Buenos
Aires nunca te recibe bien. Ezeiza menos. La neblina, la humedad, la presión
atmosférica…qué se yo. Todo pesa el doble mientras caminás apurado a través de
la manga, pensando si habrá mucha gente en migraciones o si te van a abrir la
valija los chorros, SENASA o la
Aduana. Así venía yo, con la ropa que no corresponde al
hemisferio en el que estás, cuando sentí que alguien me miraba. Me miraba mucho
y yo estaba tan embotado que no sé si no quería o no podía averiguar quién me
miraba así.
“¿Salvador?”,
escuché y me dí vuelta para apresar a mi voyeurista.
Lo que entró por mis ojos rebotó en mi cerebro como si éste estuviera hecho con
millones de pequeños espejos hasta que dio en el lugar correcto. La carambola
sináptica hizo que mi corazón hiciera un par de pausas para luego arrancar con
una violenta taquicardia. La mujer que me miraba y había pronunciado mi nombre,
de la manera en que solo ella lo hacía y había dejado de hacer hacía 33 años,
era Kate. Sentí que un túnel negro de tiempo me abducía hacia una espiral
descendente que me dejaba en el año 1978.
Digamos
que no era el mejor alumno del Colegio Nacional San Isidro, pero lo llevaba
bastante bien. Tenía una suerte de pacto de caballeros con mi padre que
implicaba que mientras no me llevara materias él haría la menor cantidad de
preguntas posible. Vivíamos los dos solos en una casa en la calle Brown , llegando
a Lassalle. Dos veces por semana venía la Sra. Nelly , que mantenía las cucarachas a raya.
Con quince años se podía decir que dominaba muy bien la cocina “a la lata”, que
consistía en mezclar al azar distintas latas de conservas con fideos, arroz,
carne o pollo. Esa era la dieta que mi padre y yo llevábamos durante la semana. Algunos
sábados íbamos a pescar con pasta de lombriz al río y los domingos
invariablemente comíamos asado junto al familiar de turno.
De todos
mis amigos, Horacio era el mejor.
Hablábamos mucho de música, de minas, de futbol…lo típico. De vez en cuando nos
rateábamos y nos íbamos en tren a Belgrano. Ahí podíamos fumar tranquilos y
recorrer cuevas repletas de LPs que conocíamos de memoria. Lo único que no
compartía con Horacio era mi fanatismo por el Tenis de Mesa, que él se
empecinaba en degradarlo llamándolo Ping-pong. Yo estaba federado y le dedicaba
varias horas por semana a entrenarme. Papá me acompañaba a algunos torneos y
tenía el enorme gesto de correr con los gastos.
Ese
verano antes de empezar tercer año del colegio había sido particularmente
ocioso por lo que el primer día de clases fue una epopeya despertarme. Caminé
las cuadras que me separaban con el colegio como pude y al llegar le dediqué un
sonido ronco a modo de buenos días a Horacio y el resto de los muchachos. Todos
decían que tercero era el año más difícil, que había muchas materias nuevas,
que matemática se ponía densa y que análisis sintáctico era algo indescifrable.
La verdad que no estaba muy entusiasmado, pero renovaba mentalmente el pacto
con mi padre para tener otro año de tranquilidad.
Lo
recuerdo perfecto: fue mientras el rector pronunciaba su discurso con las
palabras habituales –ciclo lectivo, rendimiento, prestigio, institución, etc.-
que la vi y me pareció una equivocación. ¿Qué hacía esa chica ahí parada con
toda esa luz que emanaba?
Horacio
no tenía ni idea y los demás tampoco. A velocidad trueno recurrí a Teresa,
quien se desempeñaba en la columna de “sociales” de la revista del colegio por
su natural capacidad en esta área. Teresa estaba tan encantada de contarme
quién era esa chica con lujo de detalles, como de saber de primera mano quién
era su víctima número uno. Se llamaba Catherine, pero le decían Kate, había
venido hacía unos años con su familia de Irlanda y tenía que tener mucho
cuidado con su padrastro porque era extremadamente celoso de sus hijas
putativas, como ironizó Teresa.
Kate
estaba en segundo año. Se la veía serena, relajada como si estuviera en el
living de su casa, cuando en realidad estaba en el primer día de clases de un
colegio nuevo. No tenía nada en particular que llamara demasiado la atención. No era ni
alta ni baja, ni flaca ni gorda. Estaba vestida con jeans, camisa blanca y
botitas de gamuza. El pelo, rubio apenas colorado y muy lacio, atado en una
colita. La piel blanquísima con pecas y sus ojos casi transparentes le daban un
aspecto etéreo.
A mis amigos
les quedó claro que ya la había marcado yo a la nueva, lo que allanó bastante
el camino. Los de segundo año no eran competencia, eran unos bebés para esa
chica. Tenía el problema de los de cuarto año, sobretodo Lorenzo Fraga, que no
había mina que se le resistiera. Yo no era un Adonis, ni mucho menos, pero
ganaba con el humor y algo de desfachatez. Sin embargo, esta tesitura
necesitaba ser validada con extranjeras. Tenía un set de chistes preparados que
iba sacando cual mago de su galera y no fallaba. ¿Se reiría Kate de mis
chistes?
Bueno, la
respuesta fue no. Más bien todo lo contrario. Los primeros intentos de
aproximación fueron tórpidos fracasos. En la cola del kiosco le hice un
comentario sobre la gorda que lo atendía y me miró feo. En la clase de gimnasia
se puso medias verdes y le pregunté si se había venido de duende irlandés. Creo
que pensó que yo era un inepto. Mi tiro de gracia fue cuando a la salida del
colegio le señalé a una viejita que venía cruzando la calle con paso tembloroso
y le anuncié “Mmm, me parece que la parca anda cerca” “Es mi granny, y está muy bien de salud,
gracias”. Un perfecto idiota.
Claramente
esta chica me gustaba más que ninguna otra. Jamás había metido la pata tantas
veces. Nunca me había sentido tan imbécil. Y sin plan.
A Teresa,
que nada se le escapaba, le pareció que su buena obra del trimestre podría ser
ayudarme un poco con este asunto. En el recreo se acercó y me dijo “¿Por qué no
la llevás al puerto a ver los barcos abandonados? Me enteré que pinta óleos”.
Como yo
no era un improvisado, hice una vuelta de reconocimiento por el puerto, las
areneras y la
costanera. Efectivamente , el paisaje se debatía entre la
desidia y lo pintoresco. Las condiciones estaban dadas.
Fui a la
artística y me compré unos pomos de acrílico. Ocre, azul ultramar, Siena, verde
de cadmio y blanco de titanio. Mientras salíamos del colegio, oportunamente
dejé caer algunos pomos. Kate me miró extrañada. Debe haber pensado cómo
alguien como yo podía tener sensibilidad artística. Como supuse que no me iba a
preguntar nada, le contesté directamente, tal como lo había ensayado frente al
espejo. Kate inclinó un poco la cabeza hacia el costado derecho. Era un buen
signo, me estaba revaluando. La invité a acompañarme a este “spot”, que
describí como el paraíso bohemio de la ribera, y todavía confundida por la
contradicción aceptó.
Tengo que
decir que no fue fácil pilotear la situación de no saber dibujar ni una mesa y
haber tenido que plantarme con el pincel en la mano como si fuera Picasso. Lo
resolví explicándole que había demasiado sol, y a mi no me gustaban los
impresionistas y que si pintaba en esas condiciones no se reflejaría el
verdadero espíritu de mi arte.
Al poco
tiempo nos pusimos de novios. Mi primera novia. Kate no hablaba mucho, o al
menos no en castellano, y eso la elevaba a la categoría de semidiosa. Pasábamos
muchas tardes en el río, a veces se rateaba conmigo a Belgrano y de vez en
cuando me acompañaba a los entrenamientos de Tenis de Mesa. Kate entendía lo
que este deporte significaba para mí y eso no era menor. El día que mi
entrenador, Hoshida, me dijo que iba a hacer prácticas semanales con Gustavo
Patiño, el mejor jugador argentino de todos los tiempos, ella estaba al lado
mío conteniendo la
emoción. Patiño estaba loco, era obsesivo, no hacía nada
más que entrenar, y jugaba cinco escalones más arriba que cualquier otro
argentino. Hasta el sonido de sus golpes daba impresión. Jugaba con una Butterfly Super Sriver con un mango
recto. Yo también empecé a jugar con esa paleta y Kate me regaló la Fred Perry azul con
ribetes blancos que la FATM le daba a la delegación Argentina
cuando competía.
Sobre el
padrastro de Kate lamentablemente no puedo decir demasiado. Me odiaba
visceralmente. Hubiera sido vital saber qué hacía, dónde trabajaba, qué
contactos tenía para poder entender lo que sucedió después. Lo concreto es que
yo tenía quince años, tenía una novia que me volvía loco y ese año se jugaba el
mundial de futbol en Argentina. No había lugar para nada más en mi vida.
Kate
vivía en la calle Alem ,
en frente del Colegio Santa Inés. Siempre me resultó raro que siendo ellos
irlandeses ultra devotos ella fuera al Nacional en lugar de un colegio
católico. Creo que la explicación era que preferían tener su propia catequesis
antes que una catequesis pasteurizada. Los domingos rara vez nos veíamos porque
era imposible franquear la veda que imponía el padrastro. Esto hacía que yo
fuera contento los lunes al colegio y así mi padre descubrió mi amor irlandés. La Sra. Nelly estaba al
tanto de la relación desde mucho antes, claro, y siempre me preguntaba por
Kate.
Aquél
lunes de agosto me pareció raro no ver a Kate en la formación. En el
primer recreo fui a preguntarles a sus compañeras si sabían algo de ella y me
dijeron que no, que seguramente estaba enferma y por eso había faltado. Apenas
sonó el último timbre fui a su casa a ver si me enteraba de algo. Yo había
entrado poquísimas veces a su casa, ya que si bien le caía bien a la madre de
Kate, nadie quería darle un disgusto al padrastro. Al llegar a la casa y ver
que estaba todo cerrado me pareció rarísimo. No sabía si tocar el timbre o no.
Le pregunté a una vecina y me dijo que había escuchado ruido a la noche y que
ese día no había visto a ningún miembro de la familia. Me decidí y
toqué el timbre. La única respuesta fue la del perro, un Beagle, que ladraba
con desesperación. Me asomé por la cerca y vi que el Beagle, Topper, estaba
atado y no tenía agua. Me quedé perplejo. Era imposible que se hubieran ido
dejando a Topper atado. Tomé coraje y salté la cerca. Topper me
conocía de los largos paseos que le dábamos con Kate y apenas lo solté no paró
de lamerme entero y saltar sobre mí. Le llené su plato de agua y busqué comida
en el galponcito del fondo. Con un palo hice palanca para abrir un poco la celosía
de la puerta del fondo de la
casa. Lo que vi no tenía explicación. Se habían llevado
prácticamente todo lo que podía caber en valijas y baúles. Alcancé a ver los
roperos con las puertas abiertas y vacíos en su interior. La heladera estaba
abierta y vacía también.
Caminé
como un fantasma de regreso a casa. Me temblaban las manos y no me importó
prender un cigarrillo en pleno centro de San Isidro. Repasé las conversaciones
con Kate de los últimos días, su estado de ánimo, los planes que teníamos,
cualquier detalle que me pudiera dar una pista. Pensé en llamarla a Teresa,
pero comprendí que esto excedía su campo de acción. No conocía a ninguna tía o
allegado a la familia de Kate a quien pudiera llamar. Al llegar a mi casa, me
senté en el sillón del living de mi casa y en un instante anocheció y volvió a
salir el sol.
Mientras
caminaba al colegio con la fatiga de no haber dormido pensaba que todo aquello
era un mal sueño y que encontraría a Kate parada junto a sus amigas antes de
izar la bandera. Pero
eso no ocurrió. Esta vez fueron las amigas de Kate las que vinieron a mí para
preguntarme si sabía algo.
La gente
que me preguntaba por Kate crecía proporcionalmente con los días que iban
pasando. También crecía la jerarquía. Alumnos , profesores, vice-rector, rector.
Todos me miraban con desconfianza y ensayaban situaciones intimistas para que
yo finalmente dijera “la verdad”. Mi
padre estaba muy preocupado y eso me desorientó aún más. No sé cuántas veces me
preguntó qué hacía el padrastro de Kate y por qué habían venido a la Argentina
y si había visto armas en la casa y no sé qué otras cosas más que yo no podía
contestar. Mi padre estaba fastidiado conmigo por este asunto y comenzó a
hacerme muchas preguntas por cada movimiento que yo hacía. Yo en soledad, lo único
que pensaba era que todos me hacían las preguntas incorrectas. Al fin y al
cabo, me sentía estafado, angustiado y no podía decir a ciencia cierta si
seguía o no de novio.
Así
terminó tercer año del colegio, con esa sensación de estar en infracción permanente.
Tejiendo hipótesis y elucubrando planes para volver a verla.
La imagen
de Kate frente a mi era tan fuerte que el mundo entero se opacó. No era esa
Kate que parecía sacada de una novela de Jane Austen, sino más bien una Kate
tallada por Botero. En su cara se contaban finísimas arrugas por decenas y su
pelo respondía al nombre de algún color de catálogo. Ya no emanaba luz, sino
algo de tristeza, tal vez melancolía.
Una vez
más fracasé en la primera aproximación cuando lo primero que pude decir luego
de “¿Salvador? ¿Sos vos?” fue aquello que me pregunté por tanto tiempo:
“¿Seguimos de novios?”.
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