Dagmar volvía a la morfina como el día a la noche. Se prometía no
volver. Se contaba a sí misma su historia, cómo la había conocido, en qué
circunstancias tan desesperadas. Dialogaba sola. La mayor parte del tiempo
sola. Los días transcurrían con inquietante parsimonia, llenos de vacíos que
llenar.
Su tesoro no era secreto. Lo sabían los lacayos, las mucamas, los
jardineros y el balsero. Como también, claro, lo sabía él. Y era precisamente
por esa razón que ella quería abandonar ese elixir.
Lo esperaba toda la semana enloqueciendo de a poco en los jardines. En
los momentos de lucidez, la vida de las pequeñas cosas se había vuelto su
propia vida. Las gotas de agua atravesadas por la luz del sol sobre las hojas de
la enredadera, los lirios arremolinados en una marea amarilla, las totoras
estoicas, los camoatíes reparando su panal. Sus pequeños pies desnudos
recorrían el suelo de la isla, fundiéndose de a poco con la tierra y el pasto.
El calor de la siesta la sofocaba tanto como su soledad. Parecía que todos
penaban esa hora: las cigarras, que chillaban más; las garzas, inmóviles con
las patas sumergidas en los humedales; los empleados, guarecidos a la sombra.
Por la tarde, iba una y otra vez al muelle esperando ver aparecer esa
balsa que todo lo traía. Se ilusionaba con recibir una carta, una nota al
menos, para después amargamente volver sobre sus pasos con las manos vacías.
Que los intendentes se habían amotinado, que la fiebre asolaba la población,
que los maestros exigían recursos, que el canciller de Siam llegaba de visita
protocolar… nunca había tiempo para cartas.
Cada noche pesaba sobre los hombros de Dagmar. No lograba cansar su
cuerpo lo suficiente durante el día como para emprender la noche. El desvelo
siempre estaba ahí hasta que recurría a ella, que le regalaba un viaje
maravilloso en el que ya nada importaba, ya nada dolía, ya nada sentía.
Llevaba tres días de agitación y sufrimiento, con las pupilas como dos
botones, resistiendo. Le regalaba cada minuto de su calvario a Belisario. Trataba
de olvidar el lugar exacto donde la había guardado. Aprendía poemas de memoria
para ahuyentarla. Nada de eso fue
suficiente. Aquella noche decidió reincidir. En minutos estaba volando en ese
sopor agradable y luego la nada misma.
Como a las tres o cuatro de la mañana notó que alguien más estaba en su
cama. Todavía confusa, se incorporó y adivinó su cara manchada de luna. ¿Amarlo
u odiarlo? No se decidía. Dormía con la serenidad de un niño agotado, todavía
con el jaquet puesto a medio
desprender. Era espléndido. Quiso besarlo y se detuvo al recordar con
resentimiento la vida que llevaba.
Un día se apilaba sobre otro, hasta que él la visitaba. Todas
las cosas que le diría, los reproches, las escenas ensayadas, las amenazas
quedaban desparramadas en el muelle ante la sonrisa franca, el perfume y la
camisa blanca arremangada que se iba desalmidonando lentamente. Tal vez aquél
día lo que pasó fue eso: faltó el antídoto. En lugar de quedar en el muelle,
las miserias se arremolinaron entre las sábanas.
Recorrió la aspereza de su cuello con las yemas de sus dedos, como una
araña. Se preguntó si tendría la fuerza suficiente para ahorcarlo. Lo olfateó
como una perra a su cachorro, comprobando que su día había sido largo. Todas
las personas, cigarros, whiskeys y tierra de la jornada conformaban ese
desaliñado bouquet. Una vez más lo odió.
Revisó los bolsillos y encontró un dibujo de su hija menor, por lo que
casi vomita. El mundo que ella había concebido no estaba preparado para estas
cosas. El muelle era la frontera donde esas cosas debían quedar atrás. El
verano en el que se habían escapado a la isla, la promesa era dejarlo todo atrás,
ahogándose en la estela del barco. Sin embargo, con su enorme persuasión la
había convencido de que ciertas cuestiones de orden práctico debían persistir,
como regresar al trabajo y a su familia.
Dagmar se despertaba cada día a un presente al cual había llegado sin
querer. No le molestaba tanto ser “la-amante”. Su gran error había sido no
haberse casado con algún otro señor antes de ser “la-amante”. Las mujeres
casadas recibían la visita de otros señores que en nada se preocupaban de
mantenerlas en cautiverio. Ellas conocían las reglas de juego, y si las
descubrían, el escándalo era menor y ocultado convenientemente. En cambio ella
estaba a merced de las migajas de amor que a él le sobraban. Belisario lo sabía
y se encargaba de que los suministros hipnóticos llegaran periódicamente para
conservar su flamenco con el ala herida.
El murmullo del río deslizándose por las costas trataba de arrullarla.
No estaba ni despierta ni dormida. Seguía ahí mirándolo con el seño fruncido.
Notó su Smith & Wesson sobre la mesa contigua. Era un modelo realmente
bello. La tomó para observar sus detalles. Todas las armas habían sido hechas
para matar, pensó. Pero tal como ella, estaba sola ahí esperando. Estaba
cargada y con el seguro puesto. Decidió destrabarla para que retozara un poco. Apuntó
al reflejo de Belisario en el espejo y por un momento consideró la idea de
matarlo de carambola. De frente, no se animaría.
Al lado del revólver, un facón de plata con su vaina labrada.
A eso de las cinco de la mañana el Delta de a poco se convertía en un
hervidero de fauna y flora. Las ranas croaban con desasosiego, el benteveo
emitía chirridos agudos, las damas de noche lo embriagaban todo con su perfume y
los murciélagos hacían sus últimos vuelos frenéticos. Dagmar pasaba del sopor a
la disforia. Comenzó
a agitarse y a temblar. Lo que antes eran pensamientos confusos ahora parecían
una epifanía. Abrió todas las ventanas del cuarto en busca del aire que no
llegaba a satisfacer sus pulmones. Caminaba, sudaba, pensaba. Las palpitaciones
hacían rebotar el camafeo con la foto de su padre sobre el pecho. El día
volvería a ella con todas sus pretensiones y tenía que tomar una decisión.
Estaba claro que tenía que ser en ese momento. No podía evadirse una vez más. La
vida eran esas intermitencias entre el dolor y se convenció de que algo debía
cambiar. Se aseguró de que lo odiaba visceralmente mirándolo de reojo. Su
adicción yacía sobre la cama con los brazos abiertos. Seguramente nada de su
conversación le interesara. Como tampoco la torpeza con la que tocaba el piano.
Dagmar solo podía ofrecerle juventud, que se escurría como arena entre los dedos.
Las lágrimas rodaban cuello abajo. La ira la penetró y finalmente comprendió
que había una sola manera de salirse de la vida fallida que se había
conseguido.
Aturdida clavó el remo en el agua, una vez, otra vez y otra vez. Lo
clavó maquinalmente. Remo adentro, remo afuera. Se meció hacia delante y hacia
atrás mejorando la
acción. Contrajo sus abdominales para ganar más fuerza en sus
diminutas muñecas y empuñar mejor. Boqueó por más aire. El camisón de muselina
rosa se humedeció. Una gota bajó por el remo. Y cuando ya salía del canal para
remar libremente hacia el Río de la Plata se detuvo a ver el sol naciente y los
sauces con su lejana letanía. Metió los remos en el chinchorro de madera y
descubrió el horror: sus manos blancas, perfectas, frágiles llenas de sangre
que empezaba a coagularse.
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