz de Mónica me recorrió la espalda como un chucho de frío.
“Estoy perfecto. Estaba buscando algo en el piso. Y ya me voy porque tengo cosas importantes que hacer”
“En ese caso espere que le traigo los souvenirs”
Helena y Camilo se reían porque iban casi en el aire, agarrados de mis manos, mientras me dirigía a toda velocidad a la puerta de salida.
El hombre apostado al lado de la señorita del Ipad me deseó “Buen Regreso” cuando salía. ¿Sería eso un mensaje mafioso pre-mortem? ¿Había alguien que me pudiera decir cuánto tenía yo de sugestión y cuánto de principio de realidad?
Al llegar a casa, primero dí una vuelta a toda la manzana. Como no vi nada extraño abrí el portón y entramos. Inmediatamente cerré todo otra vez y les dije a los chicos que no hacía falta subir las persianas porque enseguida se iba a hacer de noche. Les pedí que jugaran en la cocina, que daba al patio interno de la casa. Me pasé toda la tarde esperando que balearan la casa.

Pasaron un par de días y mi alerta no disminuía. Temí que mi vida no fuera a volver a ser igual jamás. Cuando hablaba con Dolores trataba de disimular mi ansiedad y no le conté nada por miedo a que las líneas estuvieran pinchadas. Veía autos negros y tipos de traje y lentes oscuros por todos lados. Volví al Rivotril porque sentí que los ataques de pánico me acechaban.
Charlé mi situación con dos amigos. Uno me sugirió que me mudara a otro país. El otro me dijo que era un paranoico, que fuera a la psicóloga, que abandonar terapia había sido un gran error. Mi ánimo viajaba montado en ese péndulo entre la incredulidad y el pavor. Faltaba solo un día para que volviera Dolores y la esperaba como si ella fuera el antídoto para destrabar toda esta tensión. Tal vez ella pudiera hablar con Mariana y garantizarle nuestra discreción hasta el fin de nuestros días. Quizás no era buena idea mencionar “fin de nuestros días”, sería incitador. Absoluta discreción era la promesa correcta; por algo se usa esa expresión.
El día que llegaba Dolores yo salí un poco antes de la oficina para recibirla en casa. Estaba contento porque significaba un gran alivio para mí en todo sentido. Dejé el auto lavando en el lavadero y recorrí las tres cuadras hasta mi casa silbando. Había perfume a jazmines porque de a poco empezaba a entrar la primavera.
Entonces lo vi: un Citroën C4 negro estacionado en la puerta de mi casa. Cuatro personas en su interior. Seguí acercándome.  Mi corazón tragaba y expulsaba sangre con violencia. Todo mi cuerpo temblaba. Sentí el vértigo en mis vísceras.
Por más de que lo intentara, mi vida nunca sería igual.

Punto de no retorno


Buenos Aires nunca te recibe bien. Ezeiza menos. La neblina, la humedad, la presión atmosférica…qué se yo. Todo pesa el doble mientras caminás apurado a través de la manga, pensando si habrá mucha gente en migraciones o si te van a abrir la valija los chorros, SENASA o la Aduana. Así venía yo, con la ropa que no corresponde al hemisferio en el que estás, cuando sentí que alguien me miraba. Me miraba mucho y yo estaba tan embotado que no sé si no quería o no podía averiguar quién me miraba así.
“¿Salvador?”, escuché y me dí vuelta para apresar a mi voyeurista. Lo que entró por mis ojos rebotó en mi cerebro como si éste estuviera hecho con millones de pequeños espejos hasta que dio en el lugar correcto. La carambola sináptica hizo que mi corazón hiciera un par de pausas para luego arrancar con una violenta taquicardia. La mujer que me miraba y había pronunciado mi nombre, de la manera en que solo ella lo hacía y había dejado de hacer hacía 33 años, era Kate. Sentí que un túnel negro de tiempo me abducía hacia una espiral descendente que me dejaba en el año 1978.

Digamos que no era el mejor alumno del Colegio Nacional San Isidro, pero lo llevaba bastante bien. Tenía una suerte de pacto de caballeros con mi padre que implicaba que mientras no me llevara materias él haría la menor cantidad de preguntas posible. Vivíamos los dos solos en una casa en la calle Brown, llegando a Lassalle. Dos veces por semana venía la Sra. Nelly, que mantenía las cucarachas a raya. Con quince años se podía decir que dominaba muy bien la cocina “a la lata”, que consistía en mezclar al azar distintas latas de conservas con fideos, arroz, carne o pollo. Esa era la dieta que mi padre y yo llevábamos durante la semana. Algunos sábados íbamos a pescar con pasta de lombriz al río y los domingos invariablemente comíamos asado junto al familiar de turno.
De todos mis amigos, Horacio era el  mejor. Hablábamos mucho de música, de minas, de futbol…lo típico. De vez en cuando nos rateábamos y nos íbamos en tren a Belgrano. Ahí podíamos fumar tranquilos y recorrer cuevas repletas de LPs que conocíamos de memoria. Lo único que no compartía con Horacio era mi fanatismo por el Tenis de Mesa, que él se empecinaba en degradarlo llamándolo Ping-pong. Yo estaba federado y le dedicaba varias horas por semana a entrenarme. Papá me acompañaba a algunos torneos y tenía el enorme gesto de correr con los gastos.
Ese verano antes de empezar tercer año del colegio había sido particularmente ocioso por lo que el primer día de clases fue una epopeya despertarme. Caminé las cuadras que me separaban con el colegio como pude y al llegar le dediqué un sonido ronco a modo de buenos días a Horacio y el resto de los muchachos. Todos decían que tercero era el año más difícil, que había muchas materias nuevas, que matemática se ponía densa y que análisis sintáctico era algo indescifrable. La verdad que no estaba muy entusiasmado, pero renovaba mentalmente el pacto con mi padre para tener otro año de tranquilidad.
Lo recuerdo perfecto: fue mientras el rector pronunciaba su discurso con las palabras habituales –ciclo lectivo, rendimiento, prestigio, institución, etc.- que la vi y me pareció una equivocación. ¿Qué hacía esa chica ahí parada con toda esa luz que emanaba?
Horacio no tenía ni idea y los demás tampoco. A velocidad trueno recurrí a Teresa, quien se desempeñaba en la columna de “sociales” de la revista del colegio por su natural capacidad en esta área. Teresa estaba tan encantada de contarme quién era esa chica con lujo de detalles, como de saber de primera mano quién era su víctima número uno. Se llamaba Catherine, pero le decían Kate, había venido hacía unos años con su familia de Irlanda y tenía que tener mucho cuidado con su padrastro porque era extremadamente celoso de sus hijas putativas, como ironizó Teresa.
Kate estaba en segundo año. Se la veía serena, relajada como si estuviera en el living de su casa, cuando en realidad estaba en el primer día de clases de un colegio nuevo. No tenía nada en particular que llamara demasiado la atención. No era ni alta ni baja, ni flaca ni gorda. Estaba vestida con jeans, camisa blanca y botitas de gamuza. El pelo, rubio apenas colorado y muy lacio, atado en una colita. La piel blanquísima con pecas y sus ojos casi transparentes le daban un aspecto etéreo.
A mis amigos les quedó claro que ya la había marcado yo a la nueva, lo que allanó bastante el camino. Los de segundo año no eran competencia, eran unos bebés para esa chica. Tenía el problema de los de cuarto año, sobretodo Lorenzo Fraga, que no había mina que se le resistiera. Yo no era un Adonis, ni mucho menos, pero ganaba con el humor y algo de desfachatez. Sin embargo, esta tesitura necesitaba ser validada con extranjeras. Tenía un set de chistes preparados que iba sacando cual mago de su galera y no fallaba. ¿Se reiría Kate de mis chistes?
Bueno, la respuesta fue no. Más bien todo lo contrario. Los primeros intentos de aproximación fueron tórpidos fracasos. En la cola del kiosco le hice un comentario sobre la gorda que lo atendía y me miró feo. En la clase de gimnasia se puso medias verdes y le pregunté si se había venido de duende irlandés. Creo que pensó que yo era un inepto. Mi tiro de gracia fue cuando a la salida del colegio le señalé a una viejita que venía cruzando la calle con paso tembloroso y le anuncié “Mmm, me parece que la parca anda cerca” “Es mi granny, y está muy bien de salud, gracias”. Un perfecto idiota.
Claramente esta chica me gustaba más que ninguna otra. Jamás había metido la pata tantas veces. Nunca me había sentido tan imbécil. Y sin plan.
A Teresa, que nada se le escapaba, le pareció que su buena obra del trimestre podría ser ayudarme un poco con este asunto. En el recreo se acercó y me dijo “¿Por qué no la llevás al puerto a ver los barcos abandonados? Me enteré que pinta óleos”.
Como yo no era un improvisado, hice una vuelta de reconocimiento por el puerto, las areneras y la costanera. Efectivamente, el paisaje se debatía entre la desidia y lo pintoresco. Las condiciones estaban dadas.
Fui a la artística y me compré unos pomos de acrílico. Ocre, azul ultramar, Siena, verde de cadmio y blanco de titanio. Mientras salíamos del colegio, oportunamente dejé caer algunos pomos. Kate me miró extrañada. Debe haber pensado cómo alguien como yo podía tener sensibilidad artística. Como supuse que no me iba a preguntar nada, le contesté directamente, tal como lo había ensayado frente al espejo. Kate inclinó un poco la cabeza hacia el costado derecho. Era un buen signo, me estaba revaluando. La invité a acompañarme a este “spot”, que describí como el paraíso bohemio de la ribera, y todavía confundida por la contradicción aceptó.
Tengo que decir que no fue fácil pilotear la situación de no saber dibujar ni una mesa y haber tenido que plantarme con el pincel en la mano como si fuera Picasso. Lo resolví explicándole que había demasiado sol, y a mi no me gustaban los impresionistas y que si pintaba en esas condiciones no se reflejaría el verdadero espíritu de mi arte.
Al poco tiempo nos pusimos de novios. Mi primera novia. Kate no hablaba mucho, o al menos no en castellano, y eso la elevaba a la categoría de semidiosa. Pasábamos muchas tardes en el río, a veces se rateaba conmigo a Belgrano y de vez en cuando me acompañaba a los entrenamientos de Tenis de Mesa. Kate entendía lo que este deporte significaba para mí y eso no era menor. El día que mi entrenador, Hoshida, me dijo que iba a hacer prácticas semanales con Gustavo Patiño, el mejor jugador argentino de todos los tiempos, ella estaba al lado mío conteniendo la emoción. Patiño estaba loco, era obsesivo, no hacía nada más que entrenar, y jugaba cinco escalones más arriba que cualquier otro argentino. Hasta el sonido de sus golpes daba impresión. Jugaba con una Butterfly Super Sriver con un mango recto. Yo también empecé a jugar con esa paleta y Kate me regaló la Fred Perry azul con ribetes blancos que la FATM le daba a la delegación Argentina cuando competía.
Sobre el padrastro de Kate lamentablemente no puedo decir demasiado. Me odiaba visceralmente. Hubiera sido vital saber qué hacía, dónde trabajaba, qué contactos tenía para poder entender lo que sucedió después. Lo concreto es que yo tenía quince años, tenía una novia que me volvía loco y ese año se jugaba el mundial de futbol en Argentina. No había lugar para nada más en mi vida.
Kate vivía en la calle Alem, en frente del Colegio Santa Inés. Siempre me resultó raro que siendo ellos irlandeses ultra devotos ella fuera al Nacional en lugar de un colegio católico. Creo que la explicación era que preferían tener su propia catequesis antes que una catequesis pasteurizada. Los domingos rara vez nos veíamos porque era imposible franquear la veda que imponía el padrastro. Esto hacía que yo fuera contento los lunes al colegio y así mi padre descubrió mi amor irlandés. La Sra. Nelly estaba al tanto de la relación desde mucho antes, claro, y siempre me preguntaba por Kate.
Aquél lunes de agosto me pareció raro no ver a Kate en la formación. En el primer recreo fui a preguntarles a sus compañeras si sabían algo de ella y me dijeron que no, que seguramente estaba enferma y por eso había faltado. Apenas sonó el último timbre fui a su casa a ver si me enteraba de algo. Yo había entrado poquísimas veces a su casa, ya que si bien le caía bien a la madre de Kate, nadie quería darle un disgusto al padrastro. Al llegar a la casa y ver que estaba todo cerrado me pareció rarísimo. No sabía si tocar el timbre o no. Le pregunté a una vecina y me dijo que había escuchado ruido a la noche y que ese día no había visto a ningún miembro de la familia. Me decidí y toqué el timbre. La única respuesta fue la del perro, un Beagle, que ladraba con desesperación. Me asomé por la cerca y vi que el Beagle, Topper, estaba atado y no tenía agua. Me quedé perplejo. Era imposible que se hubieran ido dejando a Topper atado. Tomé coraje y salté la cerca. Topper me conocía de los largos paseos que le dábamos con Kate y apenas lo solté no paró de lamerme entero y saltar sobre mí. Le llené su plato de agua y busqué comida en el galponcito del fondo. Con un palo hice palanca para abrir un poco la celosía de la puerta del fondo de la casa. Lo que vi no tenía explicación. Se habían llevado prácticamente todo lo que podía caber en valijas y baúles. Alcancé a ver los roperos con las puertas abiertas y vacíos en su interior. La heladera estaba abierta y vacía también.
Caminé como un fantasma de regreso a casa. Me temblaban las manos y no me importó prender un cigarrillo en pleno centro de San Isidro. Repasé las conversaciones con Kate de los últimos días, su estado de ánimo, los planes que teníamos, cualquier detalle que me pudiera dar una pista. Pensé en llamarla a Teresa, pero comprendí que esto excedía su campo de acción. No conocía a ninguna tía o allegado a la familia de Kate a quien pudiera llamar. Al llegar a mi casa, me senté en el sillón del living de mi casa y en un instante anocheció y volvió a salir el sol.
Mientras caminaba al colegio con la fatiga de no haber dormido pensaba que todo aquello era un mal sueño y que encontraría a Kate parada junto a sus amigas antes de izar la bandera. Pero eso no ocurrió. Esta vez fueron las amigas de Kate las que vinieron a mí para preguntarme si sabía algo.
La gente que me preguntaba por Kate crecía proporcionalmente con los días que iban pasando. También crecía la jerarquía. Alumnos, profesores, vice-rector, rector. Todos me miraban con desconfianza y ensayaban situaciones intimistas para que yo finalmente dijera “la  verdad”. Mi padre estaba muy preocupado y eso me desorientó aún más. No sé cuántas veces me preguntó qué hacía el padrastro de Kate y por qué habían venido a la Argentina y si había visto armas en la casa y no sé qué otras cosas más que yo no podía contestar. Mi padre estaba fastidiado conmigo por este asunto y comenzó a hacerme muchas preguntas por cada movimiento que yo hacía. Yo en soledad, lo único que pensaba era que todos me hacían las preguntas incorrectas. Al fin y al cabo, me sentía estafado, angustiado y no podía decir a ciencia cierta si seguía o no de novio.
Así terminó tercer año del colegio, con esa sensación de estar en infracción permanente. Tejiendo hipótesis y elucubrando planes para volver a verla.

La imagen de Kate frente a mi era tan fuerte que el mundo entero se opacó. No era esa Kate que parecía sacada de una novela de Jane Austen, sino más bien una Kate tallada por Botero. En su cara se contaban finísimas arrugas por decenas y su pelo respondía al nombre de algún color de catálogo. Ya no emanaba luz, sino algo de tristeza, tal vez melancolía.
Una vez más fracasé en la primera aproximación cuando lo primero que pude decir luego de “¿Salvador? ¿Sos vos?” fue aquello que me pregunté por tanto tiempo: “¿Seguimos de novios?”.


Dejar de Existir



Como todas las tardes Raúl saludó al chofer del 28 y se dispuso a emprender la tediosa vuelta a casa. La General Paz le regalaba un atardecer lleno de pinceladas rosas que le hizo acordar a su señora y por ésta razón decidió ignorarlo. Muy lentamente fue recorriendo cada kilómetro inmerso en el sopor del largo viaje. Todos los días el mismo camino, el mismo trabajo y al llegar a casa la misma escena: sacarse los zapatos y acomodarlos prolijamente debajo de un banquito, calzarse los patines de crochet y deslizarse hacia el baño para lavarse las manos, la cara y sacarse la camisa. Entonces aparecía Nora, con o sin ruleros, acompañada por Pinky recitando las novedades y reclamos del día.
Raúl podía no escucharla durante horas, pero igualmente le molestaba. Había desarrollado algunas rutinas para mejorar la convivencia como por ejemplo la de tirarse en el sillón con una cerveza y decir “Si un hombre que trabaja no puede tomarse su litrito de cerveza cuando llega a casa…la humanidad está perdida”. Esto crispaba a Nora, quien en primer lugar detestaba que su sillón de rositas rococó, con almohadones en macramé y cubrebrazos en composé se viera avasallado por esa humanidad. Pinky, fiel emisaria de Nora, le dedicaba dos o tres ladridos agudos, se daba media vuelta y se metía en la cocina.
“La llevé a la peluquería nueva a Pinky para que le hagan un corte para el concurso. ¿No la dejaron hermosa? Le limaron las uñas, le cortaron el pelo, le pusieron un shampoo que es un poco más caro, pero te digo que vale la pena invertir, porque mirá cómo quedó: no hay un solo rulito que no destelle. Además me pareció mucho mejor que la otra peluquería. ¿Te acordás cómo le dejaron el flequillo la otra vez? Unos criminales…En la de ahora me ofrecieron hacerle una limpieza completa de dientes, que estaba en promoción y te regalaban el fluor sabor carne. Ni lo dudé. Pinky se lo merece. Además yo creo que esta vez tiene chances de ganar algún premio. Si no ganó antes fue porque el entrenador era un charlatán.”
Raúl recorrió los canales de deportes y Nora continuó: “A mi me cambió la vida leer el libro “Secretos del Caniche” y te garantizo que Pinky es otra perra desde que utilizo su método. Yo creo que esta vez se va a comportar como una reina en el certamen. No como aquélla vez que le dejó el regalito al juez justo cuando estaba haciendo la demostración de estilo. ¿Raúl? ¿Me estás escuchando?”. Y sin esperar contestación, suplicó en tono pueril “¿Me vas a llevar en el coche al concurso? Pinky se pone muy nerviosa, se altera cuando vamos en remís, y yo quiero que esté tranquila, así se luce.”
“¿Y dónde es esto?”
“En el Rotary Club de Haedo. ¿Te acordás que fuimos hace algunos años al Baile del Reencuentro y la Amistad? Qué manera de haber viejos arruinados. Por suerte la pizza estaba rica, pero cómo mezquinaron el bombón suizo. Lo tenías que interceptar al mozo ni bien salía de la cocina para agarrar uno.”
“Ah”
Raúl pasó las siguientes horas echado en el sillón tratando de ver programas de televisión en los que se comenta sobre lo que se comenta que se comentó en el futbol mientras Nora continuaba con su monólogo, en una especie de montaña rusa de agudos y graves.
Cuando lo llamó a comer, Raúl fue al baño a hacer pis, cosa que hacía sentado por pedido de Nora para que no salpicara lo que ella había limpiado con tanto esmero. Notó que el cubreinodoro y el cubrebidet ahora eran de color naranja y había unos palitos con aceite debajo del espejo. Acto seguido apareció la cabeza de Nora por la puerta cuando todavía estaba sentado en el inodoro “¿Viste qué lindos?” canturreó melodiosamente. “En la clase de astrología dijeron que según el Feng Shui el color naranja te ayuda a evacuar mejor y como yo siempre estoy seca de vientre, ni lo dudé, fui derecho a comprarlos.” Se quedó mirándolo como esperando esa aprobación que nunca llegaba. Entonces siguió “Lo que te quería avisar es que tengas cuidado con el aceite de aromaterapia que compré, que también es naranja porque es energizante, que no se te vaya a volcar. Mirá que lo dudé y lo dudé antes de comprarlo porque ya me imaginaba que lo ibas a volcar y sería un en-chas-tre, pero me lo recomendó tanto la vendedora que le hice caso, viste?”.
Se sentaron a comer con un humorista que desde la tele intentaba hacerlos reír. Raúl no podía quejarse de la comida que le hacía Nora, y menos desde que existía Utilísima. Cocinaba rico y eso le sumaba un poroto que valía por varios de los que tenía en la parte negativa de la balanza.
Mientras Raúl terminaba los tomates rellenos, Nora ensayaba todo lo que le iba a decir en la cara a “esa chusma que se mudó a la vuelta, que no hace más que escuchar cumbia todo el día. Hay que ver cómo salen las mocosas con los jeans clavados en la cola. De un momento a otro a éstas las embarazan. ¡Ja! Y chau cumbia a todo volumen.”
Tomaron licor de huevo que Nora había aprendido a hacer en el Taller Municipal de Amas de Casa y mientras ella terminaba de acomodarle la cama y los juguetes a Pinky, Raúl se fue a la habitación. Ni bien entró vio un ángel de yeso, pintado en dorado que lo miraba desde arriba de la cama.
“¡Nora! Pero por Dios esta mujer” se quejó sin mucho ahínco “¿qué es este pendejo en pelotas?”
“¡Ay! ¿No es una belleza?”
“No”
“Es un Querubín, para que nos cuide mientras dormimos. Pero es un Querubín Morontial, el grado más alto, coordinan la energía física y espiritual. Tienen que ver con todo el tema de los canales de las esferas morontiales, viste?” instruyó Nora de manera casi exacta. Justo de la manera que más irritaba a Raúl.
“Algún día te vas a dejar de gastar la plata en estupideces?”
“¡Raúl!” sollozó Nora con un tono aniñado que avergonzaba hasta los photus “No seas así de cruel. Estas cosas son importantes para mi”. Sacó un pañuelito bordado del bolsillo y se lo pasó por la cara seca.
Entonces Raúl, enceguecido por años de furia contenida, la tomó por el cuello y comenzó a ahorcarla, zarandeándola fuertemente mientras que a Nora se le ahogaban los alaridos. Entre los vaivenes de la lucha fueron tirando veladores, querubines y todas las plantas que colgaban desde sus macetas plásticas. Una vez que cayó desmayada por la hipoxia, la pateó duramente a la altura de los riñones para luego darse vuelta e ir por su segunda víctima.
Cuando Raúl por fin terminó con la fantasía que le provocaba una suerte de éxtasis reivindicador, se puso su pijama a cuadros y se acostó en la cama.

Ese sábado, Nora andaba desde temprano haciendo ruido. Estaba muy ansiosa con lo del concurso. Difícilmente podría tolerar irse con las manos vacías, sin si quiera una mención para su adorada Pinky. Mientras tanto, Raúl disfrutaba el frescor de la mañana en pijama, bata y pantuflas en el patio. Le puso alpiste a las cotorritas y se sobresaltó un poco al escuchar el timbre.
“¿Quién será?”
“Es Stella Maris, que viene con nosotros al concurso porque le dije que esta vez seguro Pinky saca premio”
“Será de Dios” resopló Raúl juntando las manos a la altura del pecho, tal vez orando para que le sea concedida alguna gracia. O desgracia.
Stella Maris era amiga de Nora hacía añares. Era una mujer aburrida, sola y triste. Padecía todo tipo de tragedias, al punto que Raúl la consideraba mufa y no dejaba de tocarse el huevo izquierdo en su presencia. Su conversación ahondaba en detalles que a nadie le podían importar, siempre en el mismo tono apagado de voz y relatando todo tipo de historias asociadas a un final infeliz. Stella Maris no era mala, pero no podía dejar de ser como era.
Se acomodaron en el Dodge 1500 y allá partieron el hombre, las dos mujeres y el can, compartiendo una charla sobre porcelana fría.
Al entrar al recinto del Rotary a Nora se le heló la sangre: había 6 caniches inmaculadamente esquilados. Se mordió los labios y masticó ira. Evidentemente este concurso tenía más nivel que los anteriores. Nora no se había animado a esquilarla a Pinky en la peluquería nueva, por lo que solo le había hecho un lindo corte. Pero claro, no había nada que hacer contra un caniche esquilado, que acentuaba aún más la exuberancia de sus rizos en la cabeza, cola, pies y manos. Por un momento Nora sintió que iba a derrumbarse, pero una fuerza interior, quizás la de los querubines y serafines, la impulsó a ponerse en pie de lucha para conseguir aquello que la desvelaba.
Raúl ubicó una mesa lejos de donde todo acontecía y se echó allí con el Olé, sabiendo que leería hasta las noticias de Hockey sobre césped masculino. Cada tanto levantaba la vista para ver si Pinky seguía en carrera. Lo habitual era que no pasara de segunda ronda, por lo que el plan terminaba antes del mediodía. Sin embargo, se hicieron las doce y Pinky estaba ahí, rodeada de unos esbeltos ejemplares esquilados. “qué raro” pensó Raúl, e inmediatamente después le pareció ver a Nora pellizcando al juez del concurso. Se había desabrochado dos botones de la blusa, y sus fenomenales pechos balconeaban desde allí. “¿Será posible? En mi propia cara. Yo soy un boludo”. Raúl comenzaba a levantar vueltas, pero los siguió observando. El juez era un hombre alto, canoso, con un poco de panza y no disimulaba su orgullo por tener el saco de paño verde inglés y la corbata de la Asociación de Criadores que le daba el poder sobre la competencia. Los bigotes tupidos, invadiendo el labio superior, le procuraban cierto disimulo a las risitas que intercambiaba con Nora. Raúl se estaba sulfatando y en el momento que puso sus manos sobre los apoya brazos de la silla de plástico para levantarse comprendió que las oportunidades se presentan como quieren y no como uno las había imaginado.
Nora vio que Raúl se acercaba con gesto amargo y se le congeló la expresión, esa que la hacía tan parecida a Lolita Torres. Pinky quedó con la manito suspendida en el aire, como si apoyarla significara detonar una bomba. Stella Maris hizo un paso para atrás y se aprestó a sumar una nueva crónica.
“¡Pucha! Qué mala pata. Me acaba de llamar Tito, el vecino de atrás, para avisarme que se debe haber roto el automático y el tanque está rebalsando. Es un desastre, cae agua por el techo y ya está medio inundado el patio. Si no rajo ya, va a entrar agua en la casa. Si no llego a buscarte, seguro que alguien las puede acercar, no?”. Con un movimiento sincronizado de cabeza-ojos-cejas hacia donde estaba el juez y con el labio inferior un poco hacia fuera terminó el comunicado. Sin dar tiempo a nada, se escabulló entre dueñas, entrenadores y representantes caninos.

De regreso a casa paró en un altar del Gauchito Gil en San Justo. El sol brillaba espléndidamente sobre los banderines y ofrendas. Respiró hondo un par de veces, haciendo entrar la mayor cantidad de aire fresco con un leve olor a eucalipto en sus pulmones. Sacó de su bolsillo la correa de charol rojo de Pinky y se la ofreció al venerado bandido rural para que intercediera en lo que él ya anticipaba como el principio del fin. Improvisó una oración con su deseo acompañado de una argumentación. Luego prendió algunas velas que otros habían ofrendado y por último un cigarrillo. El humo lo fue relajando hasta que afloró un sentimiento nuevo: la ilusión. Abrazado a ella la celebró con una petaca que tenía olvidada en la guantera del auto.