martes, 18 de septiembre de 2012

Punto de no retorno


Buenos Aires nunca te recibe bien. Ezeiza menos. La neblina, la humedad, la presión atmosférica…qué se yo. Todo pesa el doble mientras caminás apurado a través de la manga, pensando si habrá mucha gente en migraciones o si te van a abrir la valija los chorros, SENASA o la Aduana. Así venía yo, con la ropa que no corresponde al hemisferio en el que estás, cuando sentí que alguien me miraba. Me miraba mucho y yo estaba tan embotado que no sé si no quería o no podía averiguar quién me miraba así.
“¿Salvador?”, escuché y me dí vuelta para apresar a mi voyeurista. Lo que entró por mis ojos rebotó en mi cerebro como si éste estuviera hecho con millones de pequeños espejos hasta que dio en el lugar correcto. La carambola sináptica hizo que mi corazón hiciera un par de pausas para luego arrancar con una violenta taquicardia. La mujer que me miraba y había pronunciado mi nombre, de la manera en que solo ella lo hacía y había dejado de hacer hacía 33 años, era Kate. Sentí que un túnel negro de tiempo me abducía hacia una espiral descendente que me dejaba en el año 1978.

Digamos que no era el mejor alumno del Colegio Nacional San Isidro, pero lo llevaba bastante bien. Tenía una suerte de pacto de caballeros con mi padre que implicaba que mientras no me llevara materias él haría la menor cantidad de preguntas posible. Vivíamos los dos solos en una casa en la calle Brown, llegando a Lassalle. Dos veces por semana venía la Sra. Nelly, que mantenía las cucarachas a raya. Con quince años se podía decir que dominaba muy bien la cocina “a la lata”, que consistía en mezclar al azar distintas latas de conservas con fideos, arroz, carne o pollo. Esa era la dieta que mi padre y yo llevábamos durante la semana. Algunos sábados íbamos a pescar con pasta de lombriz al río y los domingos invariablemente comíamos asado junto al familiar de turno.
De todos mis amigos, Horacio era el  mejor. Hablábamos mucho de música, de minas, de futbol…lo típico. De vez en cuando nos rateábamos y nos íbamos en tren a Belgrano. Ahí podíamos fumar tranquilos y recorrer cuevas repletas de LPs que conocíamos de memoria. Lo único que no compartía con Horacio era mi fanatismo por el Tenis de Mesa, que él se empecinaba en degradarlo llamándolo Ping-pong. Yo estaba federado y le dedicaba varias horas por semana a entrenarme. Papá me acompañaba a algunos torneos y tenía el enorme gesto de correr con los gastos.
Ese verano antes de empezar tercer año del colegio había sido particularmente ocioso por lo que el primer día de clases fue una epopeya despertarme. Caminé las cuadras que me separaban con el colegio como pude y al llegar le dediqué un sonido ronco a modo de buenos días a Horacio y el resto de los muchachos. Todos decían que tercero era el año más difícil, que había muchas materias nuevas, que matemática se ponía densa y que análisis sintáctico era algo indescifrable. La verdad que no estaba muy entusiasmado, pero renovaba mentalmente el pacto con mi padre para tener otro año de tranquilidad.
Lo recuerdo perfecto: fue mientras el rector pronunciaba su discurso con las palabras habituales –ciclo lectivo, rendimiento, prestigio, institución, etc.- que la vi y me pareció una equivocación. ¿Qué hacía esa chica ahí parada con toda esa luz que emanaba?
Horacio no tenía ni idea y los demás tampoco. A velocidad trueno recurrí a Teresa, quien se desempeñaba en la columna de “sociales” de la revista del colegio por su natural capacidad en esta área. Teresa estaba tan encantada de contarme quién era esa chica con lujo de detalles, como de saber de primera mano quién era su víctima número uno. Se llamaba Catherine, pero le decían Kate, había venido hacía unos años con su familia de Irlanda y tenía que tener mucho cuidado con su padrastro porque era extremadamente celoso de sus hijas putativas, como ironizó Teresa.
Kate estaba en segundo año. Se la veía serena, relajada como si estuviera en el living de su casa, cuando en realidad estaba en el primer día de clases de un colegio nuevo. No tenía nada en particular que llamara demasiado la atención. No era ni alta ni baja, ni flaca ni gorda. Estaba vestida con jeans, camisa blanca y botitas de gamuza. El pelo, rubio apenas colorado y muy lacio, atado en una colita. La piel blanquísima con pecas y sus ojos casi transparentes le daban un aspecto etéreo.
A mis amigos les quedó claro que ya la había marcado yo a la nueva, lo que allanó bastante el camino. Los de segundo año no eran competencia, eran unos bebés para esa chica. Tenía el problema de los de cuarto año, sobretodo Lorenzo Fraga, que no había mina que se le resistiera. Yo no era un Adonis, ni mucho menos, pero ganaba con el humor y algo de desfachatez. Sin embargo, esta tesitura necesitaba ser validada con extranjeras. Tenía un set de chistes preparados que iba sacando cual mago de su galera y no fallaba. ¿Se reiría Kate de mis chistes?
Bueno, la respuesta fue no. Más bien todo lo contrario. Los primeros intentos de aproximación fueron tórpidos fracasos. En la cola del kiosco le hice un comentario sobre la gorda que lo atendía y me miró feo. En la clase de gimnasia se puso medias verdes y le pregunté si se había venido de duende irlandés. Creo que pensó que yo era un inepto. Mi tiro de gracia fue cuando a la salida del colegio le señalé a una viejita que venía cruzando la calle con paso tembloroso y le anuncié “Mmm, me parece que la parca anda cerca” “Es mi granny, y está muy bien de salud, gracias”. Un perfecto idiota.
Claramente esta chica me gustaba más que ninguna otra. Jamás había metido la pata tantas veces. Nunca me había sentido tan imbécil. Y sin plan.
A Teresa, que nada se le escapaba, le pareció que su buena obra del trimestre podría ser ayudarme un poco con este asunto. En el recreo se acercó y me dijo “¿Por qué no la llevás al puerto a ver los barcos abandonados? Me enteré que pinta óleos”.
Como yo no era un improvisado, hice una vuelta de reconocimiento por el puerto, las areneras y la costanera. Efectivamente, el paisaje se debatía entre la desidia y lo pintoresco. Las condiciones estaban dadas.
Fui a la artística y me compré unos pomos de acrílico. Ocre, azul ultramar, Siena, verde de cadmio y blanco de titanio. Mientras salíamos del colegio, oportunamente dejé caer algunos pomos. Kate me miró extrañada. Debe haber pensado cómo alguien como yo podía tener sensibilidad artística. Como supuse que no me iba a preguntar nada, le contesté directamente, tal como lo había ensayado frente al espejo. Kate inclinó un poco la cabeza hacia el costado derecho. Era un buen signo, me estaba revaluando. La invité a acompañarme a este “spot”, que describí como el paraíso bohemio de la ribera, y todavía confundida por la contradicción aceptó.
Tengo que decir que no fue fácil pilotear la situación de no saber dibujar ni una mesa y haber tenido que plantarme con el pincel en la mano como si fuera Picasso. Lo resolví explicándole que había demasiado sol, y a mi no me gustaban los impresionistas y que si pintaba en esas condiciones no se reflejaría el verdadero espíritu de mi arte.
Al poco tiempo nos pusimos de novios. Mi primera novia. Kate no hablaba mucho, o al menos no en castellano, y eso la elevaba a la categoría de semidiosa. Pasábamos muchas tardes en el río, a veces se rateaba conmigo a Belgrano y de vez en cuando me acompañaba a los entrenamientos de Tenis de Mesa. Kate entendía lo que este deporte significaba para mí y eso no era menor. El día que mi entrenador, Hoshida, me dijo que iba a hacer prácticas semanales con Gustavo Patiño, el mejor jugador argentino de todos los tiempos, ella estaba al lado mío conteniendo la emoción. Patiño estaba loco, era obsesivo, no hacía nada más que entrenar, y jugaba cinco escalones más arriba que cualquier otro argentino. Hasta el sonido de sus golpes daba impresión. Jugaba con una Butterfly Super Sriver con un mango recto. Yo también empecé a jugar con esa paleta y Kate me regaló la Fred Perry azul con ribetes blancos que la FATM le daba a la delegación Argentina cuando competía.
Sobre el padrastro de Kate lamentablemente no puedo decir demasiado. Me odiaba visceralmente. Hubiera sido vital saber qué hacía, dónde trabajaba, qué contactos tenía para poder entender lo que sucedió después. Lo concreto es que yo tenía quince años, tenía una novia que me volvía loco y ese año se jugaba el mundial de futbol en Argentina. No había lugar para nada más en mi vida.
Kate vivía en la calle Alem, en frente del Colegio Santa Inés. Siempre me resultó raro que siendo ellos irlandeses ultra devotos ella fuera al Nacional en lugar de un colegio católico. Creo que la explicación era que preferían tener su propia catequesis antes que una catequesis pasteurizada. Los domingos rara vez nos veíamos porque era imposible franquear la veda que imponía el padrastro. Esto hacía que yo fuera contento los lunes al colegio y así mi padre descubrió mi amor irlandés. La Sra. Nelly estaba al tanto de la relación desde mucho antes, claro, y siempre me preguntaba por Kate.
Aquél lunes de agosto me pareció raro no ver a Kate en la formación. En el primer recreo fui a preguntarles a sus compañeras si sabían algo de ella y me dijeron que no, que seguramente estaba enferma y por eso había faltado. Apenas sonó el último timbre fui a su casa a ver si me enteraba de algo. Yo había entrado poquísimas veces a su casa, ya que si bien le caía bien a la madre de Kate, nadie quería darle un disgusto al padrastro. Al llegar a la casa y ver que estaba todo cerrado me pareció rarísimo. No sabía si tocar el timbre o no. Le pregunté a una vecina y me dijo que había escuchado ruido a la noche y que ese día no había visto a ningún miembro de la familia. Me decidí y toqué el timbre. La única respuesta fue la del perro, un Beagle, que ladraba con desesperación. Me asomé por la cerca y vi que el Beagle, Topper, estaba atado y no tenía agua. Me quedé perplejo. Era imposible que se hubieran ido dejando a Topper atado. Tomé coraje y salté la cerca. Topper me conocía de los largos paseos que le dábamos con Kate y apenas lo solté no paró de lamerme entero y saltar sobre mí. Le llené su plato de agua y busqué comida en el galponcito del fondo. Con un palo hice palanca para abrir un poco la celosía de la puerta del fondo de la casa. Lo que vi no tenía explicación. Se habían llevado prácticamente todo lo que podía caber en valijas y baúles. Alcancé a ver los roperos con las puertas abiertas y vacíos en su interior. La heladera estaba abierta y vacía también.
Caminé como un fantasma de regreso a casa. Me temblaban las manos y no me importó prender un cigarrillo en pleno centro de San Isidro. Repasé las conversaciones con Kate de los últimos días, su estado de ánimo, los planes que teníamos, cualquier detalle que me pudiera dar una pista. Pensé en llamarla a Teresa, pero comprendí que esto excedía su campo de acción. No conocía a ninguna tía o allegado a la familia de Kate a quien pudiera llamar. Al llegar a mi casa, me senté en el sillón del living de mi casa y en un instante anocheció y volvió a salir el sol.
Mientras caminaba al colegio con la fatiga de no haber dormido pensaba que todo aquello era un mal sueño y que encontraría a Kate parada junto a sus amigas antes de izar la bandera. Pero eso no ocurrió. Esta vez fueron las amigas de Kate las que vinieron a mí para preguntarme si sabía algo.
La gente que me preguntaba por Kate crecía proporcionalmente con los días que iban pasando. También crecía la jerarquía. Alumnos, profesores, vice-rector, rector. Todos me miraban con desconfianza y ensayaban situaciones intimistas para que yo finalmente dijera “la  verdad”. Mi padre estaba muy preocupado y eso me desorientó aún más. No sé cuántas veces me preguntó qué hacía el padrastro de Kate y por qué habían venido a la Argentina y si había visto armas en la casa y no sé qué otras cosas más que yo no podía contestar. Mi padre estaba fastidiado conmigo por este asunto y comenzó a hacerme muchas preguntas por cada movimiento que yo hacía. Yo en soledad, lo único que pensaba era que todos me hacían las preguntas incorrectas. Al fin y al cabo, me sentía estafado, angustiado y no podía decir a ciencia cierta si seguía o no de novio.
Así terminó tercer año del colegio, con esa sensación de estar en infracción permanente. Tejiendo hipótesis y elucubrando planes para volver a verla.

La imagen de Kate frente a mi era tan fuerte que el mundo entero se opacó. No era esa Kate que parecía sacada de una novela de Jane Austen, sino más bien una Kate tallada por Botero. En su cara se contaban finísimas arrugas por decenas y su pelo respondía al nombre de algún color de catálogo. Ya no emanaba luz, sino algo de tristeza, tal vez melancolía.
Una vez más fracasé en la primera aproximación cuando lo primero que pude decir luego de “¿Salvador? ¿Sos vos?” fue aquello que me pregunté por tanto tiempo: “¿Seguimos de novios?”.


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