Como
todas las tardes Raúl saludó al chofer del 28 y se dispuso a emprender la
tediosa vuelta a casa. La
General Paz le regalaba un atardecer lleno de pinceladas
rosas que le hizo acordar a su señora y por ésta razón decidió ignorarlo. Muy
lentamente fue recorriendo cada kilómetro inmerso en el sopor del largo viaje.
Todos los días el mismo camino, el mismo trabajo y al llegar a casa la misma
escena: sacarse los zapatos y acomodarlos prolijamente debajo de un banquito,
calzarse los patines de crochet y deslizarse hacia el baño para lavarse las
manos, la cara y sacarse la
camisa. Entonces aparecía Nora, con o sin ruleros, acompañada
por Pinky recitando las novedades y reclamos del día.
Raúl
podía no escucharla durante horas, pero igualmente le molestaba. Había
desarrollado algunas rutinas para mejorar la convivencia como por ejemplo la de
tirarse en el sillón con una cerveza y decir “Si un hombre que trabaja no puede
tomarse su litrito de cerveza cuando llega a casa…la humanidad está perdida”. Esto
crispaba a Nora, quien en primer lugar detestaba que su sillón de rositas
rococó, con almohadones en macramé y cubrebrazos en composé se viera avasallado
por esa humanidad. Pinky, fiel emisaria de Nora, le dedicaba dos o tres
ladridos agudos, se daba media vuelta y se metía en la cocina.
“La llevé
a la peluquería nueva a Pinky para que le hagan un corte para el concurso. ¿No
la dejaron hermosa? Le limaron las uñas, le cortaron el pelo, le pusieron un
shampoo que es un poco más caro, pero te digo que vale la pena invertir, porque
mirá cómo quedó: no hay un solo rulito que no destelle. Además me pareció mucho
mejor que la otra peluquería. ¿Te acordás cómo le dejaron el flequillo la otra
vez? Unos criminales…En la de ahora me ofrecieron hacerle una limpieza completa
de dientes, que estaba en promoción y te regalaban el fluor sabor carne. Ni lo
dudé. Pinky se lo merece. Además yo creo que esta vez tiene chances de ganar
algún premio. Si no ganó antes fue porque el entrenador era un charlatán.”
Raúl
recorrió los canales de deportes y Nora continuó: “A mi me cambió la vida leer
el libro “Secretos del Caniche” y te garantizo que Pinky es otra perra desde
que utilizo su método. Yo creo que esta vez se va a comportar como una reina en
el certamen. No como aquélla vez que le dejó el regalito al juez justo cuando
estaba haciendo la demostración de estilo. ¿Raúl? ¿Me estás escuchando?”. Y sin
esperar contestación, suplicó en tono pueril “¿Me vas a llevar en el coche al
concurso? Pinky se pone muy nerviosa, se altera cuando vamos en remís, y yo
quiero que esté tranquila, así se luce.”
“¿Y dónde
es esto?”
“En el
Rotary Club de Haedo. ¿Te acordás que fuimos hace algunos años al Baile del
Reencuentro y la Amistad? Qué manera de haber viejos arruinados. Por suerte la
pizza estaba rica, pero cómo mezquinaron el bombón suizo. Lo tenías que
interceptar al mozo ni bien salía de la cocina para agarrar uno.”
“Ah”
Raúl pasó
las siguientes horas echado en el sillón tratando de ver programas de
televisión en los que se comenta sobre lo que se comenta que se comentó en el
futbol mientras Nora continuaba con su monólogo, en una especie de montaña rusa
de agudos y graves.
Cuando lo
llamó a comer, Raúl fue al baño a hacer pis, cosa que hacía sentado por pedido
de Nora para que no salpicara lo que ella había limpiado con tanto esmero. Notó
que el cubreinodoro y el cubrebidet ahora eran de color naranja y había unos
palitos con aceite debajo del espejo. Acto seguido apareció la cabeza de Nora
por la puerta cuando todavía estaba sentado en el inodoro “¿Viste qué lindos?”
canturreó melodiosamente. “En la clase de astrología dijeron que según el Feng
Shui el color naranja te ayuda a evacuar mejor y como yo siempre estoy seca de
vientre, ni lo dudé, fui derecho a comprarlos.” Se quedó mirándolo como
esperando esa aprobación que nunca llegaba. Entonces siguió “Lo que te quería
avisar es que tengas cuidado con el aceite de aromaterapia que compré, que
también es naranja porque es energizante, que no se te vaya a volcar. Mirá que
lo dudé y lo dudé antes de comprarlo porque ya me imaginaba que lo ibas a
volcar y sería un en-chas-tre, pero me lo recomendó tanto la vendedora que le
hice caso, viste?”.
Se
sentaron a comer con un humorista que desde la tele intentaba hacerlos reír.
Raúl no podía quejarse de la comida que le hacía Nora, y menos desde que existía
Utilísima. Cocinaba rico y eso le sumaba un poroto que valía por varios de los
que tenía en la parte negativa de la balanza.
Mientras
Raúl terminaba los tomates rellenos, Nora ensayaba todo lo que le iba a decir
en la cara a “esa chusma que se mudó a la vuelta, que no hace más que escuchar
cumbia todo el día. Hay que ver cómo salen las mocosas con los jeans clavados
en la cola. De
un momento a otro a éstas las embarazan. ¡Ja! Y chau cumbia a todo volumen.”
Tomaron
licor de huevo que Nora había aprendido a hacer en el Taller Municipal de Amas
de Casa y mientras ella terminaba de acomodarle la cama y los juguetes a Pinky,
Raúl se fue a la
habitación. Ni bien entró vio un ángel de yeso, pintado en
dorado que lo miraba desde arriba de la cama.
“¡Nora! Pero
por Dios esta mujer” se quejó sin mucho ahínco “¿qué es este pendejo en
pelotas?”
“¡Ay! ¿No
es una belleza?”
“No”
“Es un
Querubín, para que nos cuide mientras dormimos. Pero es un Querubín Morontial, el
grado más alto, coordinan la energía física y espiritual. Tienen que ver con
todo el tema de los canales de las esferas morontiales, viste?” instruyó Nora
de manera casi exacta. Justo de la manera que más irritaba a Raúl.
“Algún
día te vas a dejar de gastar la plata en estupideces?”
“¡Raúl!”
sollozó Nora con un tono aniñado que avergonzaba hasta los photus “No seas así
de cruel. Estas cosas son importantes para mi”. Sacó un pañuelito bordado del
bolsillo y se lo pasó por la cara seca.
Entonces Raúl,
enceguecido por años de furia contenida, la tomó por el cuello y comenzó a
ahorcarla, zarandeándola fuertemente mientras que a Nora se le ahogaban los
alaridos. Entre los vaivenes de la lucha fueron tirando veladores, querubines y
todas las plantas que colgaban desde sus macetas plásticas. Una vez que cayó
desmayada por la hipoxia, la pateó duramente a la altura de los riñones para
luego darse vuelta e ir por su segunda víctima.
Cuando
Raúl por fin terminó con la fantasía que le provocaba una suerte de éxtasis
reivindicador, se puso su pijama a cuadros y se acostó en la cama.
Ese
sábado, Nora andaba desde temprano haciendo ruido. Estaba muy ansiosa con lo
del concurso. Difícilmente podría tolerar irse con las manos vacías, sin si
quiera una mención para su adorada Pinky. Mientras tanto, Raúl disfrutaba el
frescor de la mañana en pijama, bata y pantuflas en el patio. Le puso alpiste a
las cotorritas y se sobresaltó un poco al escuchar el timbre.
“¿Quién
será?”
“Es
Stella Maris, que viene con nosotros al concurso porque le dije que esta vez
seguro Pinky saca premio”
“Será de
Dios” resopló Raúl juntando las manos a la altura del pecho, tal vez orando
para que le sea concedida alguna gracia. O desgracia.
Stella
Maris era amiga de Nora hacía añares. Era una mujer aburrida, sola y triste.
Padecía todo tipo de tragedias, al punto que Raúl la consideraba mufa y no
dejaba de tocarse el huevo izquierdo en su presencia. Su conversación ahondaba
en detalles que a nadie le podían importar, siempre en el mismo tono apagado de
voz y relatando todo tipo de historias asociadas a un final infeliz. Stella
Maris no era mala, pero no podía dejar de ser como era.
Se
acomodaron en el Dodge 1500 y allá partieron el hombre, las dos mujeres y el
can, compartiendo una charla sobre porcelana fría.
Al entrar
al recinto del Rotary a Nora se le heló la sangre: había 6 caniches
inmaculadamente esquilados. Se mordió los labios y masticó ira. Evidentemente
este concurso tenía más nivel que los anteriores. Nora no se había animado a
esquilarla a Pinky en la peluquería nueva, por lo que solo le había hecho un
lindo corte. Pero claro, no había nada que hacer contra un caniche esquilado,
que acentuaba aún más la exuberancia de sus rizos en la cabeza, cola, pies y
manos. Por un momento Nora sintió que iba a derrumbarse, pero una fuerza
interior, quizás la de los querubines y serafines, la impulsó a ponerse en pie
de lucha para conseguir aquello que la desvelaba.
Raúl
ubicó una mesa lejos de donde todo acontecía y se echó allí con el Olé,
sabiendo que leería hasta las noticias de Hockey sobre césped masculino. Cada
tanto levantaba la vista para ver si Pinky seguía en carrera. Lo habitual era
que no pasara de segunda ronda, por lo que el plan terminaba antes del
mediodía. Sin embargo, se hicieron las doce y Pinky estaba ahí, rodeada de unos
esbeltos ejemplares esquilados. “qué raro” pensó Raúl, e inmediatamente después
le pareció ver a Nora pellizcando al juez del concurso. Se había desabrochado
dos botones de la blusa, y sus fenomenales pechos balconeaban desde allí.
“¿Será posible? En mi propia cara. Yo soy un boludo”. Raúl comenzaba a levantar
vueltas, pero los siguió observando. El juez era un hombre alto, canoso, con un
poco de panza y no disimulaba su orgullo por tener el saco de paño verde inglés
y la corbata de la Asociación de Criadores que le daba el poder sobre la competencia. Los
bigotes tupidos, invadiendo el labio superior, le procuraban cierto disimulo a
las risitas que intercambiaba con Nora. Raúl se estaba sulfatando y en el
momento que puso sus manos sobre los apoya brazos de la silla de plástico para
levantarse comprendió que las oportunidades se presentan como quieren y no como
uno las había imaginado.
Nora vio
que Raúl se acercaba con gesto amargo y se le congeló la expresión, esa que la
hacía tan parecida a Lolita Torres. Pinky quedó con la manito suspendida en el
aire, como si apoyarla significara detonar una bomba. Stella Maris hizo un paso
para atrás y se aprestó a sumar una nueva crónica.
“¡Pucha!
Qué mala pata. Me acaba de llamar Tito, el vecino de atrás, para avisarme que
se debe haber roto el automático y el tanque está rebalsando. Es un desastre,
cae agua por el techo y ya está medio inundado el patio. Si no rajo ya, va a
entrar agua en la casa. Si
no llego a buscarte, seguro que alguien las puede acercar, no?”. Con un
movimiento sincronizado de cabeza-ojos-cejas hacia donde estaba el juez y con
el labio inferior un poco hacia fuera terminó el comunicado. Sin dar tiempo a
nada, se escabulló entre dueñas, entrenadores y representantes caninos.
De
regreso a casa paró en un altar del Gauchito Gil en San Justo. El sol brillaba
espléndidamente sobre los banderines y ofrendas. Respiró hondo un par de veces,
haciendo entrar la mayor cantidad de aire fresco con un leve olor a eucalipto
en sus pulmones. Sacó de su bolsillo la correa de charol rojo de Pinky y se la
ofreció al venerado bandido rural para que intercediera en lo que él ya
anticipaba como el principio del fin. Improvisó una oración con su deseo
acompañado de una argumentación. Luego prendió algunas velas que otros habían
ofrendado y por último un cigarrillo. El humo lo fue relajando hasta que afloró
un sentimiento nuevo: la
ilusión. Abrazado a ella la celebró con una petaca que tenía
olvidada en la guantera del auto.
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