martes, 18 de septiembre de 2012

Un Señor de Mocasines



A Jorge su mujer lo martirizaba día y noche. No podía probar un pedacito de salame sin que Susana empezara con su tanguito “Jorge, por favor, mirá la panza que tenés ¿no podés comer aceitunas en vez de darle sin piedad al fuet?”. Si se tiraba un rato a ver tele, aparecía la voz desde la cocina entonando “Jorge, vos tendrías que salir a caminar, te acordás lo que te dijo el doctor ¿no?”. Y si se prendía un pucho, Susana resoplaba. A Jorge las letanías le entraban por un oído y le salían por el otro. Ni se le ocurría confrontar sabiendo que jamás iba a tener razón. De vez en cuando, si estaba un poco cruzado, le contestaba a Susana “¿Me podés dejar comer tranquilo?”, a lo que invariablemente Susana respondía “vas a reventar, un día vas a reventar”. Así era la vida de Jorge y Susana.
Y sucedió que reventó. Un lunes a la mañana se terminaba de duchar cuando empezó a sentir un elefante que cómodamente apoyaba el trasero en el pecho de Jorge. Lo supo de inmediato y, claro, la fue a buscar a Susana. Ella lo miró y entendió todo. Quiso retarlo una vez más, y por unos segundos puede ser que lo haya odiado. Pero como Susana era eminentemente práctica, llamó a la ambulancia y se lanzó a la vorágine sin mediar demasiadas reflexiones.
El ulular de la sirena y la ambulancia a fondo. Un médico con ambo verde agua que le convida unas pastillitas y unas bocanadas de oxígeno. Todo el contenido de la unidad móvil se mece hacia el un lado y el otro. También está el tránsito, las bocinas y el médico que llama por radio a una clínica. Jorge mira a Susana a los ojos y se siente como un pez recién pescado, que boquea en ese ambiente seco que no es el suyo. El dolor es inconmensurable. Se pregunta una y otra vez si este es el fin. El elefante patalea en su pecho como si él lo pudiera resistir. El brazo izquierdo y la mandíbula se hacen eco y repiten el dolor. Susana le tiene la mano y lo mira absorta. El médico trata de colocarle una vía endovenosa al compás del vaivén de la ambulancia. Pincha una carajo, pincha dos mierda, y pincha tres la puta. Finalmente lo consigue y festeja su insignificante victoria. La llegada a la clínica no es menos violenta. La camilla choca en todos lados. Choca la pared, choca la puerta del ascensor, choca la gente, choca una puerta que se abre. Susana queda atrás y cierto revuelo también. Ahora es él y todos ésos vestidos de verde claro que están tan ocupados enchufándolo a todo tipo de aparato que no lo quieren mirar a los ojos. Y por suerte el dolor se va. Lo invade una sensación de liviana plenitud y recobra la percepción de los sentidos. Está agotado, cierra los ojos y descansa.
Pasó casi una hora antes de que Jorge se despertara. Una enfermera escribía algo en lo que probablemente fuera su historia clínica.
“Mirá, yo me quiero ir, pero me quiero ir ya”
La enfermera ni lo miró y siguió escribiendo. Jorge pensó en la cantidad de veces que la enfermera habría escuchado a los pacientes decir eso.
“Yo soy abogado, y en plena facultad de mis capacidades te digo que me quiero ir. Ya está, ya estoy bien, ya pasó, fue un susto ¿dónde hay que firmar?”
La enfermera, impávida, le dedicó una mirada vacía y dejó el papel al lado de él. Sin decir palabra se retiró de la habitación. Jorge tomó el papel, ensayó mentalmente algunas oraciones rimbombantes para impresionar a quien leyera con la vehemencia de su decisión. Luego las escribió como si estuviera redactando el discurso de Martin Luther King, firmó apretando bien la birome contra el papel y se dispuso a vestirse.
Al salir al hall donde aguardaban los familiares vio a Susana llorando junto a Rodrigo, el mayor de sus hijos, Paola, la del medio, y Mariela, la menor. No supo bien qué decir. La situación era algo extraña. No sabía si iba a recibir un escarmiento o palabras llenas de gratitud. Jorge entendió que el ambiente estaba tenso y que en cierta medida algo de responsabilidad tenía. Como buen abogado, leyó la situación y se llamó al silencio recordando esa frasecita de los detenidos.
Jorge se subió al auto con Susana y sin ofrecer resistencia se sentó del lado del acompañante, algo que no hacía nunca. Ni bien arrancaron Jorge notó una vez más cómo lloraba Susana y se vió obligado a decir algo.
“Bueno Susana, ya está, fue un susto. Estoy acá”
Susana seguía llorando y mientras manejaba trataba de sacar unos pañuelos de la guantera.
“Está bien. Voy a hacer caso: mañana me anoto en el gimnasio y empiezo la dieta”
Susana lloraba ruidosamente. Desconsolada. Se sonaba la nariz y se secaba las lágrimas con los puños del sweater.
“Susana, yo no te digo que mañana voy a ser Indra Devi, pero creeme que de a poco voy a cambiar, el futuro viene de a un día por vez”
Jorge siguió argumentando, con las manos sobre su falda y mirando al frente, pero nada parecía suficiente.
Al llegar a la casa, Jorge se fue a descansar a su cuarto. En realidad se quería ir a trabajar, pero le pareció una buena jugada que lo vieran asumiéndose enfermo y guardando cama por ello. Se recostó y enseguida buscó el celular en su bolsillo. Lo primero era avisarle a su secretaria, Miriam, que suspendiera las reuniones. Luego recordó que a las seis tenía que verse con el cliente de la petrolera y le pareció demasiado cancelar esa reunión también. Mientras pensaba su plan de contingencia y eventual escape de su casa, trataba sin éxito de llamar a Miriam. “Bueno, será que estoy incomunicado”. Cayó en la cuenta que era la segunda vez que se comparaba a un detenido, y tal vez lo fuera.
A la tarde emergió de su habitación un poco soñoliento todavía. El silencio de la casa habitaba cada rincón de ella. Todos se habían ido y lo habían dejado solo y convaleciente. Seguramente estaban más enojados de lo que él suponía. “Ya se les va a pasar”. Se preparó un Aperol y se sentó a leer el diario en la galería.
Eran casi las diez de la noche y aún no llegaban. El escarmiento era decididamente excesivo. Él no se merecía semejante reacción. ¿Quién se creían éstos? Qué increíble que hubiera llegado a la edad en que los hijos retan a los padres. Mientras dialogaba con sí mismo dándose la razón en todo, se preparó una sopa de municiones que tomó rápidamente. El día tenía que terminar de una buena vez, por lo que se fue a la cama.
Al día siguiente, escuchó que todos andaban preparando algo desde temprano. El clima emocional seguía siendo malo, tirando a muy malo. Tanto, que no le dieron ganas de salir de la cama hasta las once de la mañana. Cuando apareció en la cocina vió que sus hijos se estaban yendo y que Susana estaba por poner la alarma de la casa.
“¿Pero se volvieron locos ustedes? ¿Me piensan expulsar de la familia?”
Susana dio un largo suspiro mirando todo alrededor. Seguramente quería decir algo, pero la embargaba la amargura. Luego, con la voz quebrada pronunció “Jorge, Jorge…acompañanos”.
Obediente, se metió en el auto, otra vez en el asiento del acompañante. Esta vez no intentó decir nada ya que estaba un poco molesto con todo este juego de sumisión que le proponía su familia.
Al llegar a la marina de San Isidro donde guardaban la lancha se asombró de que hubieran organizado ese programa con toda la familia entre semana. Allí los esperaban un grupo de familiares y amigos reducido pero muy íntimo.
“¿será idea de Paola todo esto? Pensó Jorge. Paola era la que siempre se encargaba de armar fiestas sorpresas, homenajes, videos familiares, etc. Era muy creativa y probablemente le fuera encargado organizar una actividad por lo que había pasado el día anterior.
Como nadie hablaba, decidió tomar la misma actitud. El ruido ondulante del motor fuera de borda los puso en un estado de semiconciencia. El viento fresco les secaba la cara. Cruzaron el San Antonio y se internaron por los canales, que se iban haciendo cada vez más anónimos. Cada uno iba en lo suyo.
Cuando empezó a divisar el muelle de su casa le llamó la atención que los estuviera esperando el párroco, Augusto.
“No me digas que todo esto para hacer una misa en acción de gracias” murmuró Jorge, que a esta altura de las circunstancias tenía muchas ganas de dejar de obedecer y mandarlos a todos a otra parte.
Al bajar de la lancha, Susana lo abrazó a Augusto, y detrás de ella los hijos, todos llorando. Jorge no supo qué pensar. Entre sollozos, Susana alcanzó a decir “Él fue tan feliz acá”.
Jorge una vez más miró la escena y súbitamente todo tuvo sentido. Asistir al propio funeral en principio debería ser algo muy fuerte para quien lo experimenta. Pero gracias a la causalidad, carecer de carnadura hace que las emociones y sensaciones no puedan ser sentidas porque básicamente no hay con qué sentirlas. Es decir, se estaba enterando de su propia muerte como si estuviera leyendo en el diario que había muerto un hombre en un naufragio en Timor.
Jorge estaba petrificado, tratando de repasar las últimas horas, comprendiendo su situación y encima completamente desafectado a la misma. Esto era realmente novedoso. Notó que tampoco había tenido sensaciones en todas aquéllas horas transcurridas. Muerto, muerto, lo que se dice muerto. Pero dónde estaba su cuerpo, el que iban a enterrar ¿en el jardín de su casa? La respuesta fue tan rápida como la construcción lógica: un frasco de vidrio contenía cenizas y esos pequeños restos óseos que resisten el horno de cremación.
Jorge miró la cara de cada uno de los presentes. “Al menos parece que me querían” reflexionó. El Padre Augusto dijo una palabras muy lindas como para que lo recordaran por sus cosas buenas. Luego habló de los cielos y el descanso eterno, lo que desencadenó en Jorge una segunda ola de construcciones lógicas “¿no debería estar en el cielo ya? ¿Será que no califico? Aunque sea charlando con San Pedro... ¿tan mal hice las cosas? ¿Estaré peleando la promoción?”
El grupo rodeó al padre Augusto, quien se dispuso a arrojar las cenizas al río. Por desgracia no tuvo la precaución de calcular el anémico viento en contra que circulaba. Apenas lanzó las cenizas, la parte más volátil de ellas volvió a los familiares, pegándose en la ropa, cabellos, ojos, narices y labios. Algo bastante poco elegante y por sobre todo muy impresionante para los más sensibles. Algunos se las sacudieron, en tanto que otros resistieron con estoicismo. Para fulminar el clima del ritual, todos notaron que ciertos fragmentos óseos flotaban y chocaban insistentemente contra los palotes del muelle, entrando y saliendo de pequeños remolinos.
Jorge prestaba atención a todos los detalles de su funeral. No podía conmoverse ni siquiera viendo a sus hijos atragantados de llanto y dolor.
Al terminar el servicio, todos fueron a la casa montada sobre palafitos a tomar café y compartir recuerdos. Jorge se sentó en su sillón de lectura, en el que nadie se había atrevido a sentarse, y desde allí compartió la tarde con los presentes.
Antes del anochecer, el grupo completo partió de regreso a San Isidro. Jorge decidió quedarse y se dedicó a pensar en su incierto destino. No lo apenaba, ya que eso estaba lejos de lo que él podía experimentar ahora, pero de algún modo tenía la necesidad de saber qué sucedería luego. Repasó todo lo que había escuchado sobre la vida después de la muerte y advirtió que nadie había muerto para contarlo.
Habrán sido como las diez de la noche cuando, sentado en la mecedora de la galería, vio una silueta negra que se aproximaba. Sin carnadura, ni vida, ni pertenencias, el peligro le pareció algo olvidado en su anterior existencia. Solo tuvo curiosidad.
Cuando la sombra entró en el difuso perímetro de luz, ésta se reveló como un hombre bajo, de unos 45 años, moreno, de pelo corto, vestido con jeans, camisa celeste y mocasines gastados negros.
“Buenas noches” dijo el señor de mocasines.
“Buenas” respondió Jorge.
Quedaron mirándose por unos segundos, hasta que el hombre dijo: “Jorge, como tal vez haya notado, usted murió en el día de ayer. ¿Correcto?”
“Así parece”
“Bien. He venido a acompañarlo a su destino final”
“No tengo el gusto caballero ¿usted quién es?”
“¿Quién le parece que puedo ser?”
Jorge lo escudriñó de abajo a arriba y finalmente mirándolo en sus profundos ojos negros dijo: “No tengo idea”
“Bien. A algunos les cuesta más, y éste parece ser su caso. ¿Ha oído hablar de la Parca?”
“Naturalmente”
“Encantado, mayor gusto” le dijo el señor estirando su mano derecha, algo áspera por cierto.
Jorge estaba desconcertado. Ese hombre de lo más corriente, ni remotamente parecido a las representaciones artísticas de su rol, se le presentaba llanamente frente a él.
“¿Pasa algo?” indagó el señor
“No, bueno, qué se yo, me imaginaba otra cosa…me refiero a…no sé, algo más formal, más cuidado desde lo ceremonial”
“Mirá que yo laburo todos los días de esto. ¿Qué querés? ¿Que venga empilchado y te haga el show? No termino más, hermano” dijo el señor abandonando tal vez el único signo de formalidad que le brindaba no tutear a su cliente.
Jorge lo miró nuevamente. Su abrumadora cotidianeidad lo dejaba perplejo. La muerte en persona era un hombre con el que uno se podía cruzar todos los días en una estación de tren. De hecho, se preguntaba si no lo había visto antes.
“¿Y para quién laburás vos?”
“¡Otro más que se cree que está en una película de mafiosos!” exclamó el señor juntando las manos a la altura del pecho con notable fastidio. “¿Vas a venir o no? Yo no puedo estar acá de psicológo, mi trabajo es operativo ¿entendés? O-PE-RA-TI-VO. Llevo y traigo, llevo y traigo, llevo y traigo”
“¿Cuáles son mis opciones?”
“Venís conmigo, que es lo que corresponde”.
Jorge miró en lo profundo de los ojos negros del señor indagando por una alternativa.
“Bueno, si querés, lo que hago con los tipos como vos, los dejo un par de días y los paso a buscar después. Te fijás qué tal es la cosa de quedarte en el mundo de los vivos estando muerto y vemos ¿qué te parece?”.
La opción no era mala y Jorge aceptó.
Desde luego que no le habían extendido un Manual del Muerto entre los Vivos que le indicara qué cosas podía hacer y qué no. Por lo tanto, todo era prueba y error. Rápidamente corroboró que podía comer y tomar, pero también podía no hacerlo y no cambiaba nada. El celular y la computadora parecían no registrarlo y eso fue un golpe durísimo. La ropa no se le ensuciaba y su cuerpo no se mojaba. Evidentemente la inmaterialidad tenía sus aspectos positivos y negativos.
Dedicó la mayor parte del tiempo a pensar en su vida. Retrospectivamente casi todo tenía sentido. Una pena que hubiera que vivirla prospectivamente, andando muchas veces a ciegas, tanteando. Le pesaba mucho todo aquello que no había hecho. Infinitamente más que aquello que sí había hecho y equivocadamente.
Recordó las pequeñas cosas, las que humanizaban su vida. Poner la pava en el fuego esperando a que todos se levantaran, leer el diario en la cama, tomar un licor escuchando jazz antes de irse a dormir, las sábanas limpias al acostarse…
Se le ocurrieron algunas frases irónicas sobre la muerte y lamentablemente no las pudo escribir. Hubiera sido la primera vez que alguien escribía sobre la muerte con verdadero conocimiento de causa.
Por último meditó sobre si hubiera podido evitar morirse. Probablemente sí, por un tiempo, lo hubiera podido demorar. Tal vez vivir algunos años más le hubiera permitido ver ciertas cosas y ahí es cuando cobraba sentido demorar la muerte…que sin dudas siempre llegaría. “The greatest thing in life is to die young- but delay it as long as possible” en las palabras de Bernard Shaw.
Jorge pensaba y pensaba. Era lo único que podía hacer. Ordenaba los pensamientos, los desordenaba y los volvía ordenar en una categoría o clasificación distinta. Se pensaba a si mismo, a los otros y desde los otros. Nada de lo que pensara podía salirse de la esfera racional. No había colores en su pensar.
Al final del segundo día, Jorge estaba agotado. Agotado de la soledad. Pero por sobre todo agotado de solo poder pensar y no sentir nada. Nada lo conmovía, ni lo entristecía, ni lo alegraba. La neutralidad era tan densa que lo estaba corroyendo de a poco. Ni siquiera sentía paz. Esta anulación emocional que por default lo hacía racionalizar sin parar era un camino directo, sin escalas, a la locura.
Estaba encerrado en el pequeño mundo que conformaban las producciones de su cerebro.
Comenzó a inquietarse al tercer día y aún sin noticias del señor de mocasines. Había prometido volver y necesitaba enfrentarse nuevamente a él para medirse. Vivir los cambios de paradigma había sido lo peor para Jorge en vida, y eso no había cambiado ahora. Se muere como se vive. Solo necesitaba darse por muerto para no caer en la desidia infinita. Sin embargo, dar el paso seguía sin parecerle razonable. Tal vez necesitara que lo expulsaran de la vida, por las malas.
A la cuarta noche, nuevamente vio la silueta que se acercaba. No podría describirse como alivio, pero al menos cierta tensión intelectual sí cedió en Jorge. Las transiciones pueden ser más o menos difíciles, pero plantearse quedar eternizado en ellas seguramente sea la menos razonable de todas las opciones.
“Entonces maestro ¿qué hacemos? ¿Viene o se queda?” el señor respiró hondo y metió sus manos en los bolsillos “Ya habrá notado que no hay mucha opción ¿verdad? Es como en la vida…” y una risita cínica salió entre los dientes dorados de alquitrán.
Jorge miró alrededor, como si pudiera dejar olvidado algo, y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón se echó a andar junto al señor de mocasines. Caminaron algunos minutos a través de los pastizales con la mirada enredada en los yuyos. No hubo tiempo de preguntar nada. Cuando se quiso acordar nadaba en un almíbar tibio y su cuerpo era pequeño.

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