martes, 18 de septiembre de 2012

El Cuento quería ser contado


El cuento quería ser contado. Había madurado lo suficiente como para pasar a lo concreto. Ya era hora de elegir quién lo hiciera y consultaba con los demás cuentos cuáles era sus candidatos ideales. Había preferencias por varones y mujeres, y grandes debates sobre si había o no diferencia. Los relatos de guerra naturalmente esperaban escritores que hubieran tenido experiencia en el tema. Los cuentos románticos se congregaban en varias logias: los ultra edulcorados cuyo leitmotiv era siempre terminar bien, los arrabaleros que ofrecían amargura a quien la quisiera probar, los aventureros que se tomaban al amor como un desafío a lo Indiana Jones, y otros grupos menores. Había cuentos que andaban solos aguardando un alma sensible que los pudiera describir con suma sutileza. Claro que también estaban los impacientes de siempre que se inmolaban en relatadores apurados.
Este cuento ya tenía más o menos claro en qué manos quería ser tejido. Necesitaba una persona con un gran mundo interior, porque si bien no era un cuento de ciencia ficción le parecía que algo de realismo mágico le quedaría perfecto. Pensó en sus momentos más oscuros y opinó que debían ser narrados con serenidad y sin demasiado dramatismo. Era muy importante conservar la estética procurando usar las palabras precisas y las imágenes correctas. Tal vez era demasiado pretencioso y eso le había costado esperar algún tiempo, pero consideraba que siendo la más importante de las decisiones en la vida de un cuento, ésta no podía ser tomada a la ligera. En definitiva su intención era, ni más ni menos, perdurar reconfortando el alma cada vez que fuera leído.
No supo bien qué fue exactamente lo que lo atrajo de Günter, pero la química fue inmediata. Era él quien debía escribirlo. Tal vez fueran sus manos grandes que tecleaban con decisión y cuidado al mismo tiempo, sus ojos un poco más separados de lo normal, su escritorio de roble o su costumbre de mirar por la ventana a intervalos casi iguales. Algo de esto le dio una puntada que lo decidió a elegirlo como su escritor.
Se acercó lenta y sigilosamente, como indicaba el instructivo, de manera que el narrador lo fuera percibiendo de a poco, como si fuera una creación propia. Se fue desplegando perezosamente, con la tranquilidad de haber encontrado la persona ideal que lo escribiera. La intimidad fue creciendo y fueron acordando el tono y el ritmo. Cada tanto, Günter miraba por la ventana y su mente descansaba con los coihues, los abedules y los sorbus, que ya se estaban empezando a poner rojos con la promesa de reverdecer en la primavera.
El vals de Günter y el cuento venía de maravillas hasta que sucedió lo que no le puede suceder a un cuento. La novia de Günter llamó por teléfono y le pidió que se encontraran en un café cerca del Boulevard. Al cuento, un ser muy posesivo, el hecho de que lo interrumpieran ya lo ponía de tremendo mal humor. Pero había algo más que no le gustaba nada. Estaba claro que por el tono no era un encuentro más. Decidió que debía ir con Günter para saber de primera mano qué sucedería. Se acomodó en el hombro de su escritor y allá partieron.
Al llegar al café el cuento notó que la novia tenía otro cuento sobre el hombro, y lo miraba socarronamente. ¡Cómo pudo haberse equivocado tanto! ¿Cómo no indagó la salud de las relaciones de Günter? Era obvio que el cuento que reposaba en el hombro de la novia la había elegido porque necesitaba de la furia, la melancolía y los sentimientos más tormentosos para ser escrito, de manera que estaba ahí agazapado esperando su gran momento. En cambio el cuento había elegido a Günter por otros motivos, que nada tenían que ver con el estado de ánimo que la novia estaba a punto de provocarle.
De regreso a casa,  las lágrimas de Günter caían por sus mejillas, rodaban por su campera y terminaban en los pedales de la bicicleta, que avanzaba erráticamente. Era inconsolable. El cuento se guarecía un poco detrás de la oreja y el pelo pensando en su poco alentador panorama.
Los días pasaban y el escritor no quería escribir. Nada de comer, salir, ni hablar. Günter no quería estar. El cuento estaba empezando a dejar atrás la comprensión. Sin que Günter lo notara, la relación se iba tensando.
Como al tercer día lo llamó un amigo, Julio, para arreglar algún programa para el fin de semana y en ese mismo acto se enteró lo de la ruptura. Unos minutos después Günter y el cuento viajaban nuevamente a velocidad crucero en la Raleigh rumbo al Boulevard.
Al entrar al café, el cuento miró a todos los presentes y en especial a los que tenían cuentos en el hombro. Había de todo: cuentos enamorados de sus escritores, cuentos resoplando, cuentos pacientes, cuentos enojados y cuentos tratando de llamar la atención. Julio lo esperaba a Günter en una mesa al lado de la ventana de vidrio partido que daba al jardín. El cuento notó que sobre el hombro de Julio había algo languideciendo, o más bien agonizando. Era un viejo cuento. “¡Chst, chst! Che ¿Estás vivo? ¿Qué te pasó?” increpó el cuento al cuento de Julio. Una serie de sonidos guturales, mezclados con susurros fueron suficientes para entender que ese cuento se había equivocado de narrador. Por una cosa o por otra lo había dejado perecer.
Al cuento le corrió un sudor frío por la espalda. Él no podía terminar así. De ninguna manera. Había cuentos que se agarraban escritores de siete años y terminaban siendo contados, como él iba a fracasar con lo exhaustivo que había sido su casting.
Su estrategia no iba a ser la pasividad. Había visto en el hombro del amigo de Günter como terminaba la cosa si no se ponía firme con su relator. Consultó el instructivo, sección “Medidas Desesperadas de Rescate” y encontró una buena manera de aguijonear a su mentor. Amparado en la maldad intrínseca de los objetos electrónicos, podía manipularlos para favorecer su objetivo. Prendió la computadora y abrió el documento Word donde había sido parcialmente plasmado. Le hizo un guiño a la cafetera para que hiciera lo propio y al Ipod para que sonara Jack Johnson, una fórmula infalible para levantar el ánimo. Günter entró al escritorio y se quedó perplejo. Atribuyó todo a su estado de conciencia lábil y las momentáneas ausencias que padecía. Así como entró se fue, dejando la invitación pendiente. El cuento montó en cólera. Totalmente crispado le ordenó a la computadora que emitiera cualquier sonido molesto tipo alarma. Günter regresó a ver qué pasaba, apretó dos veces enter y se fue. “Esto no es lo que esperaba de vos” le reprochó el cuento a la computadora. Ésta, arengada a desenvolver todos sus artilugios de malicia que había tenido reprimidos durante tanto tiempo, se dispuso a dar batalla. Primero sumó a la impresora, que comenzó a imprimir caritas tipo smilies en un renglón por hoja, como para que fuera realmente irritante. Luego la central telefónica, que hacía sonar el inalámbrico y al ser atendido se escuchaba Better together.  Günter miraba en conmoción todo esto y escuchaba la bomba de agua que funcionaba mientras rebalsaba el tanque. Los dimers subían y bajaban la luz a su antojo, la televisión se encendió en un programa de chimentos de la tarde y el lavarropas inició el ciclo centrífugo que lo hacía rebotar por todo el lavadero. La pava eléctrica silbaba en analogía con al escena. El cuento gozaba sin escrúpulos de la rebelión que había gestado.
Sin mediar explicaciones entre la realidad y la razón, Günter acudió al tablero eléctrico para dar fin a esta situación. La calma se cernió sobre el hogar. Lo único que Günter atinó a pensar fue en el capítulo de Benny Hill en el que los electrodomésticos atacan a una familia. No tenía nada más cercano a eso para asimilar los instantes que había vivido.
Horas más tardes llegó el técnico, quien escuchó pacientemente el relato de la casa enajenada. Respiró hondo y sentenció con voz grave “Sí, lo he visto otras veces. Son virus. El tema es que una vez que entran, luego, cada dos por tres, vuelven a aparecer. No sé cómo explicarlo, pero afectan todos los circuitos, como si fueran bombas neutrónicas. Va a tener que acostumbrarse a convivir con esta maldición”.
La sentencia se hizo realidad una y otra vez. Ni bien empezaba el alienante show, Günter se dirigía al tablero eléctrico. Durante un tiempo trató de buscar explicaciones en las más variadas fuentes: desde la informática hasta la astronomía y astrología, pasando por los gualichos, maleficios, mal de ojo, y las líneas de alta tensión, las tormentas solares y el karma. Luego de un tiempo simplemente lo aceptó.
El cuento seguía ahí, mirándolo fijo y acompañándolo en todas sus salidas. Por nada hubiera desperdiciado la oportunidad de una inspiración repentina que lo dejara fuera. Pero ni los días en el lago o las noches de fogón lo hacían escribir el cuento. La esperanza del cuento se hacía cada vez más tenue.
Mirando por la ventana, un día el cuento lo vió venir. Era un nuevo cuento. Flamante, seguro de sí mismo y apuntando a la casa de Günter. El cuento dejó de respirar unos segundos pensando en cómo debía reaccionar. ¿Debía consultar el Instructivo? ¿Darle batalla y batirse a duelo con el nuevo cuento hasta el final? ¿Hacerle seña pulgar abajo para que no se equivocara? ¿Qué correspondía hacer? ¿Qué quería hacer?
Resultó que mientras estaba inmovilizado por sus pensamientos, el nuevo cuento entró a la casa y lo vio. Al principio se sorprendió de verlo allí tan demacrado pero luego con increíble locuacidad y encanto sedujo al desventurado cuento. La rivalidad no pudo ni empezar. 
Decidieron hacer algo que no estaba previsto en el Instructivo, por lo que corrían el riesgo de convertirse en parias de la literatura. Uno le prestó el clima de la introducción y la trama, el otro el perfil de los personajes y algunos datos anecdóticos, y acordaron juntos el final. Günter lo aceptó sin chistar mientras se duchaba.
En la mesa junto a la ventana que daba al jardín del café cerca del Boulevard, Günter se lo leyó a Julio. En ese momento les pareció oír un revoloteo, como si hubiera palomas. Algo cambió. El aire se hizo más liviano. Y la pena se fue.

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