Entonces
lo vi: un Citroën C4 negro estacionado en la puerta de mi casa. Cuatro personas
en su interior. El parecido con el paradigma me dio escalofríos. Sin embargo,
yo seguí acercándome. Pensé en su baúl, capaz de albergar bolsas de palos golf.
O cadáveres.
Unos días
antes, Dolores se estaba yendo de viaje. Cuando tenés hijos chicos que tu mujer
se vaya unos días es un verdadero castigo. Ella es metódica, ordenada, práctica
y deja todo organizado a prueba de idiotas. Pero como dice Tusam: puede fallar.
“Facundo,
mirá, fijate que acá te estoy dejando las dosis de ibuprofeno para Camilo y
para Helena. Si lo ves al gordo que se agita hacele un puff de Ventolín. Igual
son unos mocos nada más, yo creo que el domingo van a poder ir al cumple de
Macarena”
“¿qué
Macarena?”
“¡Ay! ¡Facundo!
Macarena, la amiguita de Helena, del otro cole, son íntimas. No se lo quiere
perder por nada en el mundo así que no te olvides por favor. Acá te dejo la
tarjeta de cumpleaños con la dirección. Igual vos sabés dónde queda la casa de
Maca. El regalito está en el placard de entrada, no te lo olvides. Igual Helena
se va a acordar. Abrigalos bien a los chicos.”
“Sí,
querida”
“Acá te
dejo todo anotado: los horarios, actividades después de clase y los teléfonos
de las mamás amigas. No te olvides de revisar el cuaderno de comunicaciones
todos los días. La bandera de bricolage que pidió la maestra de Helena, ya la
hicimos, está en el escritorio, la tiene que llevar mañana.”
“Ok”
“Bueno,
ahí está el remís. Cualquier cosa me llaman. Los voy a extrañar”
Entre
besos y los quiero mucho, Dolores se subió al Santana gris plata mientras el
remisero acomodaba las valijas en el asiento delantero ya que el baúl alojaba
los tubos de gas.
Camilo no
protestó mucho. Tiene esa inconciencia feliz de tener 1 año y 2 meses. Para
Helena, que tiene 6 años, es un poco más difícil porque la extraña mucho. De
todos modos sabe que a la vuelta la valija siempre viene cargada de sorpresas,
lo que hace mucho más fácil las cosas. En cuanto a mi…sí, la extraño. Todavía
puedo decir que estoy enamorado de ella. Pero si tengo que ser sincero, lo que
más extraño es su administración del hogar. La verdad es que hacemos la mitad
de lo que ella deja escrito en todas esas tablas, excels y documentos Word.
Pero así y todo quedo agotado. Ni loco los baño todos los días a los chicos y
el cuaderno de comunicaciones lo miro antes de que ella llegue. Comemos
salchichas prácticamente todos los días y un día antes de su arribo hago una
monumental sopa con todas las verduras para que no se dé cuenta de que jamás preparé una ensalada en su
ausencia. El perro cuando tiene hambre me ladra y alguna vez se me murió un
pececito, que repuse intempestivamente.
“Papá:
¿cuándo es el cumple de Maca?”
“Eh…el
sábado me parece, ¿no?”
“¿Me vas
a llevar?”
“Sí,
quedate tranquila que no me voy a olvidar”
Ese
sábado me desperté con Camilo que intentaba introducir la filosa uña del dedo
índice entre mis párpados. Ni bien abrí los ojos vi su cara, que me decía
“Mema, papá, mema”. Helena todavía dormía del otro lado de la cama. Ese es otro de los
secretos de la cofradía cuando Dolores está de viaje: dormimos los tres en mi
cama a patada limpia toda la noche.
“Papá:
¿hoy es sábado?”
“sí mi
amor”
“¡Hoy es
el cumple de Maca! ¡Huija!!!”
Uh. Sí.
“Huija”. Qué penal. Los cumpleaños son una especie de vía crucis que hay que
transitar. Las mamás charlan en grupitos a los que no podría ni querría
acoplarme. No me queda otra que ser un paria que anda detrás de ese enajenado
en el que se convierte mi pequeño hijo en estos acontecimientos.
Como
sabía que este cumpleaños era innegociable, me entregué mansamente y cerca del
mediodía ya tenía todo preparado para partir.
Macarena
vive en uno de los barrios cerrados más caros de la ciudad. Sortear la
seguridad de la entrada debería ser el examen final de los que hacen el curso
de Manejo de Ira. Como yo me prestaba a pasar el día casi lobotomizado, no me
importó demasiado la espera, el baúl, los menores, el DNI ni las
recomendaciones de velocidad máxima.
Al llegar
a la imponente casa me llamó la atención que había varios hombres de traje,
pero no le dí mayor importancia. La señorita que nos recibió nos preguntó el
apellido varias veces mientras paseaba su dedo por el Ipad donde figuraba la
lista de invitados.
“Señor,
¿puede estar ingresado con otro apellido? No lo encuentro en la lista”
A Helena
le empezaron a brotar unos lagrimones que rápidamente contagiaron a Camilo, que
colgaba de mi cuello junto con el bolso cambiador. El llanto a dúo llamó la
atención de los hombres de traje, como así también la de Mariana , la mamá de
Macarena, quien se acercó en tres zancadas.
“Hola”
nos dijo mientras nos miraba perpleja “Creo que se confundieron de día, hoy es
el cumple con la familia.
La idea era festejar mañana con los chicos”. Las lágrimas de
Helena ya mojaban el papel del regalo. Entonces Mariana siguió “Pero bueno, se
vinieron hasta acá, todo bien, pasen”.
Ahí
estaba yo, con dos niños vestidos de cumpleaños llorando a mares, cargado de
todas esas cosas que hay que llevar y tratando de ensayar una justificación
para mi imbecilidad. La escena que seguía era “uy, perdón, bueno me voy, vuelvo
mañana, me confundí” “no, en serio, quedate, no hay problema” “¿en serio no hay
problema?” “Pero no, ya están acá, pasen y disfruten que hay un montón de
sorpresas”. Son ese tipo de diálogos en los que a priori se sabe el resultado
pero las buenas costumbres dicen que hay que recrearlos igual. Obvio que no me
pensaba ir para tener que volver al día siguiente. ¿Qué podía cambiar?
Antes de
que me diera cuenta, Helena ya se había disparado y saltaba junto a Macarena en
un castillo inflable de proporciones bíblicas. Camilo seguía prendido a mí como
una garrapata, así que me dispuse a recorrer el parque en busca de algo que le
llamara la atención; en el mejor de los casos, una animadora.
El
despliegue era impresionante, diría que excesivo. Hacía mucho que no iba a
cumpleaños infantiles porque, claro, de eso se ocupa Dolores. De manera que no
sabía bien si este era el nuevo Standard de cumpleaños o solamente una
excepción. Esto de a ratos me inquietaba porque no faltaba mucho para el cumple
de los míos y no tenía pensado desembolsar esa suma de dinero en cotillón,
payasos, animadoras, maquilladoras, castillos, kermés, disfraces y plaza
blanda. Mientras pensaba en esto, se acercó una moza con una larga bandeja de
bocaditos que saboree uno atrás de otro. Esto también me pareció particular:
hasta donde yo sabía, en los cumpleaños se come papas fritas y esas cosas.
Empecé a tratar de recordar a qué se dedicaba el padre de Macarena, pero creo
que nunca lo había indagado.
Caminé un
poco más y me pareció ver de lejos que estaba Silvio Soldán. Sí, era él. Estaba
“animando” a los grandes con juegos a lo “Feliz Domingo Para la Juventud”.
¿Cuánto cobrará este tipo por venir a hacer este tipo de presentaciones? El
Excel de la fiestita de cumpleaños cada vez me cerraba menos. Empecé a prestar
más atención a las caras en la
fiesta. No eran el tipo de caras que uno ve todos los días en
el súper, o a la salida del colegio, o en la oficina. La verdad es
que no podía decir a dónde pertenecía esta gente, pero había un par que tenían
cara de funcionario público. Me dio un poco de remordimiento no prestarle
atención a la sección política del diario. Lo único que era capaz de memorizar
eran las caras de los jugadores de cualquier deporte.
Camilo ya
iba por el segundo algodón de azúcar que preparaban en un puestito cuando
ocurrió lo inevitable: “papá caca”. Si el olor no hubiera sido tan inocultable
le hubiera dicho “aguantá un poquito hasta que lleguemos a casa”. Pero la
verdad es que no se podía estar. Seguramente no le habían caído bien las tres
bolsitas de garrapiñada que había engullido más temprano.
Busqué
con la mirada a Mariana, quien de alguna manera extrasensorial adivinó mi cara,
o la del niño, y nuevamente se acercó en tres zancadas.
“¿Necesitás
cambiarlo? Pasá por acá. Ahora le digo a Mónica que te acompañe”
Agradeciendo
y tratando de agradar, seguí a Mónica, que a esta altura del Excel debería ser
una asistente personal o algo así.
Entramos
por las puertas ventana del living, donde estaban congregados muchos señores de
traje tomando whisky. Pasé raudamente con un casi imperceptible “permiso” para
no dejar la estela de lo que traía abordo. Mónica me mostró un playroom en la planta baja equipado con
todo lo que un niño puede necesitar a lo largo de su desarrollo. Desde
cambiador hasta X-box con Kinetic.
Terminada
la operación pañal y ya más relajado, salimos Camilo y yo caminando despacito
mirando un poco más los detalles de la casa. Había muchas pinturas, jarrones, esculturas
que alguien con idea podría haber valorado. Pero lo que captó mi atención fue
un cuadro de un metro de alto por 75
cm de ancho, más o menos, con la foto de alguien que me
resultaba conocido. Me quedé mirándolo hasta que algo en mi cerebro conectó y
dijo “Narbay”. Sí, era Alfonso Narbay: Me pareció que debía ser un detalle muy trendy, o Pop, o Kitsch, o no sé qué
poner a presidir la mesa del comedor principal una foto de un personaje así. Y
así fue como me encontró Mariana: absorto mirando la fotografía.
“¿Todo
bien?”
“Sí,
gracias, todo bien. Un lujo ese playroom,
me quedaría jugando con la X-box”
Caminamos
unos pasos, y para amenizar, o tratar de parecer entendido le dije: “Qué Kitsch
queda ese cuadro en el comedor, es un buen toque de desenfado”
La
contestación fue rápida, dura y seca como un latigazo: “Es mi papá”.
“Ah” fue
lo mejor que pudo decir mi cerebro, mientras los hombres de traje, la
obscenidad del despilfarro y el día equivocado de mi presencia hacían una ronda
cantando en mi mente.
Me sentí
un poco mareado. Las imágenes de 11 años atrás, cuando Alfonso Narbay aparecía
en todos los noticieros por su inesperado suicidio me embargaban. ¿Dolores
sabría que Macarena era nieta de Narbay? ¿Qué se suponía que uno debía hacer
cuando su hija es la mejor amiga de la nieta de un empresario corrupto y
mafioso de la talla de Narbay?
Dí dos
pasos más exiliado en mis pensamientos y me llevé puesto a uno de los hombres
de traje y su pancho con Ketchup. La mancha roja se esparció rápidamente por mi
camisa blanca. Sentí que la presión me bajaba aún más y ni siquiera podía decir
“perdón”. El señor se dirigió hacia mí con esa clase de simpatía que aterra: “¡Uy
querido! No te preocupes, mirá, no me manché nada, pero vos parece que te
hubieran dado un balazo en el pecho”. Yo estaba inmóvil, sin dar crédito a este
rimbombante signo. Mónica me tomó de la mano y me condujo nuevamente hacia el
interior de la casa. Justo
antes de entrar reaccioné: “No dejá, Mónica, no pasa nada, ya nos estábamos por
ir, me la lavo en casa”. Mónica no dijo demasiado y cumplió mi voluntad. Lo
único que me faltaba era ver, VER, al suicidado de Narbay tomando whisky con
sus amigotes.
Empecé a
sentir que todos me miraban, que verdaderamente no tenía que estar ahí.
¿Cuántas ganas tendrían de matarme estos tipos? El cálculo me pareció
inverosímil, después de todo hacía unas horas yo no existía para esta gente y
estaba seguro que lo único que había visto de Narbay era su foto. Traté de
tranquilizarme y salí corriendo a buscarlo Camilo, que estaba yendo hacia el
río, donde terminaba la propiedad.
No sabía
si irme sin saludar o quedarme cumpliendo todas las estaciones del vía crucis.
Claramente se acercaba el momento de mayor riesgo de la fiesta: la torta. Si existía un
Narbay vivo, estaría en el momento de soplar las velitas de su nieta.
Me
costaba pensar con claridad. Sentía que no podía dominarme. Había quedado del
lado del río y la salida quedaba justo después del lugar donde a velocidad
trueno ya había armado la mesa de la torta. No podía franquearlo. Me dirigí como
cordero a su degüello. Helena saltaba de la alegría y se puso al lado de
Macarena tomándola de la
mano. Yo imaginaba mis deudos llorando. La fiesta toda
cantaba el cumpleaños feliz mientras que la torta de cinco pisos de La Sirenita
sacaba chispas por un volcán submarino. Me tapé los ojos y me senté.
“¿Se
siente bien señor? ¿Necesita que lo lleven?”
La voz de
Mónica me recorrió la espalda como un chucho de frío.
“Estoy
perfecto. Estaba buscando algo en el piso. Y ya me voy porque tengo cosas
importantes que hacer”
“En ese
caso espere que le traigo los souvenirs”
Helena y
Camilo se reían porque iban casi en el aire, agarrados de mis manos, mientras
me dirigía a toda velocidad a la puerta de salida.
El hombre
apostado al lado de la señorita del Ipad me deseó “Buen Regreso” cuando salía.
¿Sería eso un mensaje mafioso pre-mortem? ¿Había alguien que me pudiera decir
cuánto tenía yo de sugestión y cuánto de principio de realidad?
Al llegar
a casa, primero dí una vuelta a toda la manzana. Como no vi
nada extraño abrí el portón y entramos. Inmediatamente cerré todo otra vez y
les dije a los chicos que no hacía falta subir las persianas porque enseguida
se iba a hacer de noche. Les pedí que jugaran en la cocina, que daba al patio
interno de la casa. Me
pasé toda la tarde esperando que balearan la casa.
Pasaron
un par de días y mi alerta no disminuía. Temí que mi vida no fuera a volver a
ser igual jamás. Cuando hablaba con Dolores trataba de disimular mi ansiedad y
no le conté nada por miedo a que las líneas estuvieran pinchadas. Veía autos
negros y tipos de traje y lentes oscuros por todos lados. Volví al Rivotril
porque sentí que los ataques de pánico me acechaban.
Charlé mi
situación con dos amigos. Uno me sugirió que me mudara a otro país. El otro me
dijo que era un paranoico, que fuera a la psicóloga, que abandonar terapia
había sido un gran error. Mi ánimo viajaba montado en ese péndulo entre la
incredulidad y el pavor. Faltaba solo un día para que volviera Dolores y la
esperaba como si ella fuera el antídoto para destrabar toda esta tensión. Tal
vez ella pudiera hablar con Mariana y garantizarle nuestra discreción hasta el
fin de nuestros días. Quizás no era buena idea mencionar “fin de nuestros
días”, sería incitador. Absoluta discreción era la promesa correcta; por algo
se usa esa expresión.
El día
que llegaba Dolores yo salí un poco antes de la oficina para recibirla en casa.
Estaba contento porque significaba un gran alivio para mí en todo sentido. Dejé
el auto lavando en el lavadero y recorrí las tres cuadras hasta mi casa
silbando. Había perfume a jazmines porque de a poco empezaba a entrar la
primavera.
Entonces
lo vi: un Citroën C4 negro estacionado en la puerta de mi casa. Cuatro personas
en su interior. Seguí acercándome. Mi
corazón tragaba y expulsaba sangre con violencia. Todo mi cuerpo temblaba.
Sentí el vértigo en mis vísceras.
Por más
de que lo intentara, mi vida nunca sería igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario