El cuento quería ser contado. Había
madurado lo suficiente como para pasar a lo concreto. Ya era hora de elegir
quién lo hiciera y consultaba con los demás cuentos cuáles era sus candidatos
ideales. Había preferencias por varones y mujeres, y grandes debates sobre si
había o no diferencia. Los relatos de guerra naturalmente esperaban escritores
que hubieran tenido experiencia en el tema. Los cuentos románticos se
congregaban en varias logias: los ultra edulcorados cuyo leitmotiv era siempre terminar bien, los arrabaleros que ofrecían
amargura a quien la quisiera probar, los aventureros que se tomaban al amor
como un desafío a lo Indiana Jones, y otros grupos menores. Había cuentos que
andaban solos aguardando un alma sensible que los pudiera describir con suma
sutileza. Claro que también estaban los impacientes de siempre que se inmolaban
en relatadores apurados.
Este cuento ya tenía más o menos
claro en qué manos quería ser tejido. Necesitaba una persona con un gran mundo
interior, porque si bien no era un cuento de ciencia ficción le parecía que
algo de realismo mágico le quedaría perfecto. Pensó en sus momentos más oscuros
y opinó que debían ser narrados con serenidad y sin demasiado dramatismo. Era
muy importante conservar la estética procurando usar las palabras precisas y
las imágenes correctas. Tal vez era demasiado pretencioso y eso le había
costado esperar algún tiempo, pero consideraba que siendo la más importante de
las decisiones en la vida de un cuento, ésta no podía ser tomada a la ligera. En definitiva
su intención era, ni más ni menos, perdurar reconfortando el alma cada vez que
fuera leído.
No supo bien qué fue exactamente lo
que lo atrajo de Günter, pero la química fue inmediata. Era él quien debía
escribirlo. Tal vez fueran sus manos grandes que tecleaban con decisión y
cuidado al mismo tiempo, sus ojos un poco más separados de lo normal, su
escritorio de roble o su costumbre de mirar por la ventana a intervalos casi
iguales. Algo de esto le dio una puntada que lo decidió a elegirlo como su
escritor.
Se acercó lenta y sigilosamente,
como indicaba el instructivo, de manera que el narrador lo fuera percibiendo de
a poco, como si fuera una creación propia. Se fue desplegando perezosamente,
con la tranquilidad de haber encontrado la persona ideal que lo escribiera. La
intimidad fue creciendo y fueron acordando el tono y el ritmo. Cada tanto,
Günter miraba por la ventana y su mente descansaba con los coihues, los
abedules y los sorbus, que ya se estaban empezando a poner rojos con la promesa
de reverdecer en la primavera.
El vals de Günter y el cuento venía
de maravillas hasta que sucedió lo que no le puede suceder a un cuento. La
novia de Günter llamó por teléfono y le pidió que se encontraran en un café
cerca del Boulevard. Al cuento, un ser muy posesivo, el hecho de que lo
interrumpieran ya lo ponía de tremendo mal humor. Pero había algo más que no le
gustaba nada. Estaba claro que por el tono no era un encuentro más. Decidió que
debía ir con Günter para saber de primera mano qué sucedería. Se acomodó en el
hombro de su escritor y allá partieron.
Al llegar al café el cuento notó que
la novia tenía otro cuento sobre el hombro, y lo miraba socarronamente. ¡Cómo
pudo haberse equivocado tanto! ¿Cómo no indagó la salud de las relaciones de
Günter? Era obvio que el cuento que reposaba en el hombro de la novia la había
elegido porque necesitaba de la furia, la melancolía y los sentimientos más
tormentosos para ser escrito, de manera que estaba ahí agazapado esperando su
gran momento. En cambio el cuento había elegido a Günter por otros motivos, que
nada tenían que ver con el estado de ánimo que la novia estaba a punto de
provocarle.
De regreso a casa, las lágrimas de Günter caían por sus mejillas,
rodaban por su campera y terminaban en los pedales de la bicicleta, que
avanzaba erráticamente. Era inconsolable. El cuento se guarecía un poco detrás
de la oreja y el pelo pensando en su poco alentador panorama.
Los días pasaban y el escritor no
quería escribir. Nada de comer, salir, ni hablar. Günter no quería estar. El
cuento estaba empezando a dejar atrás la comprensión. Sin
que Günter lo notara, la relación se iba tensando.
Como al tercer día lo llamó un amigo,
Julio, para arreglar algún programa para el fin de semana y en ese mismo acto
se enteró lo de la
ruptura. Unos minutos después Günter y el cuento viajaban
nuevamente a velocidad crucero en la Raleigh rumbo al Boulevard.
Al entrar al café, el cuento miró a
todos los presentes y en especial a los que tenían cuentos en el hombro. Había
de todo: cuentos enamorados de sus escritores, cuentos resoplando, cuentos
pacientes, cuentos enojados y cuentos tratando de llamar la atención. Julio lo
esperaba a Günter en una mesa al lado de la ventana de vidrio partido que daba
al jardín. El cuento notó que sobre el hombro de Julio había algo
languideciendo, o más bien agonizando. Era un viejo cuento. “¡Chst, chst! Che
¿Estás vivo? ¿Qué te pasó?” increpó el cuento al cuento de Julio. Una serie de
sonidos guturales, mezclados con susurros fueron suficientes para entender que
ese cuento se había equivocado de narrador. Por una cosa o por otra lo había
dejado perecer.
Al cuento le corrió un sudor frío
por la espalda. Él no podía terminar así. De ninguna manera. Había cuentos que
se agarraban escritores de siete años y terminaban siendo contados, como él iba
a fracasar con lo exhaustivo que había sido su casting.
Su estrategia no iba a ser la pasividad. Había
visto en el hombro del amigo de Günter como terminaba la cosa si no se ponía
firme con su relator. Consultó el instructivo, sección “Medidas Desesperadas de
Rescate” y encontró una buena manera de aguijonear a su mentor. Amparado en la
maldad intrínseca de los objetos electrónicos, podía manipularlos para
favorecer su objetivo. Prendió la computadora y abrió el documento Word donde
había sido parcialmente plasmado. Le hizo un guiño a la cafetera para que
hiciera lo propio y al Ipod para que sonara Jack Johnson, una fórmula infalible
para levantar el ánimo. Günter entró al escritorio y se quedó perplejo.
Atribuyó todo a su estado de conciencia lábil y las momentáneas ausencias que
padecía. Así como entró se fue, dejando la invitación pendiente. El cuento
montó en cólera. Totalmente crispado le ordenó a la computadora que emitiera
cualquier sonido molesto tipo alarma. Günter regresó a ver qué pasaba, apretó
dos veces enter y se fue. “Esto no es
lo que esperaba de vos” le reprochó el cuento a la computadora. Ésta, arengada
a desenvolver todos sus artilugios de malicia que había tenido reprimidos durante
tanto tiempo, se dispuso a dar batalla. Primero sumó a la impresora, que
comenzó a imprimir caritas tipo smilies en un renglón por hoja, como para que
fuera realmente irritante. Luego la central telefónica, que hacía sonar el
inalámbrico y al ser atendido se escuchaba Better
together. Günter miraba en conmoción
todo esto y escuchaba la bomba de agua que funcionaba mientras rebalsaba el
tanque. Los dimers subían y bajaban la luz a su antojo, la televisión se
encendió en un programa de chimentos de la tarde y el lavarropas inició el
ciclo centrífugo que lo hacía rebotar por todo el lavadero. La pava eléctrica
silbaba en analogía con al escena. El cuento gozaba sin escrúpulos de la
rebelión que había gestado.
Sin mediar explicaciones entre la
realidad y la razón, Günter acudió al tablero eléctrico para dar fin a esta
situación. La calma se cernió sobre el hogar. Lo único que Günter atinó a
pensar fue en el capítulo de Benny Hill en el que los electrodomésticos atacan
a una familia. No tenía nada más cercano a eso para asimilar los instantes que
había vivido.
Horas más tardes llegó el técnico,
quien escuchó pacientemente el relato de la casa enajenada. Respiró hondo y
sentenció con voz grave “Sí, lo he visto otras veces. Son virus. El tema es que
una vez que entran, luego, cada dos por tres, vuelven a aparecer. No sé cómo
explicarlo, pero afectan todos los circuitos, como si fueran bombas
neutrónicas. Va a tener que acostumbrarse a convivir con esta maldición”.
La sentencia se hizo realidad una y
otra vez. Ni bien empezaba el alienante show, Günter se dirigía al tablero
eléctrico. Durante un tiempo trató de buscar explicaciones en las más variadas
fuentes: desde la informática hasta la astronomía y astrología, pasando por los
gualichos, maleficios, mal de ojo, y las líneas de alta tensión, las tormentas
solares y el karma. Luego de un tiempo simplemente lo aceptó.
El cuento seguía ahí, mirándolo fijo
y acompañándolo en todas sus salidas. Por nada hubiera desperdiciado la
oportunidad de una inspiración repentina que lo dejara fuera. Pero ni los días
en el lago o las noches de fogón lo hacían escribir el cuento. La esperanza del
cuento se hacía cada vez más tenue.
Mirando por la ventana, un día el
cuento lo vió venir. Era un nuevo cuento. Flamante, seguro de sí mismo y
apuntando a la casa de Günter. El cuento dejó de respirar unos segundos
pensando en cómo debía reaccionar. ¿Debía consultar el Instructivo? ¿Darle
batalla y batirse a duelo con el nuevo cuento hasta el final? ¿Hacerle seña
pulgar abajo para que no se equivocara? ¿Qué correspondía hacer? ¿Qué quería
hacer?
Resultó que mientras estaba
inmovilizado por sus pensamientos, el nuevo cuento entró a la casa y lo vio. Al
principio se sorprendió de verlo allí tan demacrado pero luego con increíble
locuacidad y encanto sedujo al desventurado cuento. La rivalidad no pudo ni
empezar.
Decidieron hacer algo que no estaba
previsto en el Instructivo, por lo que corrían el riesgo de convertirse en
parias de la
literatura. Uno le prestó el clima de la introducción y la trama,
el otro el perfil de los personajes y algunos datos anecdóticos, y acordaron
juntos el final. Günter lo aceptó sin chistar mientras se duchaba.
En la mesa junto a la ventana que
daba al jardín del café cerca del Boulevard, Günter se lo leyó a Julio. En ese
momento les pareció oír un revoloteo, como si hubiera palomas. Algo cambió. El
aire se hizo más liviano. Y la pena se fue.
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