martes, 18 de septiembre de 2012

Feliz Cumpleaños



Entonces lo vi: un Citroën C4 negro estacionado en la puerta de mi casa. Cuatro personas en su interior. El parecido con el paradigma me dio escalofríos. Sin embargo, yo seguí acercándome. Pensé en su baúl, capaz de albergar bolsas de palos golf. O cadáveres.
Unos días antes, Dolores se estaba yendo de viaje. Cuando tenés hijos chicos que tu mujer se vaya unos días es un verdadero castigo. Ella es metódica, ordenada, práctica y deja todo organizado a prueba de idiotas. Pero como dice Tusam: puede fallar.
“Facundo, mirá, fijate que acá te estoy dejando las dosis de ibuprofeno para Camilo y para Helena. Si lo ves al gordo que se agita hacele un puff de Ventolín. Igual son unos mocos nada más, yo creo que el domingo van a poder ir al cumple de Macarena”
“¿qué Macarena?”
“¡Ay! ¡Facundo! Macarena, la amiguita de Helena, del otro cole, son íntimas. No se lo quiere perder por nada en el mundo así que no te olvides por favor. Acá te dejo la tarjeta de cumpleaños con la dirección. Igual vos sabés dónde queda la casa de Maca. El regalito está en el placard de entrada, no te lo olvides. Igual Helena se va a acordar. Abrigalos bien a los chicos.”
“Sí, querida”
“Acá te dejo todo anotado: los horarios, actividades después de clase y los teléfonos de las mamás amigas. No te olvides de revisar el cuaderno de comunicaciones todos los días. La bandera de bricolage que pidió la maestra de Helena, ya la hicimos, está en el escritorio, la tiene que llevar mañana.”
“Ok”
“Bueno, ahí está el remís. Cualquier cosa me llaman. Los voy a extrañar”
Entre besos y los quiero mucho, Dolores se subió al Santana gris plata mientras el remisero acomodaba las valijas en el asiento delantero ya que el baúl alojaba los tubos de gas.
Camilo no protestó mucho. Tiene esa inconciencia feliz de tener 1 año y 2 meses. Para Helena, que tiene 6 años, es un poco más difícil porque la extraña mucho. De todos modos sabe que a la vuelta la valija siempre viene cargada de sorpresas, lo que hace mucho más fácil las cosas. En cuanto a mi…sí, la extraño. Todavía puedo decir que estoy enamorado de ella. Pero si tengo que ser sincero, lo que más extraño es su administración del hogar. La verdad es que hacemos la mitad de lo que ella deja escrito en todas esas tablas, excels y documentos Word. Pero así y todo quedo agotado. Ni loco los baño todos los días a los chicos y el cuaderno de comunicaciones lo miro antes de que ella llegue. Comemos salchichas prácticamente todos los días y un día antes de su arribo hago una monumental sopa con todas las verduras para que no se dé cuenta  de que jamás preparé una ensalada en su ausencia. El perro cuando tiene hambre me ladra y alguna vez se me murió un pececito, que repuse intempestivamente.
“Papá: ¿cuándo es el cumple de Maca?”
“Eh…el sábado me parece, ¿no?”
“¿Me vas a llevar?”
“Sí, quedate tranquila que no me voy a olvidar”

Ese sábado me desperté con Camilo que intentaba introducir la filosa uña del dedo índice entre mis párpados. Ni bien abrí los ojos vi su cara, que me decía “Mema, papá, mema”. Helena todavía dormía del otro lado de la cama. Ese es otro de los secretos de la cofradía cuando Dolores está de viaje: dormimos los tres en mi cama a patada limpia toda la noche.
“Papá: ¿hoy es sábado?”
“sí mi amor”
“¡Hoy es el cumple de Maca! ¡Huija!!!”
Uh. Sí. “Huija”. Qué penal. Los cumpleaños son una especie de vía crucis que hay que transitar. Las mamás charlan en grupitos a los que no podría ni querría acoplarme. No me queda otra que ser un paria que anda detrás de ese enajenado en el que se convierte mi pequeño hijo en estos acontecimientos.
Como sabía que este cumpleaños era innegociable, me entregué mansamente y cerca del mediodía ya tenía todo preparado para partir.
Macarena vive en uno de los barrios cerrados más caros de la ciudad. Sortear la seguridad de la entrada debería ser el examen final de los que hacen el curso de Manejo de Ira. Como yo me prestaba a pasar el día casi lobotomizado, no me importó demasiado la espera, el baúl, los menores, el DNI ni las recomendaciones de velocidad máxima.
Al llegar a la imponente casa me llamó la atención que había varios hombres de traje, pero no le dí mayor importancia. La señorita que nos recibió nos preguntó el apellido varias veces mientras paseaba su dedo por el Ipad donde figuraba la lista de invitados.
“Señor, ¿puede estar ingresado con otro apellido? No lo encuentro en la lista”
A Helena le empezaron a brotar unos lagrimones que rápidamente contagiaron a Camilo, que colgaba de mi cuello junto con el bolso cambiador. El llanto a dúo llamó la atención de los hombres de traje, como así también la de Mariana, la mamá de Macarena, quien se acercó en tres zancadas.
“Hola” nos dijo mientras nos miraba perpleja “Creo que se confundieron de día, hoy es el cumple con la familia. La idea era festejar mañana con los chicos”. Las lágrimas de Helena ya mojaban el papel del regalo. Entonces Mariana siguió “Pero bueno, se vinieron hasta acá, todo bien, pasen”.
Ahí estaba yo, con dos niños vestidos de cumpleaños llorando a mares, cargado de todas esas cosas que hay que llevar y tratando de ensayar una justificación para mi imbecilidad. La escena que seguía era “uy, perdón, bueno me voy, vuelvo mañana, me confundí” “no, en serio, quedate, no hay problema” “¿en serio no hay problema?” “Pero no, ya están acá, pasen y disfruten que hay un montón de sorpresas”. Son ese tipo de diálogos en los que a priori se sabe el resultado pero las buenas costumbres dicen que hay que recrearlos igual. Obvio que no me pensaba ir para tener que volver al día siguiente. ¿Qué podía cambiar?
Antes de que me diera cuenta, Helena ya se había disparado y saltaba junto a Macarena en un castillo inflable de proporciones bíblicas. Camilo seguía prendido a mí como una garrapata, así que me dispuse a recorrer el parque en busca de algo que le llamara la atención; en el mejor de los casos, una animadora.
El despliegue era impresionante, diría que excesivo. Hacía mucho que no iba a cumpleaños infantiles porque, claro, de eso se ocupa Dolores. De manera que no sabía bien si este era el nuevo Standard de cumpleaños o solamente una excepción. Esto de a ratos me inquietaba porque no faltaba mucho para el cumple de los míos y no tenía pensado desembolsar esa suma de dinero en cotillón, payasos, animadoras, maquilladoras, castillos, kermés, disfraces y plaza blanda. Mientras pensaba en esto, se acercó una moza con una larga bandeja de bocaditos que saboree uno atrás de otro. Esto también me pareció particular: hasta donde yo sabía, en los cumpleaños se come papas fritas y esas cosas. Empecé a tratar de recordar a qué se dedicaba el padre de Macarena, pero creo que nunca lo había indagado.
Caminé un poco más y me pareció ver de lejos que estaba Silvio Soldán. Sí, era él. Estaba “animando” a los grandes con juegos a lo “Feliz Domingo Para la Juventud”. ¿Cuánto cobrará este tipo por venir a hacer este tipo de presentaciones? El Excel de la fiestita de cumpleaños cada vez me cerraba menos. Empecé a prestar más atención a las caras en la fiesta. No eran el tipo de caras que uno ve todos los días en el súper, o a la salida del colegio, o en la oficina. La verdad es que no podía decir a dónde pertenecía esta gente, pero había un par que tenían cara de funcionario público. Me dio un poco de remordimiento no prestarle atención a la sección política del diario. Lo único que era capaz de memorizar eran las caras de los jugadores de cualquier deporte.
Camilo ya iba por el segundo algodón de azúcar que preparaban en un puestito cuando ocurrió lo inevitable: “papá caca”. Si el olor no hubiera sido tan inocultable le hubiera dicho “aguantá un poquito hasta que lleguemos a casa”. Pero la verdad es que no se podía estar. Seguramente no le habían caído bien las tres bolsitas de garrapiñada que había engullido más temprano.
Busqué con la mirada a Mariana, quien de alguna manera extrasensorial adivinó mi cara, o la del niño, y nuevamente se acercó en tres zancadas.
“¿Necesitás cambiarlo? Pasá por acá. Ahora le digo a Mónica que te acompañe”
Agradeciendo y tratando de agradar, seguí a Mónica, que a esta altura del Excel debería ser una asistente personal o algo así.
Entramos por las puertas ventana del living, donde estaban congregados muchos señores de traje tomando whisky. Pasé raudamente con un casi imperceptible “permiso” para no dejar la estela de lo que traía abordo. Mónica me mostró un playroom en la planta baja equipado con todo lo que un niño puede necesitar a lo largo de su desarrollo. Desde cambiador hasta X-box con Kinetic.
Terminada la operación pañal y ya más relajado, salimos Camilo y yo caminando despacito mirando un poco más los detalles de la casa. Había muchas pinturas, jarrones, esculturas que alguien con idea podría haber valorado. Pero lo que captó mi atención fue un cuadro de un metro de alto por 75 cm de ancho, más o menos, con la foto de alguien que me resultaba conocido. Me quedé mirándolo hasta que algo en mi cerebro conectó y dijo “Narbay”. Sí, era Alfonso Narbay: Me pareció que debía ser un detalle muy trendy, o Pop, o Kitsch, o no sé qué poner a presidir la mesa del comedor principal una foto de un personaje así. Y así fue como me encontró Mariana: absorto mirando la fotografía.
“¿Todo bien?”
“Sí, gracias, todo bien. Un lujo ese playroom, me quedaría jugando con la X-box”
Caminamos unos pasos, y para amenizar, o tratar de parecer entendido le dije: “Qué Kitsch queda ese cuadro en el comedor, es un buen toque de desenfado”
La contestación fue rápida, dura y seca como un latigazo: “Es mi papá”.
“Ah” fue lo mejor que pudo decir mi cerebro, mientras los hombres de traje, la obscenidad del despilfarro y el día equivocado de mi presencia hacían una ronda cantando en mi mente.
Me sentí un poco mareado. Las imágenes de 11 años atrás, cuando Alfonso Narbay aparecía en todos los noticieros por su inesperado suicidio me embargaban. ¿Dolores sabría que Macarena era nieta de Narbay? ¿Qué se suponía que uno debía hacer cuando su hija es la mejor amiga de la nieta de un empresario corrupto y mafioso de la talla de Narbay?
Dí dos pasos más exiliado en mis pensamientos y me llevé puesto a uno de los hombres de traje y su pancho con Ketchup. La mancha roja se esparció rápidamente por mi camisa blanca. Sentí que la presión me bajaba aún más y ni siquiera podía decir “perdón”. El señor se dirigió hacia mí con esa clase de simpatía que aterra: “¡Uy querido! No te preocupes, mirá, no me manché nada, pero vos parece que te hubieran dado un balazo en el pecho”. Yo estaba inmóvil, sin dar crédito a este rimbombante signo. Mónica me tomó de la mano y me condujo nuevamente hacia el interior de la casa. Justo antes de entrar reaccioné: “No dejá, Mónica, no pasa nada, ya nos estábamos por ir, me la lavo en casa”. Mónica no dijo demasiado y cumplió mi voluntad. Lo único que me faltaba era ver, VER, al suicidado de Narbay tomando whisky con sus amigotes.
Empecé a sentir que todos me miraban, que verdaderamente no tenía que estar ahí. ¿Cuántas ganas tendrían de matarme estos tipos? El cálculo me pareció inverosímil, después de todo hacía unas horas yo no existía para esta gente y estaba seguro que lo único que había visto de Narbay era su foto. Traté de tranquilizarme y salí corriendo a buscarlo Camilo, que estaba yendo hacia el río, donde terminaba la propiedad.
No sabía si irme sin saludar o quedarme cumpliendo todas las estaciones del vía crucis. Claramente se acercaba el momento de mayor riesgo de la fiesta: la torta. Si existía un Narbay vivo, estaría en el momento de soplar las velitas de su nieta.
Me costaba pensar con claridad. Sentía que no podía dominarme. Había quedado del lado del río y la salida quedaba justo después del lugar donde a velocidad trueno ya había armado la mesa de la torta. No podía franquearlo. Me dirigí como cordero a su degüello. Helena saltaba de la alegría y se puso al lado de Macarena tomándola de la mano. Yo imaginaba mis deudos llorando. La fiesta toda cantaba el cumpleaños feliz mientras que la torta de cinco pisos de La Sirenita sacaba chispas por un volcán submarino. Me tapé los ojos y me senté.
“¿Se siente bien señor? ¿Necesita que lo lleven?”
La voz de Mónica me recorrió la espalda como un chucho de frío.
“Estoy perfecto. Estaba buscando algo en el piso. Y ya me voy porque tengo cosas importantes que hacer”
“En ese caso espere que le traigo los souvenirs”
Helena y Camilo se reían porque iban casi en el aire, agarrados de mis manos, mientras me dirigía a toda velocidad a la puerta de salida.
El hombre apostado al lado de la señorita del Ipad me deseó “Buen Regreso” cuando salía. ¿Sería eso un mensaje mafioso pre-mortem? ¿Había alguien que me pudiera decir cuánto tenía yo de sugestión y cuánto de principio de realidad?
Al llegar a casa, primero dí una vuelta a toda la manzana. Como no vi nada extraño abrí el portón y entramos. Inmediatamente cerré todo otra vez y les dije a los chicos que no hacía falta subir las persianas porque enseguida se iba a hacer de noche. Les pedí que jugaran en la cocina, que daba al patio interno de la casa. Me pasé toda la tarde esperando que balearan la casa.

Pasaron un par de días y mi alerta no disminuía. Temí que mi vida no fuera a volver a ser igual jamás. Cuando hablaba con Dolores trataba de disimular mi ansiedad y no le conté nada por miedo a que las líneas estuvieran pinchadas. Veía autos negros y tipos de traje y lentes oscuros por todos lados. Volví al Rivotril porque sentí que los ataques de pánico me acechaban.
Charlé mi situación con dos amigos. Uno me sugirió que me mudara a otro país. El otro me dijo que era un paranoico, que fuera a la psicóloga, que abandonar terapia había sido un gran error. Mi ánimo viajaba montado en ese péndulo entre la incredulidad y el pavor. Faltaba solo un día para que volviera Dolores y la esperaba como si ella fuera el antídoto para destrabar toda esta tensión. Tal vez ella pudiera hablar con Mariana y garantizarle nuestra discreción hasta el fin de nuestros días. Quizás no era buena idea mencionar “fin de nuestros días”, sería incitador. Absoluta discreción era la promesa correcta; por algo se usa esa expresión.
El día que llegaba Dolores yo salí un poco antes de la oficina para recibirla en casa. Estaba contento porque significaba un gran alivio para mí en todo sentido. Dejé el auto lavando en el lavadero y recorrí las tres cuadras hasta mi casa silbando. Había perfume a jazmines porque de a poco empezaba a entrar la primavera.
Entonces lo vi: un Citroën C4 negro estacionado en la puerta de mi casa. Cuatro personas en su interior. Seguí acercándome.  Mi corazón tragaba y expulsaba sangre con violencia. Todo mi cuerpo temblaba. Sentí el vértigo en mis vísceras.
Por más de que lo intentara, mi vida nunca sería igual.

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